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Tribuna:

Lo público

Ahora resulta que lo de la separación del príncipe Carlos y Diana se ha convertido en un suceso monumental y abracadabrante, digno de los más grandes titulares en todo el orbe. A mí, sin embargo, la cosa me parece un asunto de lo más común que nunca debió salir de lo privado. Sin duda, la casa de Windsor siempre ha guardado bajo la alfombra, como cualquier hijo de vecino, su buen montón de porquería doméstica: Jorge IV odiaba tanto a su esposa, por ejemplo, que no la dejó entrar a su coronación, en 1820, y la pobre se pasó la ceremonia aporreando la puerta desde fuera y suplicando que la coronaran también a ella. Y es que las indignidades del ámbito familiar, como todo el mundo sabe, pueden ser infinitas.De modo que el clamor actual ante la separación de estos dos sosos no viene por el hecho en sí, tan corriente y moliente, sino por la publicidad desmesurada que ha rodea do la cosa. En realidad, Carlos y Diana son un ejemplo del desaforado mundo de apariencias en que vivimos. De una sociedad en la que es más importante mostrar que vivir, representar que ser. Los medios de comunicación han llegado a saturar hasta tal punto el espacio público que ya no son un espejo de la realidad, sino una suplantación de la vida misma. Los ejércitos invaden países en directo, convirtiendo una tragedia en algo ridículo. Se tienen hijos para la prensa y se llora a los difuntos ante la prensa, retocándose el velo de viuda o la corbata negra para salir bien en las fotos. Y los espacios de televisión de mayor éxito son tontos concursos en los que se comercia con las intimidades. Hace poco vi concursar a un niño: explicó que sus padres no le querían y lo dijo sonriendo, como respuesta a una de las pruebas. Hemos vendido el alma al espectáculo y convertimos todo aquello que es importante en pura filfa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1992