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'Ojo televisual'

Los hombres y las mujeres de antaño se sentían vigilados por los dioses o por simibólicos triángulos con ojos. Los de hoy, gracias; a las ondas hercianas, son guiados por el ojo televisual. La televisión constituye un ingrediente indispensable en la ecología psicosocial de nuestro tiempo. Su ubicuidad es tan real como el aire que respiramos o la fuerza de la gravedad. No hay duda de que este medio de comunicación decide gran parte de las cuestiones sobre las que pensamos a diario y mucho de lo que conocemos del mundo.Según estudios recientes, en una noche normal, más del 55% de toda la población de Occidente conecta con el escenario televisivo. En Estados Unidos, por ejemplo, el televisor está encendido un promedio de seis horas al día, los adultos pasan la mitad de su tiempo de ocio ante la pequeña pantalla, y los niños dedican al receptor más tiempo que al colegio.El impacto de la televisión sobre el comportamiento de la persona es uno de los temas más polémicos y debatidos de nuestros días. De hecho, mientras investigaciones recientes demuestran que programas que contienen altos niveles de violencia pueden provocar agresividad a corto plazo en ciertos individuos ya predispuestos a ella, otros estudios, igualmente fiables, sugieren que estas imágenes cargadas de dureza son terapéuticas, pues alimentan a las personas de fantasías que tienen un efecto catártico o de purga Psicológica contra los impulsos destructivos inconscientes.A estas alturas, no creo que quede nadie por convencer del extraordinario poder de la televisión para influenciar tanto las actitudes personales como los cambios sociales. Se ha dicho que si el sabio griego Arquímedes hubiera vivido en nuestros días, en lugar de decir: "Dadrne un punto de apoyo y moveré la Tierra",, hubiese afirmado, refiriéndose al mensaje televisado: "Me apoyaré en vuestros ojos, vuestros oídos y vuestro cerebro, y moveré el mundo de la forma y al ritmo que yo quiera".Como vehículo de persuasión, el medio televisivo es el más poderoso de los existentes, porque ofrece el producto más inteligible, completo y penetrante; porque suscita el estímulo que menos esfuerzo mental o imaginativo exige al espectador. Además es un sistema que transmite en ambas direcciones, pues los ratings y el feedback se encargan de notificar en todo momento a las fuentes el volumen de público y su reacción a la información recibida. En realidad, al mismo tiempo que vemos la televisión, se puede decir que la televisión nos observa, aprende sobre nosotros y, a su vez, se amolda a nuestras preferencias para persuadirnos.

Una televisión responsable y creativa informa y nos sitúa en el tiempo y el espacio, garantizándonos cierta seguridad y confianza. También une, al ofrecernos junto con millones de personas la posibilidad de vivenciar y compartir al mismo tiempo situaciones de otro modo inasequibles. El mensaje televisivo relevante entretiene, pero además educa y nos ayuda a superar los estereotipos, las fobias sociales y los ideales narcisistas esclavizantes del éxito o de la belleza perfecta. Asimismo, una buena historia televisiva promueve la dignidad de la persona y el valor de la vida. Por otra parte, sirve de arena de debate para las ideas, lo que a su vez fomenta la concienciación colectiva, la defensa de la democracia, la evolución del pensamiento, y, en definitiva, el continuo desarrollo de la sociedad.

Con demasiada frecuencia, sin embargo, ciertas cadenas de televisión ignoran estos principios o fines sociales, y, en la búsqueda inexorable de un género más vendible y rentable, manipulan la realidad y nos ofrecen programas con el mínimo denominador común intelectual, perpetuando los estereotipos ingenuos y fáciles del bueno y del malo, simplificando los protagonistas y los argumentos, tratando superficialmente o cubriendo con una capa de azúcar los temas conflictivos y complejos, y pretendiendo engañosamente que el teleobjetivo abarca la situación en cuestión en todo su alcance y profundidad. Como consecuencia, en el espectáculo televisado la verdad pierde a menudo relevancia y es superada por la credibilidad, mientras que la información está saturada de seudoeventos, de circunstancias que ni son verdad ni son mentira, sino simplemente creíbles.

Para bastantes espectadores, los teleprogramas se han convertido penosamente en un sustituto de la imaginación y de la iniciativa, en una especie de manjar poco nutriente, pero altamente adictivo, que hay que consumir compulsivamente cada día. No pocos de estos telespectadores enganchados y estupefactos se sumergen en un estado semiconsciente de inercia, de letargo vegetal, llegando incluso a experimentar, según estudios recientes, una caída del metabolismo del 12% por debajo del nivel metabólico de descanso. Para otros, la misión del espectáculo va incluso más lejos, pues representa su vida real hasta el extremo de que el resto de la existencia pierde el significado.

En nuestra cultura narcisista, por ejemplo, la lucha infatigable y obsesiva por conseguir ser figura o estrella de televisión está adquiriendo una cualidad religiosa entre ciertos hombres y mujeres, que creen firmemente que la celebridad televisiva les abrirá el camino hacia la inmortalidad. Mientras tanto, como ha señalado Erich Fromm, los expertos o consejeros de imagen se han convertido en los "nuevos sacerdotes".

La cámara de televisión es el nuevo anteojo a través del cual muchos buscan satisfacer el instinto de voyeur, de mirar, de excitarse sensorialmente con imágenes de poder, de dominio sobre los demás. Es justamente aquí donde se refleja la vieja fascinación del ser humano por la violencia. De hecho, según el sociólogo Lewis Mumford, los ciudadanos de hoy no se encuentran psicológicamente muy lejos de los patrícios romanos de antaño, quienes en su bús queda de sensaciones intensas que llenarán momentánemente el vacío de sus vidas, acudían diariamente al circo, donde se llegaba a aplicar una inventiva diabólica a la tortura humana.

El equivalente moderno del circo romano son estas figuras televisivas destinadas a representar con el mayor realismo posible toda la variedad de agresión sadomasoquista o nihilista. Lo peligroso es que nuestro papel de mirones no es sólo mirar, sino participar en este tipo de función que permite a los verdugos actuar en público. Porque, en realidad, el contenido de un programa dice tanto sobre el medio que lo televisa como de la audiencia que lo exige o lo contempla. Son muchos los que piensan que si la sociedad es capaz de observar estas escenas es que ha perdido una parte de su humanidad.

A la postre, el enorme desafío que nos plantea el ojo televisual se centra en el propósito que le asignemos y también en el uso que hagamos de él. Este extraordinario y clarividente tercer ojo posee los poderes para iluminar, pero también para confundir, para despertar y para adormecer, para liberar y para oprimir, para humanizar y para embrutecer.Luis Rojas Marcos es psiquiatra y comisario de los Servicios de Salud Mental de Nueva York.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 15 de diciembre de 1992.

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