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Tribuna:

Bipartidismos

Estas escandalosas elecciones que están durando un bolero -toda una vida- acentúan su voluntad de escándalo en el tratamiento de las ofertas minoritarias frente a la conjura bipartidista. Desde la caída de UCD se ha conspirado por el bipartidismo español, supongo que como una muestra más de la ola de modernidad que nos invadía, inútilmente, porque el personal no ha entrado al trapo y ha, seguido sosteniendo alternativas menores, identificadoras de amplias minorías en ocasiones. Era de esperar que desde la cultura de mercado, y en un mercado mediático activado por nuevas empresas privadas, la pluralidad de la relación oferta-demanda sería respetada. No está siendo así y la campaña oficialmente ni siquiera ha comenzado. O todos felipinos o todos aznares, y en caso de ir contra corriente -yo de ti no lo haría, forastero- esta democracia se convierte en Dodge ciudad sin ley.

Y es que hay demasiada cultura del partido único instalada como un sarro en la dentadura acolmillada de muchos neodemócratas. Y ya que el partido único propiamente dicho no es de recibo, lo que más se le parece es el bipartidismo. Los hay que aportan a la cultura bipartidista su pasado cultural de partido uno, grande y libre, pero también los hay que aportan su pasado de partido escogido por la historia para autorredimirse. La alianza impía entre ex combatientes de dos revoluciones aplazadas, la del Movimiento y la del marxismo-leninismo, puede provocar una mutación de bipartidistas, fácilmente identificables porque tienen las lenguas bífidas y los esfínteres atormentados, así los del alma como los del cuerpo. Algunas veces me entretengo recordando genealogías de comunicadores bipartidistas y no falla. En sus orígenes aparece el partido uno, grande y libre o el asalto al Palacio de Invierno. Todos los veranos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de mayo de 1993