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Editorial:
Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El único camino

NO ES casual que la voluntad de independencia se plantee en las repúblicas bálticas con mayor fuerza que en otras Zonas, si bien la crisis de la estructura nacional de la Unión Soviética es un problema general, como ha reconocido el propio Gobierno del Kremlin. Letonia, Estonia y Lituania fueron las últimas repúblicas incorporadas a la Unión, en 1940, y mediante un acto particularmente odioso, el protocólo secreto entre Hitler y Stalin. En la primera etapa de la perestroika, esas repúblicas estuvieron en vanguardia de la democratización. Luego, la libertad permitió el auge de los sentimientos nacionalistas, y en las últimas elecciones triunfaron los movimientos que tenían como programa el logro de la independencia.Si bien hay matices entre las repúblicas: el presidente lituano, Landsbergis, ha adoptado el camino más radical al proclamar la independencia de modo unilateral, esperando que los países occidentales reconocerían al nuevo Estado lituano y que ello obligaría a Moscú a aceptar el hecho consumado. Otra expresión de extremismo nacionalista se da en Letonia, con la creación de un Congreso de Ciudadanos elegido sólo por los que eran letones en 1940 y sus hijos, marginando así a cerca de un 40% de la población, que es de otras nacionalidades. Al lado de la simpatía que despierta en Europa la causa de unos pueblos deseosos de independencia, e injustamente tratados por la historia, no se puede ignorar el daño que causan los extremismos de un nacionalismo mistificado.

La reacción cauta de los Gobiernos europeos, y de EE UU, ante el caso lituano se explica por dos razones fundamentales: el deseo de evitar la propagación del nacionalismo, lo que podría crear problemas graves en Europa, en una etapa en la que es preciso establecer un nuevo sistema de seguridad. Y, por otro lado, el deseo de no empujar a Gorbachov a una situación límite, teniendo en cuenta que el Parlamento soviético adoptó recientemente una ley para que puedan separarse de la URSS las repúblicas que lo deseen. Existe, pues, una vía legal para avanzar hacia la independencia. Querer imponerla sin tener en cuenta las relaciones forjadas en 40 años de integración en la URSS -como ha pretendido Landsbergis- no parece razonable.

Gorbachov es atacado no sólo por quienes quieren una reforma más rápida, sino también por elementos conservadores con apoyos militares que le acusan de falta de firmeza ante las repúblicas que aspiran a la independencia. Por condenables que sean las medidas de presión económica aplicadas a Lituania, hay evidencias que no conviene olvidar: si Gorbachov fuese derribado por los conservadores, ¿qué sería de la independencia lituana? y ¿qué de los progresos que ha significado la perestroika? Ante esta realidad, los Gobiernos europeos han adoptado una política enfocada a presionar sobre los lituanos, y sobre el Kremlin, para que se imponga el único camino sensato, el de la negociación y el diálogo. Incluso el presidente Bush, a pesar de la presión de parte del Congreso, se niega a aplicar sanciones a la URSS.

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Hay síntomas de que ese camino del diálogo puede abrirse en un futuro próximo. Landsbergis parece haber reaccionado de modo positivo a la carta de Mitterrand y Kohl en la que se le pide la congelación de la proclamación de independencia para posibilitar las conversaciones con Moscú. Esa carta también ha sido acogida favorablemente en el Kremlin, a pesar de que, obviamente, oficializa el carácter internacional del problema de Lituania. Es probable que los sectores más clarividentes de la dirección gorbachoviana sean conscientes de que la independencia de las repúblicas del Báltico es un paso ineludible, al margen incluso de las nuevas soluciones que se pongan en marcha para dar a lo que es hoy la URSS una estructura más flexible que le permita subsistir. Tal perspectiva es admitida ya por una parte del pueblo ruso. Pero ese camino requiere prudencia y aceptar que la independencia de una república no puede ser un acto unilateral. El papel de Europa es contribuir a que se establezca una negociación entre las partes que posibilite el desarrollo armónico de los países del continente.

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