Un ídolo para la gente corriente

La mayoría eran gente corriente. Trabajadores de manos recias que no habían tenido tiempo para afeitarse. Jovencitas inocentes que ahorran para casarse. Jubilados sin dinero para visitar Florida. Estudiantes de enseñanza media apasionados por un nuevo líder al que seguir. Matrimonios aburridos que saben todos los detalles de las últimas violaciones ocurridas en el distrito de Metairie, donde David Duke celebró en la noche del viernes su último mitin de la campana electoral.El acto estaba convocado en un local de la Legión Americana, un centro social de ex combatientes, a la hora en que los trabajadores norteamericanos toman unas cervezas, antes de ir a casa. Y ahí estaban, con sus gorras marcadas de sudor y sus camisas de cuadros, destapando botellines de Budwaiser y gritando "¡Duke, Duke, Duke!" con el mismo ardor con el que los domingos alientan a su equipo de fútbol, los Saints, en el gran estadio de Luisiana, el Super Dome.
Algunos de ellos pertenecen a lo que en Estados Unidos se conoce como rednecks (cuellos rojos), tipos blancos rudos que se ganan la vida con las manos y bajo el sol, que comen hamburguesas a docenas, eructan estruendosamente, cuentan chistes obscenos y desprecian a los negros. No faltaron las banderas confederadas ni las gorras características del ejército sureño en la guerra civil. Tampoco faltó un cierto orgullo de ser diferentes, de llamar la atención, de perturbar el plácido sueño del norte.
El acto comenzó con la intervención de un cura que certificó la súbita conversión de Duke al cristianismo y terminó con la rifa de una gigantesca barbacoa donde el afortunado podrá asar las salchichas que constituyen su dieta habitual.
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