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La Juana de Arco de la enseñanza francesa

El juego de Laurence Dreyfus salvó del terror a los niños secuestrados por 'la bomba humana'

Si Francia tuviera que resumirse en una institución, sería la escuela laica, pública, gratuita y obligatoria. Creada por Jules Ferry a finales del siglo XIX, la escuela republicana es el alma de la Francia contemporánea. Una heroína encarna ahora esta institución, como en el medievo Juana de Arco encamó la Francia católica. Se llama Laurence Dreyfus, es rubia y menuda, tiene 30 años, es madre de un bebé de 20 meses y maestra en la clase de los pequeños del centro público Commandant Charcot. Dreyfus, ahora dama de la Legión,de Honor, descansaba ayer con su marido y su bebé en un lugar desconocido de la campiña. El Gobierno había organizado esta escapada para alejarla del acoso de la prensa. Pero en cuestión de días la maestra estará de nuevo en su escuela. Y con ella la veintena de niños y niñas de tres y cuatro años de edad secuestrados por Eric Sclimitt, que se hacía llamar la bomba humana.

Los psicólogos y psiquiatras infantiles creen que lo mejor par

cicatrizar las posibles heridas del secuestro en los pequeños y su maestra es que todos vuelvan a trabajar juntos lo antes posible. Con esa normalidad que Dreyfus consiguió imprimir a las 46 horas de pesadilla.

"La escuela maternal ha hecho honor a su nombre", declaró ayer Frangois Bayrou, ministro de Educación. "La maestra", explicó el psiquiatra Gilles Nakab, "supo convertirse en una pantalla entre el secuestrador y sus alumnos". "Sin ella, los niños se hubieran vuelto locos de terror", dijo el padre de uno de los rehenes.

Para Dreyfus éste es su primer curso como enseñante. Reemplaza a una maestra con un año sabático por maternidad. Pero, como decía ayer un pariente suyo, "siempre ha adorado a los niños y ha sabido cómo tratarles". Uno de sus profesores en el Instituto de Maestros la describió así: "Una mujer equilibrada, sonriente y calurosa, y, al mismo tiempo, madura y reflexiva".

Dreyfus tuvo el reflejo maravilloso de convertir en un juego la presencia en el aula de un Schmitt encapuchado, armado con un revólver y cargado de dinamita. Los niños le llamaron le monsieur, el señor, y creyeron que venia a arreglar la calefacción. "Le monsieur " era "muy divertido": le gustaba disfrazarse -de ahí la capucha- y su arma era "para matar al lobo malo".. Schmitt participó en la comedia. Todos los que siguieron sus pasos afirman que fue "muy amable" con los niños. "Bromeó y cantó con ellos y nunca les amenazó directamente", dice la capitana de bomberos que se incorporó voluntariamente a la clase secuestrada.

Sabemos algunas cosas más de la bomba humana. No era un delincuente profesional. Los únicos problemas que había tenido con la policía fueron un par de multas por exceso de velocidad. Había nacido hace 42 años en la Argelia francesa; sus padres le llevaron a París en los sesenta; pasó su adolescencia en una aldea vinícola; fue suboficial del Ejército de Tierra; estaba divorciado, sin hijos; le encantaba la pesca con caña, y era un especialista en electrónica.

Hasta hace dos años Schmitt era propietario de una pequeña empresa de electrónica e informática en Rosny-sous-Bois. La crisis le obligó a cerrar y desde entonces estaba en paro. Los que le conocieron le describen como "muy amable y muy tímido". Su hermano asegura que el paro le tenía muy deprimido. "Había perdido la confianza en sí mismo y. en la sociedad".

Nunca sabremos qué ocurrió en su cabeza, será el enigma más turbador de la pesadilla de la escuela parisiense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de mayo de 1993