El Barcelona superó la ciénaga de Logroño

El Barcelona, un equipo aseado por excelencia, desfiló por Las Gaunas con el porte propio de un modelo de la suciedad elegante, ese. nuevo concepto de la apariencia que venden los americanos y que consiste en exhibir los harapos en lugar del traje.Había que ponerse el mono para no pegarse el gran castañazo en campo del colista, porque la cuenta corriente azulgrana ya no admite más caridad. No tenía el Barça otra salida que demostrar que ese grupo elegido de artistas, ese colectivo de señores del fútbol, ese plantel exquisito que pregona el espectáculo, también está capacitado para sobrevivir en una ciénaga.
David Vidal, portavoz de los pobres, replicó a la riqueza del grupo de Cruyff negándole el campo y el balón, dos instrumentos de trabajo imprescindibles en el manual barcelonista. Las Gaunas era un lodazal, y el cuero giraba sobre el fangal como un cubo. No pintaba bien el partido para el Barcelona. Pero Cruyff no se arrugó y apostó por los mismos músicos que vienen amenizando la Liga en las últimas siete jornadas. Era una apuesta fuerte porque el campo reclamaba a los fajadores, y no a los estilistas.
El Barça, sin embargo, empujó el cuero con garra y se encontró con un gol de un centrocampista con llegada fácil como Amor. Un tanto que debía ser una bendición del cielo dado que el choque sólo planteaba una apuesta: ganaría quien aprovechara mejor los errores.
Pero el Barça no encontró acomodo en el barrizal y fue cediendo campo, barro, hierba, fango, terreno, al Logroñés hasta que llegó el empate. El gol de Cleber puso al descubierto uno de los pecados capitales del Barcelona: su nulidad para contrarrestar las jugadas a balón parado del contrario y, especialmente, en el juego aéreo.
El Logroñés vivió mucho tiempo de ese tanto, de las penetraciones de Linde por banda derecha -donde sentó a Goikoetxea reiteradamente- y del absentismo azulgrana en ataque. La delantera de Cruyff quedó calada de agua hasta el tobillo y el cordón umbilical (Koeman- Guardiola-Bakero) estuvo partido por la mitad desde el inicio.
El gol de la salvación azulgrana llegó así de una forma acorde con el partido y contraria a la filosofía de Cruyff, a balón parado, a la salida de un córner y al más puro estilo inglés. El tanto de Stoichkov fue considerado ya renta suficiente para echarse atrás. El Barça dejó las riendas del partido al Logroñés y se fue refugiando cada vez más en el portal de Zubizarreta, alegando que, dadas las circunstancias, allí no se podía jugar.
El equipo azulgrana se puso el buzo, Cruyff fue reforzando la línea de zagueros y el partido quedó en manos del reloj y de Brito Arceo. El colegiado tinerfeño buscó la reconciliación con el Barça y provocó el flamear de pañuelos blancos en Las Gaunas. La hinchada local reclamó con justicia un penalti y la expulsión de Ferrer, por no meter en el inventarlo todo un cargamento de faltas en la zona de medios. Tampoco los forasteros, que anotaron la victoria en el descuento que concedió inesperadamente el árbitro, se marcharon contentos: reivindicaban que el gol del Logroñés llegó, ciertamente, en un córner inexistente.
La segunda parte resultó asquerosa, pesada, lenta, brusca. Se imponía el pelotazo, la guerra de guerrillas, y el Barca huye siempre de las emboscadas. Sabido es que el grupo de Cruyff aplaude a los que siguen su juego y aborrece a los que lo entorpecen. Nunca se le han dado bien los equipos que juegan al filo del reglamento y convierten la cancha en una jungla.
El Barça, que necesita una autopista para correr, tuvo ayer la virtud de no atascarse en el fango de Las Gaunas, un campo donde Cruyff no conoce la derrota, aunque el holandés debe agradecerle la imbatilibidad a Brito.
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