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CARTAS AL DIRECTOR

Parejas

Desearía pronunciarme respecto a la cuestión de la posible discriminación que pueden sufrir las parejas heterosexuales que no han formalizado, legalizado o como mejor proceda denominar su vínculo ante ninguna instancia, ni parece piensen hacerlo.Entiendo que se incurre en clara discriminación, en principio y sin entrar en más argumentaciones, cuando alguien desea realizar algo (en este caso casarse) y alguien taxativamente se lo impide.

Por ejemplo, antes de la ley del divorcio muchas parejas de hecho y de requetehecho no podían legalizar su situación porque no estaba en vigor el divorcio.

Bien es verdad, dicho sea de paso, que la no existencia de la mencionada ley en algunos casos fue una tapadera estupenda que convirtió la imposibilidad de casarse en una cuestión sacrosanta a la que se invocaba en algunos casos con sospechosa frecuencia.

Ahora bien, retomando la cuestión no veo que se produzca tal discriminación en el tema que nos ocupa sobre aquellas personas que no quieren ni desean legalizar su unión y, por tanto, no se les aplican determinados efectos jurídicos que sí se aplican a los que decidieron hacerlo.

En todo caso son dos situaciones distintas sobre las que cada uno puede optar, se supone que libremente, y que generan efectos diferentes.

Entiendo la consideración y el examen de situaciones en donde diversos factores, que no voy a enumerar, hagan equiparables ambas situaciones.

Ahora bien, aquellos que decidan libremente tener por testigo de su amor tan sólo, y en todo momento, a las estrellas del firmamento (en lugar de la áspera suegra o el hierático padrino que te haya caído en suerte) deben atenerse en mi opinión a las consecuencias de tan bella promesa.

A veces sucede que bajo la advocación de grandes, desinteresados y progresistas principios aparecen convenientemente camufladas cuestiones bastante prosaicas y con cierto sabor crematístico.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de marzo de 1994