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La venta de droga amenaza la convivencia en los realojamientos de La Quinta y La Rosilla

Ochenta y tres familias gitanas chabolistas de la Cruz del Cura, el Ricote y la avenida de Aster fueron realojadas en agosto en el campamento de La Quinta (distrito de Fuencarral). Otras 88 de La Viña, Altamira, El Cristo y Los Focos han sido trasladadas en varias tandas -la última, ayer- al poblado de La Rosilla (Vallecas Villa). Detrás quedaron los chamizos de madera, pero no los problemas. Uno de los más graves, la venta de droga, se ha reproducido con crudeza, y las familias ajenas al trapicheo viven la situación angustiadas.

En La Quinta, la alegría y el entusiasmo de los niños con los juegos que les ofrecen los maestros del Consorcio para el Realojamiento contrastan. con el ambiente que rodea al poblado. El trasiego de toxicómanos se produce a lo largo de todo el día, pero especialmente al mediodía y durante la noche. Los yonquis llegan en coche, aparcan en el cercano restaurante Casa Jaime y otean a ver si la policía está presente. Otros se acercan al poblado a campo traviesa, desde la parada de la línea 134 de autobús (plaza de Castilla-Mirasierra).Rodeadas de este panorama tan poco halagüeño, las familias que no participan en el mercadeo están angustiadas. Saben que lo que les rodea es una bomba de relojería. Los taxistas se muestran reticentes a acercar a nadie a la zona, y los vecinos de Mirasierra empiezan a hartarse de la hilera de drogodependientes que llegan al poblado. El aislamiento de La Quinta, en medio de la carretera de Fuencarral a El Pardo, lejos de los vecinos, ha evitado que la situación estalle.

En los días del realojamiento, varios hombres de respeto gitanos del poblado se reunieron con representantes del Consorcio para garantizar que no se vendería droga en la zona. La tregua fue fugaz, y nunca definitiva. En octubre, el mercado de papelinas volvió a estar en pleno auge.

Uno de los mayores que acudieron a las reuniones se declara impotente ante la situación: "Hablamos y les dijimos: 'no sigáis con eso', pero ni caso; y qué haces, ¿coger una pistola?", se pregunta. "Les detienen, pagan una fianza y ¡hala!, a la calle de nuevo, así no acabamos nunca".

Antonio González, coordinador de la Unidad de Trabajo Social que el Consorcio tiene en La Quinta, conoce a estos chabolistas hace 18 años. Ha visto ímportantes avances y una gran lacra: la entrada de la heroína en los poblados. A pesar de todo, él ve soluciones, aunque requieren una voluntad política de las administraciones sobre la que no está muy convencido: "La policía tiene que hacer su función, pero además hacen falta medidas laborales y formativas".

Hace poco, el Consorcio planteó a la Junta de Fuencarral que se abriesen un par de mercadillos en dos zonas en las que no hay comercio. No hubo respuesta.

"Muchas familias gitanas están como locas por trabajar en lo que siempre han conocido, la venta ambulante", añade González. "Por ejemplo, con el mercado de flores para mujeres gitanas que ha organizado la asociación Romí Sersení -incluido en los programas del ingreso madrileño de integración (IMI) o salario social- se ha creado una gran expectación entre las señoras para ver si eran ellas las elegidas", apostilla.

Participación

Otro pequeño dato que a González le parece positivo es el entusiasmo con que 15 jóvenes entre los 16 y los 25 años han acogido un curso de fontanería en enero. "No van a cobrar un duro por hacerlo y están contentísimos con la idea de aprender a poner cañerías", explica.

Los más pequeños también se muestran participativos con las actividades que organizan los educadores de calle. Entre grandes muestras de entusiasmo miran y remiran un vídeo de una excursión que realizaron hace tiempo. "En pocos años el nivel de escolarización ha subido mucho, aunque a partir de los 12 años es dificil que los chavales sigan estudiando", opina.

En enero, el Consorcio se reunirá de nuevo con los viejos para atajar la venta de estupefacientes. "Si no conseguimos una solución dialogada, tendremos que plantearnos tomar medidas drásticas, como rescindir los alquileres a aquellos que se estén enriqueciendo con el narcotráfico", concluye González.

En las dos únicas calles de La Quinta -Canasteros y Chalaneros- se entremezclan tres clanes gitanos. Cada uno de ellos vivía en un poblado diferente, pero no han surgido fricciones. Sin embargo, algo extraña a los antiguos chabolistas: la sensación de estar siempre enfrente del vecino. "En la chabola, si no querías ver a alguien cambiabas la puerta de sitio; aquí siempre estás delante y detrás de los mismos; y si va bien, vale, pero si no hay que aguantarse", explica uno de los miembros de la familia Fernández, de la Cruz del Cura.

Otra cosa que les desazona son las grietas que han aparecido en algunas viviendas, el estado de los patios, que se llenaron de agua con las primeras tormentas, y algunos otros fallos de construcción. Pero la ilusión por la casa no la han perdido porque la mayor parte de las viviendas están engalanadas y limpias como los chorros del oro.

La construcción del barrio de La Quinta fue costeada por la Junta de Compensación del Arroyo del Fresno, una asociación de promotores privados que está edificando en los terrenos que antes ocupaban las chabolas de la Cruz del Cura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de diciembre de 1992

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