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VUELTA 95

Olano, como Induráin

La exhibición del guipuzcoano en Alcalá tiene, sin embargo, un simple valor testimonial

Alcalá de Henares

CARLOS ARRIBAS, Abraham Olano voló ayer sobre un circuito que asustaba al más pintado. Ni siquiera los suyos las tenían todas consigo. Por la mañana, todos hablando de dificultades, de repechos imposibles y de vientos huracanados. No les llegaban las palabras para definir la emboscada del monte Gurugú y la subida a Corpas. Hasta se pretendía recurrir al crucifijo milagroso de Villalbilla, otro punto de paso de la cronometrada. Llega la tarde, y todos a quedarse sin adjetivos para poder narrar lo que hizo Olano. Entonces recurrieron a las cifras, a la media exorbitante de más de 50 por hora, y a las comparaciones. A ese nivel, sólo una era posible: Miguel Induráin.

Inconformista y testarudo

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El guipuzcoano no habría desentonado en un cara a cara con el navarro, los dos moviendo con soltura y frente al viento el 54/11. Lástima que a lo que Induráin le vale para ganar el Tour, a Olano sólo le ha servido para perder la Vuelta. La contrarreloj exhibicionista de Alcalá sólo ha tenido un valor testimonial, una, cita con el orgullo, y no sólo para Olano: los ocho primeros puestos de la general han permanecido inalterables después del duro ejercicio en solitario. Al inconformista y testarudo Olano también le habrá servido para continuar haciéndose preguntas y abrir el apartado de las hipótesis y, quizás, de los lamentos.

A Abraham Olano le podría dar por el ciclismo-ficción. Podría el corredor guipuzcoano rebobinar toda la película de la Vuelta a la luz de la contrarreloj de ayer y darse de bruces con unos cuantos hechos curiosos.Podría preguntarse después: ¿cómo he perdido esta Vuelta? Su derrota rompe la tendencia última a considerar las contrarreloj la piedra angular de las grandes carreras por etapas, aunque, en realidad, su disco suena bastante parecido al de Alex Zülle en la edición de 1993. Entonces el suizo miope ganó las tres contrarreloj de la Vuelta sólo para terminar segundo detrás de su compatriota Tony Rorninger.

A Olano las contrarreloj, en las que se ha exhibido, sólo le han valido para superar en la general a Bruyneel y Mauri, dos corredores de sus mismas características.

Como mucho le han servido para contrarrestar el chorro de segundos perdido en los últimos metros, en los arranques de Jalabert en busca de segundos y bonificaciones.

Abraham Olano tendría, sobre todo, que preguntarse qué habría sucedido si el día de Ávila no hubiera dudado, apostado por él mal menor y llegado aún con reservas a meta. Aquel día, en el que vivió en la soledad más total la fuga alucinante de Jalabert, Olano se vio sometido a la prueba de la madurez de los campeones y no la superó. Lloró la ausencia de ayudantes pero no dio el paso decisivo de vaciarse, dejar el pelotón de remolones que se arrastraba a sus espaldas y acudir a matar al león con su lanza. Desde entonces, cuando ya no había remedio, ha corrido lamentándose por lo que pudo haber sido y no fue, conservando la segunda plaza.

Puede que nada hubiera cambiado, que el francés Laurent Jalabert y el poderoso equipo del ONCE hubieran ganado la Vuelta -lo más seguro es que así habría sido-, pero Abraham Olano, si se hubiera salido de la táctica del miedo a perder un poco, quizás dormiría aún mejor esta noche.

Jalabert, al fin y al cabo, ha ganado la Vuelta porque se ha mostrado el más fuerte todos los días menos tres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de septiembre de 1995