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Tribuna:POLÉMICA SOBRE LA CRISIS DEL CDS

La viabilidad del centro

El autor argumenta la viabilidad de la opción centrista, máxime en un momento de crisis de las ideologías de derecha e izquierda y en una sociedad como la española. Aunque, en su opinión, el espacio del CDS es pequeño.

La viabilidad del centro político es una de las cuestiones que se plantean con mayor frecuencia al hacer el análisis de los resultados de las últimas elecciones, y casi siempre se concluye superando la duda con afirmaciones voluntaristas. Pero la duda existe, tanto más cuanto que en la mayoría de los casos el análisis se realiza contrastando el voto recibido con la estrategia o la táctica del partido, buscando en los fallos de ambas las causas de los tropiezos electorales.Pues bien, este análisis es, cuando menos, excesivamente simple. Como lo es, a mi juicio, atribuir a los medios de información el cambio de voto en muchos ciudadanos. Ambas circunstancias deben ser tenidas en cuenta y es justo atribuirles algún peso en el resultado, pero nunca el valor de la razón última o decisiva para determinar el voto.

Creo que hay que elevar el punto de mira, ascender en el análisis y buscar con mayor perspectiva las razones de lo que ha ocurrido.

En primer lugar, ante la desideologización de la izquierda y de la derecha, parece evidente que una teoría política de centro apoyada en las tesis social-liberales se configura no sólo como una vía alternativa, sino también, y esto es más importante, como un punto de referencia necesario para unas posiciones políticas claramente agotadas.

Su condición de punto de referencia convierte al centro en un lugar político-social a conquistar por las formaciones situadas a su derecha y a su izquierda. De este punto se desprende que si el país es sociológicamente de centro, o está situado en el centro, más decidido será el propósito de los partidos clásicos -derecha e izquierda- de apoderarse de él, por lo cual coincido con Julián Santamaría en que cuanto más confluye el electorado hacia el centro, menores son las probabilidades de que esté ocupado por un partido formalmente de centro y, en cambio, cuando el electorado se agrupa en tomo a los extremos, es más probable que tengan consistencia el partido o los partidos que ocupen el espacio intermedio. Pero no se trata de una mera cuestión táctica. Lo importante es que la derecha y la izquierda asumen, al menos en parte, el bagaje ideoíógico del centro, tanto en sus postulados básicos de defensa de las libertades de la persona y de solidaridad social como en las medidas concretas de aplicación de esos postulados.

La tendencia expuesta no es una cuestión pacífica, porque siempre resulta dificil desprenderse de las propias convicciones; los viejos principios siguen perviviendo en medida importante y la trama de intereses es aún lo suficientemente fuerte como para que se produzcan movimientos de reflujo hacia posiciones típicas o clásicas en las fuerzas políticas ocupantes del centro. Es lo que yo he descrito como la tensión entre el ser y el estar con sus consecuencias desestabiladoras.

Este es el signo de nuestra realidad. Pienso que aún no hemos superado del todo la crisis de identidad que sigue a toda etapa no democrática. De modo que lo que podríamos denominar crisis de las ideologías -no su crepúsculo-, con sus consecuencias de ocupación del centro, se suma en nuestro caso a esa otra crisis de identidad que produce en una parte del electorado la reacción de aferrarse a unas siglas y en otra la de hacer oscilar su voto más por reacción frente al que manda que por convicción profunda.

Cuando esto ocurre, es decir, cuando la derecha y la izquierda moderan sus posiciones, o lo que es igual, dan esa imagen y se convierten o aparecen como posiciones no muy diferentes y hasta en ocasiones mutuamente aceptables, el centro tiene muy poco espacio, haga lo que haga, que por esencia no podrá ser algo aparatoso o espectacular. Es la situación del Reino Unido, en el que el Partido Liberal vive aprisionado por los conservadores y los laboristas, o de Francia y Alemania.

Este fenómeno necesariamente se traduce en los votos. Por eso mismo, referir la evolución de esos votos tan sólo a lo que el centro haya podido hacer y no tener en cuenta esa conquista del espacio de centro por otras fuerzas es un error craso.

