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Editorial:

Amenazas de HB

QUIENES ESTÁN contra todo ejército y apoyan la insumisión, gritan Gora ETA militarra en sus manifestaciones y se someten a su, no precisamente civil, disciplina. No es la coherencia el fuerte de Herri Batasuna (HB), pero acaban de superarse a sí mismos con la campaña contra los periodistas de la televisión vasca: en nombre de la libertad de expresión tratan de quitársela a quienes tienen por oficio informar. La intimidación es su solo argumento, porque nunca fue tan cierto que el medio es el mensaje: no son las imágenes del vídeo electoral de HB o, las palabras escritas en el cartel de su rama juvenil, sino la firma que certifica la condición de amigos de los pistoleros de sus autores, lo que aquí importa.Nadie, ni siquiera la junta electoral, puede pretender ignorar la carga de amenaza que esa proximidad introduce en el mensaje. La libertad de expresión, incluso admitiendo que en periodo electoral pueda cubrir ciertos excesos de estilo, no ampara en absoluto el derecho a amenazar o amedrentar a las personas. ¿Y qué otra intención cabe atribuir a un vídeo en el que entre estampas de represión policial y referencias a la tortura aparezca la imagen de un conocido periodista de Euskal Telebista entre los rótulos de manipulación y desinformación? Las personas tan cobardemente señaladas no sólo son puestas en el punto de mira del terrorismo, sino convertidas en objetivos potenciales de agresiones o vejaciones por parte de los alevines en busca de enemigos accesibles.

Por eso era necesario responder con energía a esta nueva amenaza, que sigue a otras muchas. La dirección y trabajadores de Euskal Telebista han tenido una actitud digna, al igual que los partidos democráticos vascos, que han calificado de fascista esa forma de propaganda política. Desde hace años, HB es más que nada una oficina de propaganda, y su presentación a las elecciones es sólo una variante de esa tarea. Pero para que su mensaje encuentre eco es imprescindible la complacencia de mucha gente que lamenta los excesos de los radicales (cuando éstos no les escuchan), pero que dicen (cuando los tienen delante) que comprenden su actitud, y que, por supuesto, el problema de la violencia es muy complejo. Sin embargo, si algo resulta a estas alturas poco complicado de entender es que ninguna persona decente puede contribuir a dar cobertura a sus mensajes y amenazas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de mayo de 1993