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UNDÉCIMA JORNADA DE LIGA

La defensa del Madrid sube al escenario

La victoria en Mestalla frente al Valencia da el liderato a los de Valdano

Algún día recogerán el crédito que merecen. Son los defensas del Madrid, jugadores que han vivido bajo sospecha o medio anónimos. Quique, Hierro, Sanchis. Ellos ganaron el partido en Mestalla, donde se libró un encuentro bravo, imperfecto en muchos aspectos, pero apasionante, como podía esperarse de dos equipos con tradición y buenos futbolistas. El Madrid, que nunca terminó de agarrar el partido, sacó el máximo rendimiento a la clase de sus defensas y a la dedicación de todos sus futbolistas. Pero su juego tuvo zonas grises. Es el precio que paga un equipo que ha elevado su nivel de exigencia hasta unos límites imprevistos hace dos meses. En otros tiempos, una victoria en Valencia se habría analizado por el valor del resultado. Ahora se mide el juego. Y en Mestalla hubo más detalles que fútbol madridista.El gol de Amavisca cambió el curso del encuentro, que comenzó favorable a los intereses del Valencia. Parreira, uno de esos entrenadores que prefiere explotar las carencias de los rivales que las cualidades de su equipo, eligió una alineación conservadora, por decirlo en lenguaje político. En realidad, tuvo miedo. Adelantó a Mijitovic y llenó el campo de defensas y centrocampistas. Su objetivo era desactivar el juego del Madrid en el centro del campo y buscar el contragolpe. Estuvo a punto de tener éxito en el primer cuarto de hora, pero la actitud de Parreira fue claudicante.

Estamos ante un entrenador que tiene una visión chata del fútbol, aunque la vida le ha ido bien. Es campeón del mundo con el Brasil más plano de la historia. Ése es Parreira: un táctico que cambia la emoción por las tretas del sistema.

Su intención era cortar la circulación del Madrid con la pelota. Lo consiguió en el primer tramo del encuentro, en los primeros 20 minutos. El Madrid, que vive del balón, se encontró sin él. La amplia red de centrocampistas del Valencia sirvió para interceptar la pelota con rapidez y provocar frecuentes llegadas al área de Buyo. Roberto y Fernando lanzaron a su equipo.

Con el paso del partido, Roberto perdió gas, pero Fernando se mantuvo al frente del Valencia hasta el final. Le pasa como a los defensas del Madrid. No ha recibido la atención que merece. Fernando es un futbolista de primer orden, cuidadoso con la pelota y mortal sin ella. Te mata porque lee el juego con una extraordinaria precisión y siempre encuentra espacio para ganarse el metro final.

El Madrid tuvo graves problemas para encontrar el balón y hacerlo circular. No fue casualidad que su primera combinación produjera el gol de Amavisca. La jugada comenzó a fabricarse con tranquilidad en el centro del campo, cerca de la banda izquierda. Toco y vuelvo a tocar, y parecía que no pasaba nada, hasta que llegó el cambio de juego hacia la banda derecha, donde Quique apareció libre. Su centro buscó el segundo palo. Allí saltó Zamorano, que buscó con la cabeza la llegada de Amavisca. Llegó y descargó un remate duro con la derecha que superó a Zubizarreta.

La jugada fue muy reveladora de lo que es el fútbol, de lo que necesita el Madrid y de lo que significan algunos jugadores. El gol nació de la distracción: no sucedía nada hasta que llegó el momento de cargar la escopeta. Se toca para eso, para engañar, confundir y navajear. El gol surgió también del alimento que condiciona la vida del Madrid: el balón. En cuanto lo tuvo, sucedió algo. Y por último, el gol reivindica a Amavisca, un jugador que desmiente su precario físico con una capacidad insólita para alcanzar el área. Lo hará en el primer minuto y en el último, cuando todos sospechen que no le queda un gramo de aliento. Hace algún tiempo apareció un futbolista de corte similar. Se llamaba Gordillo.

Con el gol, el partido viró a madridista. Sin embargo, la maquinaria tenía desajustes. Laudrup tuvo el mismo aspecto deprimido del partido frente a España. Por ese lado, le faltó pegamento al Madrid, aunque Redondo volvía a demostrar su liderazgo y Michel jugaba con inteligencia. El cuadro general tenía un aspecto menos atractivo que en las últimas jornadas. A pesar de su ventaja, al Madrid le costaba manejar el partido, con todo lo que eso suponía: la posibilidad de una revitalización del Valencia, cosa que sucedió en la segunda parte, cuando Parreira tuvo que admitir otra verdad del fútbol: los equipos funcionan mejor cuando los jugadores están en su sitio. Entró Penev y se coloco en su posición. Delantero. Mijatovic abandonó la delantera para abandonar su espacio natural. Media punta. Entonces se produjo el arreón del Valencia, que desbordó al Madrid en el centro del campo y comenzó a frecuentar el área.

Ése fue el momento más grande de los defensas del Madrid. Uno por uno subieron al escenario. Quique, tan sigiloso como siempre; Sanchís, dispuesto a adivinar con astucia; Hierro, lleno de jerarquía e intuición. Su actuación fue impecable frente a la carga constante del Valencia, que se ganó el derecho al empate en un gol de Fernando -libre, por detrás de los defensas, con el instinto del cazador- que fue anulado de mala manera por el árbitro. La jugada marcó otro momento de inflexión.

El Valencia perdió aire y el Madrid ganó un poco de solidez. Vino el gol de Zamorano y la firma final de Mijatovic en un remate escandaloso, pero el partido se había decidido antes, Lo 'habían decidido los defensas del Real Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de noviembre de 1994