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Tribuna:

Al hilo de unas memorias

El problema que un libro de memorias plantea al historiador es siempre el mismo: por lo general, aquéllas se escriben -sobre todo si su autor es un político- o a la defensiva o con un afán reivindicativo; es mucho menos frecuente el propósito limitado a la fijación nostálgica de lo irrecuperable, esto es, a la búsqueda sincera de un tiempo ido. Para aprovechar con fruto un libro de memorias, el historiador se ve obligado a leer entre líneas, o a deducir las claves con arreglo a las cuales se escribieron, y a interpretar los silencios (ya que determinados olvidos pueden ser muy elocuentes, como puede serlo igualmente la peculiar visión de este o aquel personaje). Claro que, si sabe hacerlo, el valor de las memorias en orden a reconstruir la verdad de los hechos resulta fundamental para el historiador.Pero además a veces ocurre que el memorialista no escribe sólo un libro de memorias, sino que, al paso del tiempo, va lanzando nuevas miradas hacia atrás para ir remodelando -claro es, desde posteriores supuestos o desde inéditas perspectivas- lo que una vez escribió. En tal caso, el valor de su repetido esfuerzo es doble, porque permite al lector sagaz "calar" al personaje, que, contra su propia voluntad, se descubre precisamente en aquello que con sospechosa insistencia pretende encubrir. Pienso en el caso de Serrano Súñer y las sucesivas reconstrucciones de su trayectoria política: primera y segunda edición de Entre Hendaya y Gibraltar, Memorias, conversaciones con Heleno Saña: siempre en torno a un mismo propósito obsesivo, liberar su imagen histórica de aquello que precisamente la define -el empeño de aclimatar en la España franquista las concepciones del fascismo italiano.

La personalidad de don José María de Areilza ofrece un particular atractivo entre nuestros políticos contemporáneos, que radica sobre todo en su dimensión intelectual, doblada por su cosmopolitismo -amplio dominio de idiomas y vastedad de lecturas, conocimiento directo, desde plataformas diplomáticas excepcionales, de países como Francia -en el Viejo Mundo- y Argentina y Estados Unidos -en el Nuevo- Durante la transición española guió con

buena mannisterio de Asuntos Exteriores: fue el encargado de presentar ante el mundo la sugestiva imagen de una España que estaba desprendiéndose del lastre franquista. De tales experiencias nos hizo interesante relación en varios libros: Diario de un ministro de la Monarquía, Cuadernos de la transición, Memorias exteriores 1947-1964, Crónica de la libertad... Ahora acaba de publicar uno más -A lo largo del siglo-, que viene a completar la evocación de su trayectoria vital y a sintetizar lo que ya nos había contado, haciéndolo esta vez quizá con mayor finura y precisión.

En realidad, este libro de Areilza consta de cuatro partes yuxtapuestas: memorias de infancia y adolescencia (capítulos I y ll); un resumen, muy depurado, de sus experiencias durante la República, la guerra civil y los primeros años de la posguerra (capítulos III-IV); una síntesis de sus memorias de diplomático (capítulos VI-VIII), y un relato de su actuación política en España: primero desde el círculo de Estoril, después como figura clave en el primer Gobierno de la Monarquía, y por último, como diputado y espectador, en Madrid y en el Consejo de Europa (capítulos IX-XVI). Cuatro capítulos más matizan diversos aspectos de su personalidad: la pasión de lector ("Mi biblioteca") la nostalgia de un desaparecido hogar madrileño ("Adiós a la Castellana"), sus aficiones de viajero ("Excursiones y paisajes"), sus experiencias académicas ("Las academias") y la entrañable presencia de seres muy queridos arrebatados por la muerte ("Mujeres de mi familia"). Inserta también, a modo de alarde literario, un delicioso ensayo, en la lengua de Molière, que se supone escrito por Proust durante una irreal visita suya a Madrid en 1913.Si yo tuviera que seleccionar entre las páginas de este libro, probablemente me decantaría por las primeras y por las últimas (capítulos I-II y XVII-XXII). En cuanto a las memorias políticas propiamente dichas, hubiera deseado una mayor concreción en el tratamiento de cuatro situaciones capitales -para él y para España- A ellas voy a referirme en este breve comentario.