Falta de tradición

A las consideraciones anteriores deben añadirse otros datos. En España no existe una tradición de centro y las iniciativas que se produjeron tuvieron una vida dificil y corta. En otro aspecto, la Ley D'Hont castiga a las formaciones menos votadas y reduce la proporcionalidad en la relación voto-resultado.

Pero si todos estos elementos son ciertos y a pesar de ellos el centro existe en nuestro país, quiere decirse que es una realidad incuestionable, algo arraigado en nuestro panor ama político, algo por lo que luchar.

Nuestra reflexión se realiza después de unas elecciones difíciles de interpretar porque tuvieron un nivel alto de abstención y porque el CDS, a pesar de haber descendido al 4% de los votos, sigue contando con una cifra de concejales cercana a los 3.000 y superior a la de Izquierda Unida. Estos datos me interesan ahoratan sólo como indicadores de que en nuestro país existen aún unas líneas excesivamente borrosas entre parte del electorado de centro y las fuerzas políticas que son frontera con él.

Volviendo a retomar el hilo conductor de este artículo, la crisis de las ideologías y sus consecuencias en el seno de una sociedad centrada, nos encontramos con la estrategia seguida por los partidos principales para convencer al ciudadano de la sinceridad de su mensaje actualizado.

En este aspecto, la derecha ha cambiado su mensaje, pero no sus criterios sobre las grandes cuestiones, ni sus formas, su talante, su estilo. Ha preferido dirigirse hacia la parte del electorado anti-PSOE, que no siempre antisocialista, y utilizar el argumento del voto útil.

El partido socialista ve disnuir sus votos, pero muy lentamente, y mediante gestos aislados pretende mantener en su electorado la ilusión de la izquierda. Sus mensajes se divorcian cada vez más de los hechos, mientras éstos, en la mayoría de los casos, asumen posiciones de centro. A la derecha le interesa vitalmente deglutir al centro; a la izquierda (PSOE), mantenerlo coindrefugio de los votos que el ejercicio del poder le haga perder.

Vemos, por consiguiente, que las fórmas, el estilo de los partidos, cada vez se revela como más importante. Podríamos llamarlo la importancia de la estética. Pero ésta no puede separarse de la ética, y, desgraciadamente, la relación entre ambas se ha roto escandalosamente. Esta ruptura es una prueba de esa tensión entre ser y estar a la que antes me refería y de la lucha por el poder como sustitutivo de la lucha de las ideas como presupuesto del poder.

También aquí el centro tiene una gran baza si sabe jugarla. Nosotros -casi todos- hemos creído que la ética es un concepto moral antes que político, y que olvidarse de ello para convertirlo en un arma partidista es el mayor ataque que podría infligirse a la ética, aparte de una enorine torpeza. Porque si se olvida la dimensión moral, la corrupción es tan sólo una faceta de la lucha por el poder o un aprovechamiento del que se tiene. Este hecho debe denunciarse desde unas conductas ejemplares. Nosotros defendemos la dignidad del hombre y su libertad, defendemos una sociedad más justa, defendemos las raíces morales -de moral social- de la ética.

Hoy por hoy, lo que resulta evidente de todo lo expuesto es que el CDS tiene un espacio político pequeño, que por tanto desaconseja estrategias propias de partidos alternativa; que el principal ataque que hemos recibido y recibirernos procede de la derecha; que por responsabilidad y coherencia política no debemos negarnos a un diálogo con otras fuerzas, y de modo particular con aquella que tiene la responsabilidad de gobierno. La oposición constructiva que ha realizado y debe seguir realizando el CDS, unaactitud plenamente de denuncia y, de compromiso con los ciudadanos, debe ser el cimiento de nuestra estrategia y nuestras mejores señas de identidad. Si así ocurre, el CDS, el centro, será viable. Es dificil creer que ejercer influencia en la vida pública española desde nuestra ideología social-liberal y a través del diálogo, cumplir algunos de nuestros compromisos programáticos, contribuir a la estabilidad política e institucional y ser fieles a la razón de ser fundacional de CDS pueda concebirse como un. symple elemento ornamental de nuestra democracia

Alejandro Rebollo Álvarez-Amandi es portavoz del CDS en el Congreso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de agosto de 1991