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Tribuna:

Viernes de vigilia

Los viernes es un calvario salir de Madrid en coche, y el Ayuntamiento ha dispuesto que ese día los policías municipales estén de vigilia permanente para dejar las vías expeditas. ¡Oh, qué sabia medida!; ¡oh, qué bueno y qué bien!Consistirá la vigilancia en quitar los coches estacionados en doble fila que dificultan el tránsito, si no lo ciegan, hacia las carreteras que enfilan ansiosos los madrileños en demanda de horizontes de relajamiento, expansión y holganza, los fines de semana.

El resto de los días y sus problemas de circulación, al parecer, importan menos al Ayuntamiento. El resto de los días Madrid es una ciudad caótica donde llegar en coche a cualquier destino cuesta el triple de lo que la lógica enseña, pues las calles están ocupadas por los coches mal estacionados, por los que dejan sus conductores en segunda o tercera fila, por los que emergen en las esquinas anulando la visibilidad y taponando los cruces.

Estamos en tiempo de toros y el vecindario de la barriada de Las Ventas ha de sufrir la irresponsabilidad del público que acude al coso en coche y lo deja tirado en medio de la calle como si fuera una mosca. Es su calvario anual, del que no le absuelven ni el Ayuntamiento ni la Santa Madre Iglesia. Algunos inquilinos de la calle de Roma se han visto incluso en la necesidad de trepar por encima de coches que les cerraban el portal. Muchas veces emboca alguna de esas calles un vehículo de mayor porte, y pues llega un momento en que la maraña de coches le impide seguir adelante, allí se queda, inmovilizado para los restos -o hasta que acabe la corrida, o hasta que los guardias envíen una grúa- dejando detrás un fenomenal atasco y un ensordecedor estruendo de bocinas, amenazas e imprecaciones.

Como el Ayuntamiento no actúa, los madrileños han cogido el vicio de la doble fila y ocurre ahora al revés que hace algunos años: es más fácil aparcar que circular. Va uno a un recado, o al trabajo, o a tomarse un café en un bar, y deja el coche justo enfrente del lugar de destino, allá penas si ha de ser en segunda o tercera fila. La psicología del automovilista madrileño es peculiar y aún no se ha estudiado científicamente a qué obedece su imperiosa necesidad de presentarse con el coche en todas partes y luego tenerlo pegado al lomo. Quizá haya una intensa relación afectiva arraigada en el subconsciente. El coche podría ser el retorno al claustro materno, y él conductor, que va dentro en posición fetal, se siente allí en el mismo estado de gracia que cuando era inocente y non nato, protegido por el calor de la madre. Coge Freud la época del coche, lo psicoanaliza, y descubre que somos como niños.

Seguramente eso es lo que pasa. Muchos conductores necesitan ir con el coche al bar, al trabajo, a los recados, y si les dejaran, cuando van a los toros entrarían con el coche en el tendido. Síntomas de infantilismo, no cabe duda. Lo cual es preocupante, no por nada, sino porque un coche no se puede dejar al arbitrio de un niño ni de nadie que tenga una mentalidad infantil. La Policía Municipal debería estar alerta, y en cuanto viera a un conductor haciendo las de Jaimito, multa al canto, dos azotes y denuncia al Tribunal Tutelar de Menores. Claro que la Policía Municipal no está para estos menesteres. Sólo los viernes. Y exclusivamente para facilitar la salida de quienes se van de fin de semana, con viento fresco y cuerpo de jota.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de junio de 1994