Es la primera la que, visceralmente vinculado a la España azul de primera hora, llevó a Areilza a la alcaldía de Bilbao. Tengo la sensación de que algo, pero no todo, se nos refiere en estas páginas; de que contamos con el anverso, pero se nos oculta el reverso: la adscripción ideológica, su manifestación material, en las palabras y en la acción (al margen de la notable tarea de reconstrucción de una ciudad martirizada por la guerra), nos han sido escamoteadas. Cierto que ya advierte el autor, para justificar tal olvido, que -según la expresión de Julien Green- "todo lo que se dice o se escribe durante la guerra tiene, por lo común, escaso o ningún valor". (Yo diría que sí, pero... Lo que se dice en la vorágine de la pasión -en la acción o en la reacción- está condicionado, sin duda. Pero puede ser lo más definidor cuando se superan los condicionamientos y se impone la afirmación racional frente a lo irracional).

La segunda situación discutible es la que Areilza encarnó en el "reinado en la sombra" de que hablara Sainz Rodríguez -su papel como orientador de la política de don Juan, conde de Barcelona- En la evolución del círculo monárquico de Estoril -desde una posición abierta al franquismo, aunque reticente, a un rupturismo decididamente vinculado a la solución democrática-, Areilza se atribuye papel fundamental. Y en efecto, su incorporación a aquel círculo -poco después del mal llamado "contubernio" de Múnich, que a él, por su par te, le decidió a "desmarcarse" del régimen al que venía sirviendo, abandonando la carrera di plomática, y que precisamente en Estoril había supuesto, por contra, un cauteloso repliegue conservador frente a Gil Robles- fue, sin duda, importan te para reafirmar en don Juan la tesis liberal-democrática. Sin embargo, el texto en que Areilza resume el proceso requiere ciertas matizaciones. Nos dice: "Mi antecesor en la organiza ción monárquica, el insigne historiador don Jesús Pabón, se hallaba convencido de que Franco designaría en vida como sucesor al príncipe don Juan Carlos, y que don Juan re nunciaría a sus derechos históricos. Pero mi tesis era que no convenía que la Monarquía fu tura estuviera identificada con la derecha más conservadora".

Traté muy íntimamente al profesor Pabón -como su discípulo, pero también como su amigo y confidente en aquellos años- y creo que él hubiera reaccionado contra el calificativo a secas de conservador (o de encarnación de la derecha más conservadora). Lo advirtió expresamente alguna vez: "No creo ser, ni haber sido, en la vida o en la obra, exactamente un conservador. Sí, de modo más preciso, un moderado" (y aducía, para definir su moderantismo, un texto nada menos que de Azaña: "La moderación, la cordura de que yo hablo, estrictamente razonables, se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud"). Pabón era hombre de talante humano muy liberal -al modo de Marañón-: es muy significativo que en su obra histórica se identifique precisamente con aquellas figuras políticas que podrían representar el polo opuesto a sus propias convicciones -de haberse concretado éstas en los términos de un conservadurismo estricto-: Canalejas es, en su criterio, la gran figura de la monarquía alfonsina -por encima de Maura-; ninguna personalidad en la Francia contemporánea tan fascinante para él como "el tigre" Clemenceau. Nunca aceptó la posición maniquea del

