Editorial:
Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Tragedia nacional

EL FIN de año es tiempo de balance y el de la siniestralidad en carretera es uno de los más tenebrosos que de manera ya crónica soporta la sociedad española. El del año que termina no ha sido más ligero que los anteriores. Las cifras absolutas producen espanto: casi 6.000 muertos en cerca de 5.000 accidentes, sin contar los varios miles que han dejado tras sí una innumerable cohorte de personas lisiadas en mayor o menor grado y algunos centenares de muertos más, no incluidos en las estadísticas, que sucumbieron a sus heridas en fechas posteriores a la del siniestro. Y relativamente no hay signos de mejora. El número de accidentes con víctimas mortales ha sido equivalente al de 1989 y muy superior al de 1988.La espectacularidad y gravedad de algunos de los accidentes de tráfico ocurridos en las últimas semanas, en los que las víctimas comienzan a contarse por decenas, corroboran una nueva faceta inquietante de esta forma de siniestralidad. El accidente de tráfico deja de ser individual para convertirse frecuentemente en masivo. Esta dimensión, hasta ahora primordialmente estadística, comienza a ser consustancial al accidente mismo. El aumento del parque automovilístico, la proliferación del transporte colectivo y el trasiego de sustancias peligrosas por carreteras densamente pobladas son factores de riesgo que pueden dar cuerpo de tragedia a los efectos del siniestro.

Comienza a ser fatigante la disputa sobre las causas que mueven los mecanismos de este rayo de la muerte que no cesa de planear sobre la carretera. Sobre todo, cuando más que causas lo que parece buscarse a veces son chivos expiatorios sobre los que hacer recaer culpas propias. Desde la Administración se suele cargar las tintas sobre la responsabilidad del conductor, mientras que desde la sociedad se hace hincapié en la incidencia que en la permanente tragedia que origina el tráfico tiene una política viaria deficiente y escasamente previsora. Pero enzarzarse en la estéril discusión del tú más no conduce a nada. La cuestión es cómo domeñar esta permanente riada de siniestralidad y qué hacer para reducir al máximo los daños humanos -miles de muertos y decenas de miles de inválidos- que deja a su paso.

Los accidentes de tráfico se han convertido en la cuarta causa de muerte en España y en la primera entre los jóvenes de 18 a 25 años. La carretera mata cada año a 196 españoles por millón de habitantes, mientras que la media de los países de la CE es de 150. Entre el 60% y el 80% de los incapacitados españoles debe su situación a los accidentes de tráfico. Éstos son también causantes de que el coste de las indemnizaciones por daños se eleve este año que acaba a la exorbitante cifra de 500.000 millones de pesetas. Datos de una envergadura tal que hacen que el problema adquiera tintes de tragedia nacional y ante la que una sociedad moderna y civilizada no puede permanecer impasible mientras se entretiene en dilucidar si son galgos o podencos los culpables.

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Es estadísticamente innegable la presencia del factor humano en la inmensa mayoría de los accidentes de tráfico. La impericia, la actitud insolidaria y potencialmente criminal de una minoría importante de conductores que no respetan las señales de tráfico y ,confunden autovías y vías urbanas de circunvalación con pistas de carreras o que mantienen una inmadura relación con su automóvil, convertido en fetiche y en instrumento de autoafirmación personal, constituyen un componente importante de ese factor humano. Pero sería un ejercicio de cinismo pretender desligar lo que ocurre en las carreteras de su mal estado, de su deficiente señalización, de su trazado defectuoso y de su incapacidad en relación con el tráfico que soportan. El accidente ocurrido el viernes en Madrid -una docena de muertos y dos más de heridos- es un ejemplo de la fatal relación que puede establecerse entre el fallo humano y los defectos de la red viaria.

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