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Tribuna:

La religión ¿tiene sentido hoy?

He recordado otras veces que las religiones están en descenso hoy., Y que lo que ha aumentado espectacularmente es el agnosticismo. Es ésta la postura de quien no sabe si existe algo más allá de nuestro mundo. Para el agnóstico es un problema insoluble decidir si Dios -el Dios de los creyentes, centro de casi todas las religiones- existe o no existe. Pero, como le ocurrió a don Enrique Tierno Galván, lo que desde luego no les convence es lo que decimos de Dios los que creemos, su definición, la que en teología y en los catecismos se nos dio. "Un ser personal supremo distinto del mundo y creador de él", ésa era la descripción que aceptaron lo mismo el agnóstico Bertrand Russell que el filósofo jesuita Copleston, en una discusión pública entre los dos.Las religiones constan de unas doctrinas, unas normas de conducta y unos ritos.

Todo esto parece claro, pero en cuanto. ahonda uno en ello las cosas se complican. Y lo primero que sale a relucir es que los grandes personajes religiosos de la humanidad -los místicos- difícilmente encajan en este esquema tan simple. Los grandes eremitas del desierto de Egipto, en los primeros siglos cristianos, ni celebraban ni participaban en la misa, ni recibían los Sacramentos, ni se preocupaban de doctrinas complicadas emanadas de la autoridad religiosa. Vivían su vida retirada de este tipo de problemas; y la religión establecida, no obstante, los elevó a los altares y los consideró el colmo de la santidad religiosa. Algo, muy parecido a lo que le pasó a Buda, y a sus seguidores de los primeros tiempos, que ni siquiera mencionaban a DIOS.

Y nada digamos de los místicos católicos de la Edad Media, como Eckart, Suso o Taulero. No sabían decir de Dios sino que era la experiencia que sobrepasa, a todo concepto y definición; que es más íntima a mí mismo que yo mismo, pero que a la vez me eleva y desarrolla, sin poder decir quién es, sino que es innominable.

Y si vamos a los tiempos actuales ahí están Simone Weil o Charles Péguy, que para nada estaban metidos en ese fragor de doctrinas oficiales y prácticas obligadas dentro del catolicismo, y los católicos franceses actuales los consideran personajes religiosos de primera magnitud.

Hay algo que aclarar ante estos hechos: que una cosa es la religión y otra la religiosidad. Esta última es el motor interior que aquélla, teóricamente, debe desarrollar. La religiosidad, o el espíritu -si no queremos emplear un término que dará lugar a malentendidos-, es algo que puede describirse así: "Es tener el alma abierta, sin conformar se con una vaga aspiración, ni con deseos sin eficacia; es una experiencia de superación y de amor" . (K. Raliner, jesuita).

Pero seamos sinceros: la historia nos dice que frecuentemente la religión no sólo no ha desarrollado este espíritu, sino que le ha puesto barreras y cortapisas sin cuento. Hasta los seguidores y detentadores oficiales de la compasión y la radical ausencia de todo formalismo de Buda, han sido crueles, oscurantistas y tiranos incluso. Como nos ha ocurrido a los, cristianos, que difícilmente podría. conocer un testigo imparcial al sencillo, vital y comprensivo Evangelio en las Iglesias que se llaman seguidoras suyas. , Es que existen dos tipos de manifestación religiosa: la trascendental y la categorial. La una hecha de esa apertura a lo más profundo de la vida; y la otra, compuesta de instituciones, fórmulas, reglas concretas y medibles expuestas de una vez por todas, y de acciones rituales externas.

Y el hombre y la mujer actuales se han dado cuenta de esta grave diferencia, y -por eso- les ocurre algo insólito: que para preservar ese espíritu de aventura, hacia todo y hacia todos, creen que tienen que desentenderse de esa otra religión categorial, cuando les asfixia en vez de serles una ayuda.

"Corre -el hombre actual- el riesgo de volverse irreligioso, por sentimiento religioso, invocando esta religiosidad para no profesar explícitamente ninguna", señalaba ese gran teólogo que fue Rahner. Llegando a hacerse cada vez menos visible la idea de Dios, porque está creciendo de modo implícito, en el mundo presente, el valor de una nueva idea de Dios contraria a la que nos suministraron en nuestra educación religiosa; idea actual que poco tiene ya que ver con esa definición recortada del catecismo. No queremos más antropomorfismos que hagan de esa experiencia un comercio con sus seguidores, o un ejercicio tiránico de sus dirigentes.

Ya el papa Juan XXIII tenía sus reservas con los detentadores de la doctrina, cuando confesaba "Siempre que veo á un teólogo es un poco como un enemigo"; y de los papas observaba que no veía, en el Evangelio, nada que se pareciera al Pontífice máximo de. los romanos, ni al sumo sacerdote de los judíos; y el padre Daniélou confesaba, cuando le hizo Pablo VI cardenal, que no podía tomar en serio a toda esa parafernalia eclesiástica que sólo le producía risa.

El ser humano es razón y sentimiento. Por eso la religiosidad de la que hablo tiene una u otra vertiente, según el talante de cada uno. Y tenemos muchos ejemplos de la una y de la otra.

Kant piensa y vive "la religión dentro de los límites de la mera razón", y escribe un libro con ese nombre para enseñarlo; un agnóstico, como el biólogo Julián Huxley, la ve también así, sin necesidad de acudir a una revelación venida de fuera, porque cree en una "religión sin revelación"; y dos católicos, como Chesterton, que decía de su religiosidad "que es cuestión de pensar claro" y Arnold Lunn, que confiesa haber "vuelto a la religión siguiendo el camino de la razón". Los dos ven una religión católica no de sentimiento, sino de razón aplicada a todo lo que se llama sobrenatural, ya que dan poca importancia a las conversiones emotivas y a los fenómenos místicos sensibles.

Y, en cambio, un agnóstico como el filósofo Santayana se acerca a la religión por la poesía, atrayéndole el cristianismo paganizante que descubre en el catolicismo; o un físico como Schrödinger, que lo mismo descubre -en un esfuerzo increíble de imaginación- la revolucionaria mecánica ondulatoria, que es atraído por las fantásticas bellezas de las filosofías orientales; o un católico como Claudel, que compone las mejores y geniales obras teatrales, llenas de sentido poético religioso.

La religión, si es algo, sólo tiene que ser común unión de vida de sus fieles, compuesta de razón y sentimiento en la dosis que a cada uno le atrae y convence, porque cada uno es un ser singular irrepetible. Y si ninguna religión le atrae ni a la razón ni al, sentimiento unidos, tendrá que seguir su independiente camino del modo que le sea más adaptado a su sentir y pensar conjuntos. Porque todo ser humano no es sólo sentimiento o razón, sino "inteligencia sentiente", como mantenía nuestro filósofo Zubiri.

Lo que de ninguna manera puede ser ya es una evasión de los problemas del mundo o un producto de la inmadurez humana, porque "para el orden del universo, más vale la justicia sin religión que la tiranía del devoto", como reconoció el místico sufí Tama.

E. Miret Magdalena es teólogo seglar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de agosto de 1993