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Tribuna:

Politicofobia

LO DEJÓ MUY CLARO EL OTRO DÍA UNA señora a la que preguntaron en la radio cómo veía el asunto de las elecciones: "Mal", repuso, "estoy muy preocupada: creo que todos los partidos están demasiado politizados". Una inquietud muy lógica la suya, señora mía. Responde al ambiente general: ser político es malo; estar politizado, peor. Cuando se quiere descalificar una medida o una toma de postura, basta con decir: "Lo habrá hecho por razones políticas". Y ya se sabe que las razones políticas son siempre sinrazones, abusos, mangancias.Como hablando de política nunca se puede quedar bien, lo más fino es argumentar desde la. economía o desde la ética. Sobre todo esta última es una carta segura. ¿Cómo se puede regenerar la política? Pues a base de inyectarle dosis masivas de ética. Ya se sabe que la ética es como la jalea real: lo cura todo, pero resulta carísima. Y eso que a algunos, más escépticos por pertenecer al gremio de herbolarios, donde se vende el milagroso producto, nos resulta tan inverosímil salvar la política a golpe de ética como extinguir un incendio forestal con un hisopo de agua bendita.

A diferencia de la señora de marras, a mí me parece que los partidos hablan muy poco de política y demasiado de casi todo lo demás. La perspectiva política es una forma específica de considerar cosas que también pueden ser examinadas desde otros puntos de vista. Por ejemplo: si un alto funcionario obtiene fraudulentamente fondos para financiar su partido, la fechoría es un problema moral para el funcionario en cuestión, un problema económico para las empresas extorsionadas, pero un problema político para el resto de los ciudadanos. Y debe ser afrontado con medidas políticas que impidan casos semejantes, reformen la financiación de los partidos, etcétera.

Quienes contribuyen al descrédito global de la política y los políticos fomentan el sabotaje de la democracia. Entre ellos, los políticos mismos, en cuanto convierten a sus adversarios en obscenos demonios al servicio de los más inconfesables intereses. Y los que beatifican a quien hace política mientras sea desde el arte, la judicatura o el periodismo, pero le condenan si se pasa explícitamente al oficio político (sobre todo en un partido que les desagrada). Y también, desde luego, los que a diestro y siniestro denuncian las instituciones democráticas porque no representan la verdadera democracia. ¿Cómo es la verdadera democracia? ¡Ah, una cosa maravillosa, pero imprecisa, el ungüento amarillo de la sociedad que a todos nos sanaría definitivamente! Ese ungüento no lo venden en parlamentos ni elecciones, como las humildes aspirinas políticas -¡puaf!- que conocemos, sino que lo prometen sin enseñarlo estrafalarios nigromantes que abominan elocuentemente y por igual de todos los políticos con mando en plaza. El penetrante Giovanni Sartori dice en su último libro (Democrazia: cosa é) que, tras la desaparición reciente de los totalitarismos comunistas que se presentaban como alternativa absoluta, las democracias vigentes tienen como principal enemigo... a la verdadera democracia. Por tanto, señora mía, será cosa de que volvamos todos a esforzamos por replantear los temas políticos en su propio terreno, aun a costa de requetepolitizarnos cuanto haga falta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de mayo de 1993

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