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Editorial:

Presión y negociación

LA CONFERENCIA de Londres que se reúne en la ca pital británica a partir de mañana constituye un nuevo intento de buscar una solución negociada al conflicto de los Balcanes. La actual presidencia británica de la Comunidad Europea (CE) ha convocado este encuentro para intentar hacer confluir los esfuerzos de la propia Comunidad y de la ONU, que desde la llegada de Butros Gali a la secretaría general han mantenido posiciones divergentes sobre la gestión de esta crisis. La decisión de la CE de dar su visto bueno a unos acuerdos para el control de la artillería pesada en la práctica, un monopolio serbio en esta guerra- y la defensa del establecimiento de corredores para garantizar la ayuda humanitaria recibió una dura respuesta de Gali, que la tachó de inviable. De ahí que el secretario del Foreigri Office, Douglas Hurd, haya insistido en convocar un foro más amplio, con la presencia institucional de la CE, la ONU, los máximos representantes de la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa y los países di recta o indirectamente afectados. La nueva iniciativa implica, por tanto, un marco mucho más amplio que el de la fracasada conferencia presidida por Lord Carrington, cuyos esfuerzos se han estrellado frente a la intransigencia de unos políticos fanatizados y la ausencia de alternativas claras por parte de la CE a la, hora de poner en pie, iniciativas disuasorias eficaces. Ese fracaso no podrá ser enmendado con meros desahogos existencialistas sobre la condición humana o con declaraciones cínicas como la del mediador portugués Coutilheiro: "Habría que construir un muro en tomo a esta región y dejar que se maten todos hasta que haya paz". Pero el argumento, de que. "es demasiado tarde" apenas resulta más convincente: supone ignorar experiencias del pasado en la región y hacerse los distraídos respecto a los horrores que nos aguardan (en Kosovo y Macedonia, por ejemplo) si no se invierte ahora esa tendencia fatalista. Es probable que un acuerdo sea imposible sin intensificar la presión sobre Belgrado,y que esa presión exija una intervención militar; pero es seguro que ninguna acción bélica será eficaz si una conferencia como la de Londres no logra fijar unos criterios políticos respecto a la futura estructura territorial de Bosnia. Ni hay un único culpable ni todos lo son en igual medida. Precisamente porque nada hay tan contagioso como el fanatismo, la política de limpieza étnica, con sus secuelas de terror, campos de concentración y desplazamientos de población, no es monopolio de ninguna de las comunidades. Pero es preciso dejar sentadas dos conclusiones: Bosnia-Herzegovina ha sido hasta ahora la única nación surgida del desmembramiento de Yugoslavia que se constituyó sobre una base pluriétnica; en el extremo opuesto, los dirigentes serbios han sido quienes han practicado la limpieza étnica de manera más sistemática, como una estrategia militar al servicio de la idea de una Gran Serbia étnicamente uniforme. Actualmente controlan el 70% del territorio de Bosnia, y su intención es pactar un acuerdo de partición con los croatas (que controlan casi todo el resto). Ello se haría a expensas de la comunidad musulmana, mayoritaria en la. república y principal víctima de esta guerra. Aceptar ese planteamiento significaría convalidar la política de hechos consumados de Serbia y admitir que la fuerza es una forma válida de modificar las fronteras.Pero un acuerdo deberá partir también del reconocimiento de que la abstención de la minoría serbia (32% de la población) en el referéndum que abrió paso a la independencia de Bosnia cuestiona seriamente la legitimidad de ese proceso; y que si ya resulta discutible admitir la validez como fronteras internacionales de unas líneas que actuaban como demarcaciones territoriales en el interior de un Estado, resulta imposible fijar las que puedan separar a las comunidades que convivían dentro de cada una de las repúblicas, y especialmente en el caso de Bosnia-Herzegovina, cuyo mapa étnico se asemeja a la piel de un leopardo. Esa realidad debió haber sido tenido en cuenta por las cancillerías europeas que, desoyendo voces como la del viejo economista disidente DJilas, se precipitaron a convalidar procesos unilaterales de independencia sin garantías para las minorías. El hecho de que el 38% de los ocho millones de serbios vivieran en las otras repúblicas yugoslavas -a veces desde generaciones, pero lo mismo sería si acabasen de llegar debió haber sido sopesado a tiempo.

Londres debe ser la ocasión para un acuerdo que corrija aquellas imprevisiones y permita reconsiderar la cuestión de las garantías de las minorías bajo control internacional. La objeción según la cual los odios desa

tados hacen imposible tal acuerdo no es desdeñable; pero no evita que cualquier otra solución, incluida la de la cantonalización del territorio, añada a la improbabilidad la injusticia de los desplazamientos de población y la imposibilidad de fijar fronteras, y, por tanto, el mantenimiento indefinido de la inestabilidad. Es cierto, por otra parte, que sin un dispositivo capaz de plasmar las amenazas de represalia contra los incumplimientos, cualquier acuerdo firmado será papel mojado. Sin embargo, la evidencia de que los principales agresores, las fuerzas serbias de Radovan Karadzic, dependen más que nunca del apoyo de Belgrado permite a la comunidad internacional centrar su presión sobre el régimen de Milosevic: una amenaza creíble de intervención internacional en la propia Serbia podría cambiar la situación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de agosto de 1992