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El Cristo de los gitanos

Decenas de calés famosos se congregan los domingos para rendir homenaje al Dios evangelista

Francisco Peregil

En cualquiera de las 50 congregaciones evangelistas de Madrid (iglesia protestante basada en la interpretación personal de la Biblia), se ven decenas de gitanos que cantan al Señor como mejor saben, y saben bien. Pero sólo un local concita la asistencia semanal de la mayoría de los gitanos creyentes que viven del arte. Emilio González, del grupo Los Chichos; Juan Habichuela, de Ketama; su madre; Tony Maya; Ramón el Portugués; Montes; el bailaor Antonio Canales, y otros guitarristas, bailaores, poetas y cantaores gitanos, con sus hijos y esposas, se reúnen todos los domingos por la tarde. El lugar: número 2 de la calle de Rodríguez de Guevara, cerca de la plaza de Vara del Rey, en el Rastro.Justo cuando ese barrio se queda vacío de clientes, poblado por barrenderos, mangueras y cajas de cartones amontonadas por las esquinas, a los gitanos famosos se les ve en los bares del barrio con la Biblia en una mano y un café en la otra, preparados para alabar al Señor. No sólo no cobran nada, sino que dejan caer en una cestilla el dinero suelto que llevan.

Las mujeres a un lado y los hombres a otro. El oficiante, de traje y corbata, barba y gafas, aclara que sólo se encuentra a Dios cuando se le busca. Y si se acude al culto es para estar allí con el cuerpo y el alma, concentrados. "Gloria, gloria", le contestan desde los bancos. El propio pastor reconoce que hace varios años estuvo enganchado a las drogas, pero que desde que tomó la Palabra ni se acuerda de ellas. Su buen aspecto lo corrobora.

Cuando el oficiante da paso a los coros se inunda todo el local de guitarras, altavoces, bombos, micrófonos, órganos y palmadas. El recinto pertenece al culto del distrito de Centro, pero ellos, los artistas, lo toman prestado por dos horas cada domingo. El maestro de ceremonias sigue el ritmo de las canciones dando palmadas en el púlpito, los niños corretean y descargan sus palmadas en las columnas de la iglesia.

Después de una rápida introducción, el pastor, Enrique González, cede la palabra a su tío Emilio, ex cantante del grupo Los Chichos, que sube al estrado con su jersey blanco de cuello alto: "La verdad es que casi me da vergüenza que me digan el de Los Chichos, porque, bueno, todos somos iguales ante el Señor y nada nos diferencia. Yo quería deciros que hace ocho meses que conocí a Dios y que desde entonces él entró en mí para sanarme y apartarme de la droga. Le estoy muy agradecido, me ha salvado".

"Aleluya, aleluya", exclaman los demás feligreses.

Un niño, ante el micrófono

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Dos horas más tarde, después de varios coros y oraciones, el maestro de ceremonias se dirigía al resto de la congregación: "Mi tío, bueno, nuestro hermano Emilio, de Los Chichos, tiene un hijo que, desde que él abandonó la droga y conoció al Señor, no se separa de él".

El niño, apenas mayor de 10 años, cogió el micrófono por primera vez en el culto y cantó una alabanza al Señor a dúo con su padre. Para cada invocación de los oradores, para cada alusión a la fe, hay un creyente que exclama gloria o aleluya, alguien que levanta una palma de la mano, o las dos, hacia el cielo. Y el pastor conoce todos los resortes de sus fieles, sabe cómo animarles y hacerles pensar. Tan pronto cede la voz a los coros como la palabra a Juan Habichuela, del grupo Ketama, que toma el micrófono circunspecto y cuenta una anécdota que encandila a todo el mundo:

"Estoy un poco nervioso porque ayer actuamos delante del Rey y hay que estar muy pendiente de todo lo que se dice. Os voy a contar una historia que ocurrió en Nepal, un país al lado de China. Llegó una vez allí un predicador inglés a dar la Palabra, y como allí hay otra religión, son budistas, lo metieron en la cárcel. Le dijeron que si renunciaba a su religión, a lo que había predicado, que lo soltaban. Pero el dijo que no, se negó".

("Aleluya, aleluya, gloria", coreaban desde los bancos).

"Entonces, unos amigos suyos de Inglaterra se pusieron de acuerdo y le localizaron dinero. Cuando fueron allí se encontraron con que el predicador les dijo: yo no salgo de aquí. El Señor me ha puesto aquí para algo, y aquí me quedo.".

Gloria, gloria

"Gloria, gloria".

"Pasó un mes, y el predicador éste convirtió a su religión al compañero de su celda. Pasaron cuatro meses y había convencido a todos los de su galería. Ocho meses después estaban todos los de la cárcel convertidos. Al año, los carceleros también se convirtieron a la palabra".

"Aleluya".

"Y al año y medio hubo una revolución en la cárcel y salieron todos. Por eso digo que cuando sufrimos hay que pensar que el Señor nos ha puesto ahí para que hagamos algo".

"Gloria, gloria, aleluya".

Después, un hermano del culto de San Blas salió, acompañado al órgano, para declamar un poema en el que una ramera se cubría el rostro avergonzada ante Jesús, y la gente la señalaba con el dedo.

Al final, después de más de cinco minutos en que las entonaciones del poeta de San Blas mantuvieron a los asistentes con la boca abierta, Jesús acoge a la mujer, la purifica y ella sale sin vergüenza a la calle. El final dé la historia es que la gente la vuelve a señalar, pero Jesús le dice a todo el pueblo algo así como que pueden mirarla, que ella es pura.

"Gloria, gloria, aleluya".

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Sobre la firma

Francisco Peregil
Redactor de la sección Internacional. Comenzó en El País en 1989 y ha desempeñado coberturas en países como Venezuela, Haití, Libia, Irak y Afganistán. Ha sido corresponsal en Buenos Aires para Sudamérica y corresponsal para el Magreb. Es autor de las novelas 'Era tan bella', –mención especial del jurado del Premio Nadal en 2000– y 'Manuela'.

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