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franquismo, del cual le alejaban visceralmente dos cosas: la incapacidad del "Generalísimo" para resolver el problema de la reconciliación nacional, tras la guerra civil, y su empeño en negar o desvirtuar una amplia parcela de la historia heredada e irrenunciable. El error de Pabón, sin duda, estuvo en su invencible prevención antidemocrática, pero esa actitud, consecuencia de sus experiencias directas entre 1933 y 1936, se hallaba tan lejos del modelo republicano que él había vivido en manifestaciones crispadamente negativas como del despotismo de base militar en que se resumió el franquismo -y que a él, por cierto, le condenó por dos veces al destierro- En los años más duros de la posguerra, esa independencia de criterio le dejaba muy a la izquierda de otras figuras que, andando el tiempo, darían un giro estratégico en sus posiciones ideológicas para "despejar" su propio horizonte. Al menos, él fue siempre consecuente y sincero, en sus aciertos y en sus errores. Lo subrayó alguna vez -en su luminoso prólogo al Lenin escrito por Trotski-: "La objetividad con que he procurado escribir de Trotski no responde a esa carrera hacia la izquierda que se da, con frecuencia y abundancia, entre nosotros. Ya sé: si los desplazamientos más o menos ocultos surgiesen a la superficie, el trotskismo quedaría en el centro, porque la izquierda resulta ría constituida por lo que Tardieu llamaba 'el inmenso partido de los renegados". Pero, el autor del prólogo no necesita correr y renegar, porque carece de fortuna a justificar y no ha ejercido poder alguno cuya demasía haya de serle perdonada. Cavour joven, en la lengua que dominaba, escribió serenamente a su amigo Pietro di Santarosa: "Fidèle au système... j'ai vu plus d'une personne passer devant moi allant de gauche à droite et de droite à gauche". Allá a comienzos de los sesenta, Pabón trataba de buscar, con vistas a una restauración reconciliadora, una fórmula transaccional que por la dere cha contase con la integración del tradicionalismo más civilizado -el de Rodezno- y el respaldo de los sectores más es timables del generalato, y por la izquierda quedase abierta a una evolución capaz de cristalizar en un Estado de derecho evitando rupturas catastróficas. La concepción política de Pabón atendía, en fin, a salvar la entente necesaria entre Estoril, El Pardo y La Zarzuela, a fin de hacer posible el acceso de don Juan, a quien siempre profesó una acrisolada lealtad. Ahora bien, la atmósfera que a sus espaldas se le hizo en Estoril, presentándole como partidario del desplazamiento de don Juan por don Juan Carlos, era absolutamente inexacta, aunque bastó para alejarle del conde de Barcelona. Me consta la herida que en lo más noble de su ser abrió la incomprensión y la ingratitud con que fue arrinconado a partir de un momento preciso: unas cuartillas suyas, aún inéditas, pero que conservo, acerca de los acontecimientos de julio de 1969, reflejan patéticamente la hondura de esta herida.

Otro aspecto hay en las memorias de Areilza que no consigo -no lo he conseguido nunca- ver claro. Si él fue -y eso me parece indudable- el auténtico artífice del partido de centro político que, convertido luego en la UCD, constituyó la plataforma básica de la transición, ¿por qué aceptó, prácticamente sin resistencia, verse desplazado -suplantado- por Suárez en la jefatura de esa formación? Conviene recordar, en todo caso, que antes de que existiera un partido de centro Suárez había configurado, y estaba llevando vigorosamente adelante, una política de centro: lo que luego sería un sistema de centro (por fortuna, en el que nos movemos todavía). Pero al desembarcar con ese bagaje, en un partido que él no había fundado, ¿cuál fue el resorte que le permitió, sin contemplaciones, hacerse con su jefatura? ¿Hubo algún tipo de chantaje -y utilizo esta palabra para que nos entendamos, aunque no me gusta nada- capaz de lograr el pasivo asentimiento de Areilza? Yo confieso que nunca me ha convencido cuanto se ha escrito sobre el tema, y sigue sin convencerme la explicación que, una vez más, se nos da en este libro -aunque tal vez sea esa una de las novedades que aporta, frente a los relatos anteriores.

La historia no puede moverse sobre futuribles; pero resulta tentador pensar en lo que pudo haber ocurrido en caso de que Areilza, y no Suárez, se hubiera hecho cargo del Gobierno tras la caída de Arias Navarro. Seducen los contrastes entre uno y otro: la dimensión intelectual del conde de Motrico, su respaldo social, las importantes conexiones internacionales que le avalaban en 1976, frente a las carencias -en estos aspectos de Suárez. Y, sin embargo, creo que él no hubiera sido capaz de consumar la gran obra histórica cumplida por el hombre de Ce breros. Pienso en una de las claves de la transición: la legaliza ción del PCE, test fundamental entonces para dotar de credibilidad democrática al Gobierno; test que Suárez superó con decisión y gallardía, pero que difícilmente hubiera logrado afrontar Areilza. Suárez procedía de la fase final del franquismo -la reticente y revisionista, sin conexiones directas con el gran desgarramiento de 1936-; sobre Areilza pesaba, malgré lui, el recuerdo de todas esas cosas que se escriben -o se hacen- en una guerra civil, pese al "escaso o ningún valor" que Julien Green les atribuye.

Quedará, en cambio, como imagen histórica de Areilza, su fino perfil intelectual, su intuición para otear el horizonte del cambio en el momento preciso, y la firmeza y seguridad con que, ganado ya por la idea democrática, luchó por ella con habilidad e inteligencia bajo el signo de la monarquía; la discreción y la elegancia de su papel diplomático. Pero la marginación iniciada en 1976 le evitó, quizá, un gran fracaso político -que hubiera podido ser- un gran fracaso para Espana.

Carlos Seco Serrano es miembro de la Real, Academia de la Historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de febrero de 1993