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Tierna locura

Cinco días dentro del Hospital Psiquiátrico de Madrid

El Psiquiátrico es un hospital con posos de manicomio y 344 vidas. Su mundo reúne gentes perseguidas por nadie, ensimismamiento y ternura. Una redactora de EL PAÍS ha pasado allí cinco días.

"Yo soy la futura reina de España; bueno, o la Sartorius o yo".Con el rosario blanco colgando del cuello, la bata sujeta con una gasa de las de vendar muñecas y sus pasos cortos, Tere es el azote de la primera planta de agudos del Hospital Psiquiátrico de Madrid, que depende del Gobierno regional. Ahora está como una moto, pero en otros ingresos parecía un alma en pena. Es una chica de barrio que trabaja de asistenta. Algo pasó en Ibiza cuando se fue de vacaciones.

En el edificio de enfrente se ve a Petra, de pelo color de nieve y mil arrugas. Gruñe por el pasillo de las abuelas, es decir, la casa de los 48 ancianos de la unidad de Psicogeriatría asistida. Desde hace años hay que engañar a Petra, que de joven era sastra, para que cene. Es tan cumplida que quiere pagarlo todo. Así que los enfermeros y los auxiliares se casan todos los días:

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"Mira, Petra, mañana me caso y te invito yo, toma el puré", le dice una auxiliar gordita con la pechera llena de muñecos de trapo.

Y Petra replica: "¡Me vas a invitar tú, si no tienes ni para aceite y estás aquí de limosna! Vaya usted a tomar por el culo!".

Y a todos se les cae la baba.

La primera cucharada hay que ponérsela en la boca. Luego, se lo come todo ella sola: el puré, el jamón de york y el yogur. Alrededor, los hombres y mujeres vestidos con pijama blanco se las arreglan para que todos cenen: aunque haya que pelearse con Rosa, que escupe a la misma velocidad que insulta, o usar una jeringa bucal para alimentar a esa mujer rígida como una tabla.

El personal se precia de que sus ancianitos nunca tengan escaras (grandes llagas) y de que vivan mucho. Hasta se preocupan de no echarles colonia en el pelo gris. "La colonia deja un color amarillo feo", reza en el cartelito de recomendaciones al personal.

Tere, de 30 años, y Petra, de 75, se llevan casi cuarenta años. Viven en el mismo hospital, pero en dos mundos distintos.

El de Tere, maniacodepresiva, es un universo de delirios vivos y depresiones muy graves. Ella forma parte de la gente que entra (la tercera parte de ellos, a la fuerza, con autorización de un juez) y sale. Suelen quedarse unos 20 días.

Sara no responde

La unidad de agudos tiene la cara de la psiquiatría moderna, con sus eufemismos y todo: a la pretensión de matarse se le llama intento autolítico; a las correas, sujeción mecánica. Parece un hospital cualquiera, salvo en las conversaciones entrecortadas que se oyen por el pasillo, en que la primavera y el otoño se dejan sentir porque llega más gente y todos se ponen peor. O en la tensión que acosa al entrar:Un hombre con gorra de béisbol mira sin pestañear. Su padre dijo al llevarle que le agredía. Él lo niega.

Tere puede besarte la medalla que llevas en el pecho y preguntar: "¿Eres juez, eres forense, eres enferma?".

También se puede oír la voz bronca de un maniaco que acaba de ingresar o de alguien del personal que avisa: "Se nos va, se nos va". Es la señal que significa que un enfermo está a punto de agitarse.

Alguna puerta permanece cerrada con llave. Detrás hay gente como Sara: una mujer alucinada que lleva meses sin responder a la medicación y que vive sujeta a la cama. Cuando entra alguien, se queda mirando y sonríe: "Tú eres mi hermana". Al levantar la sábana, aparecen las correas marrones abrazadas a sus muñecas: "Libertad, libertad", exclama. El lunes fue sometida a la primera sesión de electrochoque, con la esperanza de que despierte.

El otro mundo, el de Petra, es el poso del antiguo hospital Camilo Alonso Vega, que nació hace 24 años y en el que ya no se admiten ingresos: allí viven enfermos con historias clínicas más gruesas que tratados de Derecho, los irrecuperables para el territorio de afuera. Hay esquizofrénicos residuales, como ella; dementes seniles, mongólicos profundos, retrasados mentales y algún asesino que confundió a su víctima con un malvado perseguidor. Así, hasta 260 enfermos crónicos.

Algunos de ellos se entrenan en ser autosuficientes para marcharse a pisos. Otros, los más, morirán en el hospital al cuidado de los sanitarios, que seguirán haciendo rabiar a Petra y acariciando su pelo blanco:

"¡Abuela!".

