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Manos de terciopelo, pies de acero

Un tramo cronometrado con Carlos Sainz en el Rally 1.000 Lagos de Finlandia

La pareja Carlos Sainz-Luis Moya (Toyota) preparan intensamente desde el pasado 6 de agosto el Rally 1.000 Lagos de Finlandia, octava prueba del Mundial. Sainz y Moya, líderes del campeonato con 28 puntos de ventaja sobre el francés Didier Auriol (Lancia), abandonan el hotel a las 7.30 y regresan 11 horas después, tras repasar y correr un promedio de 600 kilómetros diarios y habiendo comido un par de manzanas y algún emparedado. Un enviado especial de EL PAÍS recorrió, el pasado miércoles, el tramo número 24 de la prueba (denominado Sahalahti), de 17,9 kilómetros, sentado junto a Sainz en el asiento de su copiloto.

Sainz luce una indumentaria típicamente de entrenamiento: pantalón de chándal, camiseta blanca con pequeños emblemas de Toyota, Repsol y Marlboro, calcetines de deporte y zapatillas Reebok. Mientras se introduce en el Celica, Luis Moya prepara la ceremonia de colocarme en su asiento. Se diría que Moya, un hombre repleto de simpatía, está feliz de que alguien ocupe su lugar de trabajo."El cinturón", señala Moya mientras ajusta las cintas a mi menor estatura, "te sujeta al asiento por los muslos y los hombros. Para desligarte de las ataduras sólo tienes que apretar el anclaje que va sobre tu ombligo. Ten cuidado porque aquel botón que hay junto al pie izquierdo es la bocina". Moya también me relata, ignoro para qué, las múltiples funciones del ordenador de a bordo, soldado a su puerta: recorrido parcial, total de kilómetros del día; hora de salida del hotel; velocidad; gasolina que queda...

Antes de enfundarse unos preciosos guantes rojos, Sainz me entrega unos auriculares con micrófono incorporado para que me los ponga. Así podré hablar y oírle a la vez. Moya cierra la puerta con suavidad, no sin antes avisarme de que debajo del asiento hay un extintor.

Ya estoy encajado en el asiento Recaro hecho a medida de la anatomía de Moya. La verdad es que no tiene nada que ver con un coche de calle. El cuerpo queda aprisionado entre la fibra y el cinturón, rodeado de barras antivuelco. Con los cascos puestos, sólo cabe esperar el despegue.

Antes, Sainz señala dónde está la radio: "Vamos a llevar delante a Mikael [Ericsson, compañero de equipo del español] para que nos avise de los peligros. Cuando le oigas hablar, me acercas el micrófono para que le conteste".

El tramo, que se disputará el próximo sábado a las 11. 10 horas, tiene 17,9 kilómetros y transcurre por un camino forestal bastante ancho. Como casi todos los tramos del 1.000 Lagos, la pista parece un cortafuegos entre un inmenso bosque, cuya frondosidad sólo es interrumpida a veces por pequeños lagos.

Un tramo muy típico

"Lástima que este tramo no tenga demasiados saltos, pero es típico del 1.000 Lagos. De tierra, ancho, rápido, todo en tercera, cuarta y quinta; hay que aprovechar todo el camino para sacrificar las curvas y ganar segundos", avanza Sainz.El coche empieza a rugir. Este muleto (coche de entrenamiento) va equipado con un motor de 290 caballos -el de carreras tiene 330, y un Golf GTI, 112- y puede alcanzar una velocidad punta de 205 km / h. El sonido es inapreciable con los cascos puestos. Sólo se oye a Sainz cantando. Carlos hace de Sainz y Moya a la vez. "Derecha buena más; izquierda buena se cierra; derecha lenta se abre...".

El coche se desliza con seguridad. La sensación de velocidad es impresionante. A veces se tiene la percepción de ir por fuera de la pista, pero es falso. El coche derrapa continuamente, pero siempre, siempre, a las órdenes de su piloto. Es imposible tener miedo. Sainz controla de tal forma ese monstruo, con tal seguridad, suavidad, frialdad y eficacia que se haría el ridículo si se lanzase un "uuuyyy" o "caray" al aire mientras él demuestra que no pasa nada, pues en ese mismo instante él conduce, canta el trazado, lleva una mano en el puño del cambio, otra en el volante, el pie izquierdo sobre el pedal del freno -sí, sí, el izquierdo sobre el freno- y da gas al máximo. Gritar miedo en esas circunstancias es hacer el ridículo. El capitán, no sólo tiene el barco controlado, sino que se divierte con el copiloto.

Esto tiene truco, claro. Es la magia de Sainz. El coche es atómico; los frenos, prodigiosos; la potencia, insultante; las velocidades, cortas y agresivas; los neumáticos Pirelli parecen tener garras, uñas, pues el coche se agarra a un clavo ardiendo; la suspensión, primordial.

Pero todo está en esas manos de terciopelo y en esos pies de acero. Todo. El cuerpo de Sainz no se mueve. La cabeza ni se inclina. Los ojos no pestañean. Todo lo hacen las manos y los pies. Son 20 dedos prodigiosos. Los de las manos, enfundados en rojo, se deslizan por los laterales del volante, sin excentricidades pero con eficacia, como el que acaricia la cabeza de un niño. Nada de sustos. No hay sitio para el error. Las manos ejecutan a la perfección las órdenes del cerebro, que piensa en milésimas de segundo. Esas manos son rápidas como centellas y tiernas como la piel de un bebé.

¿Y los pies? Brujería. El derecho está siempre sobre el pedal del gas, obligando al motor a ir a un ritmo alto. El cuentarrevoluciones está siempre arriba, no hay zona roja. Las marchas entran con el embrague, pero salen de golpe sin su ayuda. Sainz sólo utiliza el embrague para meterlas, nunca para sacarlas, a no ser que deba reducir en 20 metros de quinta a primera velocidad. Olvidarse del embrague le permite utilizar el pie izquierdo para ir tocando el freno a la velocidad de la luz y encarar el coche, con la ayuda de las manos, a la entrada y salida de cada curva. Todo encantamiento.

Volar bajito

El coche se desliza por el tramo a golpes de freno, con giros instantáneos de manos y continuo movimiento de la palanca del cambio. La mano izquierda está fija en el volante y la derecha viaja, a 1.000 centímetros por segundo, del volante al puño del cambio. Una, dos, diez, cien veces.Esto ya se acaba. Llega el kilómetro 12 del tramo y Ericsson anuncia libertad plena. Sainz me susurra al oído: "Ahora viene el salto". Segunda, tercera, cuarta al máximo, quinta, sexta, despegue. El Celica aprovecha uno de los cientos de cambios de rasante que hay a lo largo de los 528 kilómetros cronometrados del 1.000 Lagos y sale volando cual F-16. 25 metros en el aire y aterrizaje perfecto. Las manos y pies de este hombre han hecho el resto.

Lleva 200 días fuera de casa. Sólo en Finlandia hará 10.000 kilómetros de entrenamiento. Si a la magia se le añade entrenamiento, cabe esperar un milagro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de agosto de 1990