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CARTAS AL DIRECTOR

El paso por Lerma

Desde que se vistió de colorado el duque de su nombre, la villa de Lerma no había alcanzado tanta fama como en estas fechas, no sólo en España, sino me temo que en Europa y África.Tratando de adelantarme al terrible cambio de meses julio-agosto, este año salí de Vizcaya al alba del día 27, escarmentado por la expeniencia de 1990. Pese al plan de carreteras en vigor, la situación de la N-I no ha cambiado prácticamente nada. Siguen altemando los mismos trozos de autovía hechos con los sin hacer.

Pero lo más incomprensible es el paso por Lerma, en la que logré entrar a las nueve de la mañana, contemplando de cerca la génesis del terrible atasco que se origina. Entre dos filas de viejísimos edificios corre una estrecha calle, en la que apenas pueden cruzarse los vehículos que circulan hacia Burgos y hacia Mádrid. Delante de mí marchaba un vecino del pueblo que tenía que torcer a la izquierda, para lo cual tuvimos que parar él y todos los demás que le seguíamos, unos cuantos largos minutos, interrumpiendo una marcha ya lentísima por lo angosto de la vía urbana y gran carretera norte-sur de España.

¿Qué pasaría, que habrá pasado, durante las horas y días siguientes de creciente tráfico? Horas de retención, como el año pasado, como todos los años.

Ninguna autoridad ha logrado abrir por el llano que hay al oeste un paso provisional paralelo para la dirección de Madrid- Francisco Gómez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de agosto de 1991