Lo que faltaba
Por si fuera poco, castigados por las alarmas- ininterrumpidas noche tras noche, los garitos de moda, la contaminación y el tráfico, los que vivimos en la plaza de España tenemos una nueva plaga: los predicadores.Desde hace tiempo, domingo sí, domingo no, a las cinco de la tarde, un grupo de jóvenes de una parroquia del barrio del Pilar instala torres de sonido (con permiso, por supuesto) y hacen cánticos de alabanzas y loores al Señor. Y así hasta las ocho.
Respeto muchísimo las convicciones de cada uno, por eso jamás se me ocurriría ir a vocear salvajadas a la puerta de una iglesia o de un colegio confesional, por educación entre otras cosas. Pero ya no puedo más, llevo un mes de exámenes y empieza a ser inhumano. Tienen permiso, los municipales no pueden hacer nada, nadie manda una patrulla verde con un medidor de decibelios, y así estamos. Es posible que si bajara a cortarles los cables de los amplificadores y alegara enajenación mental transitoria (estado cercano al del estudiante en tiempo de exámenes) cualquier psiquiatra justificara mi acto. No lo sé.
No sé por qué tienen permiso, no sé por qué no les ceden un teatro, un estadio o un descampado, no sé por qué no me respetan ni a mí ni a nadie. Cuando intenté dialogar con ellos me aseguraron que Dios me ayudaría a aprobar los exámenes, y yo les pedí que empezaran por ayudarme ellos bajando, simplemente bajando, el volumen de sus altavoces.
Son las siete, están otra vez aquí y tienen licencia para el resto del mes. Dicen que la calle es de todos: sólo aspiro a que respeten mi trocito o, por lo menos, mi casa-
Estudiante de Periodismo.


























