"¡Anda, maricón!".

Los enfermeros seguirán cambiando pañales si hace falta, aunque se lleven arañazos y mordiscos de la novia de Camilo Sesto, una mujer desdentada que aúlla y que se quedó así por una meningitis. Seguirán contando las gracias de sus enfermos como esos padres que pasan horas charlando sobre sus hijos: "¿Conoces a Fulanito? ¡Es más salado!... ¿Y a Menganita? Es tan cariñosa...".

Muchos de estos enfermos habituales conocieron los primeros tiempos del hospital, cuando la reforma psiquiátrica no se había inventado. Entonces las salas estaban cerradas con llave, y alcohólicos, esquizofrénicos, retrasados y deprimidos vivían juntos. La única separación era la que diferenciaba a hombres y mujeres. Como en la cárcel, había hora de paseo y los filetes se cortaban con cuchara.

Si se producía una redada, la policía les dejaba dos docenas de vagabundos, dementes y borrachos en la puerta y había que ingresarlos por orden del gobernador. Hasta amaneció allí un señor que había salido a celebrar una despedida de soltero. Para acabar en el manicomio sólo tuvo que emborracharse una noche de redada. El resultado eran casi 1.000 enfermos para 600 sanitarios, correas por todos los lados y olor a orina y a heces.

Además, los locos de entonces no eran como los de ahora. Los auxiliares más veteranos, que se llamaban cuidadores -"como los del zoológico", comenta uno con ironía-, recuerdan que de vez en cuando llegaba alguno tan enfurecido que podía con ocho hombretones él solo. Los pacientes de ahora ingresan con un volante de su psiquiatra en la mano o han pasado por otro hospital.

El truco de la ropa

La princesa de España y sus amigos, todos ingresados en agudos, destacan entre los personajes solitarios que vagan a trompicones, ensimismados, por el jardín. En la pandilla van todos de la mano y en pijama, salvo el Carpa, que está vestido de calle. Lo de la ropa es un truco más del hospital para que la gente no se marche (las batas y los pijamas llevan la inscripción "Hospital Psiquiátrico"). Si hay sospecha de que el paciente se puede ir y está mal, se le quita la ropa que trajo.Por lo demás, las únicas puertas cerradas son las de la sección de toxicómanos y la de los abuelitos, porque dice el personal que se desorientan. El hospital es de puertas abiertas, y el que quiere irse se va, y además por la puerta, porque los porteros no tocan a los enfermos. Cosas del convenio, dice el director. Los enfermeros protestan porque son ellos los que tienen que salir corriendo y evitar, por ejemplo, que el paciente suba al puente sobre la carretera de Colmenar y se tire. Alguna de las sillas de ruedas que circulan por el hospital son las de suicidas fallidos.

En el grupo de Tere está Jaime, un cerrajero de ojos azules que no suelta la mano de Clara. Clara, que tiene 30 años, heredó de la muerte de su padre sus curvas maniaco-depresivas. Ahora ve la tumba a través de unos tragaluces de bóveda.

Jaime se pegó a Clara cuando ella apareció por el hospital, hace unos días. Parece obsesionado por casarse. Él, que es un esquizofrénico, habla de Paqui, una novia que le dejó.

-Creo que se reía de mí.

-¿Quién se ríe de ti? -le dice Clara.

-Muchos.

-Pues yo no me río de ti.

-No,se ríen los de fuera.

-Son unos buitres los de fuera. Y están peor ellos.

-Yo soy la futura reina de España -insiste Tere.

-Más vale una imagen que mil palabras -dice el Carpa.

-Yo deseo a Paqui [la antigua novia].

-¿Y si Paqui no te quiere? -dice Clara.

-Pues me caso contigo.

Al grupo se une Gandalf, un chaval que ingresó después de zurrarle a un amigo una noche de borrachera. Habla inglés y francés, y tiene un cierto aire aristocrático con su bata de invierno. Viene con dos dibujos que remedan el estilo picassiano. Y, resplandeciente, llega Cándido, un taxista ya mayor. Así se explica: "Si estoy bien, todo es mío, soy capaz de gastarme medio millón en un día. Mira, 200.000 en una moto para mi hijo, y el resto en el bingo y en el Casino. Cuando estoy mal, hasta me tienen que dar de comer a la boca".

Detrás de la puerta, un chaval llora. Está aquí porque sentía que todos le miraban al ir a clase. Las voces que oye en su cabeza no le dejan estudiar.

Los nombres usados en este reportaje son ficticios para asegurar la intimidad de los pacientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de septiembre de 1993