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Tribuna:

Solana

Consuélate, oh Solana, pensando que otro ha heredado tu condición de pimpampum predilecto de la oposición política y que te has ido al paro, de momento, con la conciencia del deber casi cumplido: el PSOE casi conserva la mayoría absoluta y el boxeo casi ha desaparecido de España. Observarás desde ahora cómo a tu alrededor se pacifican los espíritus; incluso te elogian la sonrisa, en el pasado tan denostada, y hasta añoran tus tiempos de poder como ahora se añoran los tiempos de Pilar Miró. En este país se ama poco y se añora mucho. Aquí se mata mucho para poder añorar mucho.Contempla, oh Solana, con cariño a este muchacho valenciano, que se llama Jordi para desesperación de Álvarez Cascos, empeñado el hombre en que Lluch se llame Emesto y García Candau, Jorge, como Dios manda. Se le darán a García Candau 100 días de tregua, quizá uno más, uno menos; en cualquier caso, la tregua durará hasta las estribaciones de las elecciones de Andalucía, si es que antes no incurre en el error de comprarse media docena de calzoncillos braga en Loewe a cuenta de los Presupuestos Generales del Estado. A ti podrán acusarte de sonreír sin venir a cuento, sobre todo en un país malhumorado, pero no de comprarte la ropa interior o exterior a cargo del patrimonio presupuestario de todos los españoles. Verás como tus virtudes se reconocen si es que estás realmente muerto, en el sentido político, estrictamente político, de la defunción.

Pero si renaces de tus cenizas cual ave fénix, oh Solana, y se te nombra embajador, o consejero delegado de esto o aquello, o experto en sonrisas de las hermanas Koplowitz, volverán a caer sobre ti los dardos de la inquina. Sólo conseguirás el reconocimiento general si te retiras a los aposentos de tu memoria y de vez en cuando sales de contertulio en algún programa de Hermida como I has been perfecto. Entonces se humedecerán los ojos de España y será general el comentario: en el fondo era un caballero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de marzo de 1990