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La República inacabada

En la celebración del bicentenario de la República, Francia se presenta gloriosa e insegura. Celebra un pasado que basó su prestigio en la universalidad de sus aspiraciones, grabadas en la indestructible Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero este legado estaba formado de mitos y el tiempo se ocupó de borrar su fuerza y empuje. El sueño revolucionario de la transformación de la sociedad quedó abandonado, se enterraron las guerras religiosas y el boato de los desfiles no consigue ocultar a una potencia venida a menos. Es cierto que la tristemente famosa inestabilidad institucional francesa ha pasado a ser una leyenda. También la V República, instituida por De Gaulle, ha entrado en la treintena y los colores de Mitterrand, que ondean desde hace ocho años en el Elíseo, han reforzado sus mecanismos y su existencia.La soberanía nacional, la representación política, los derechos del hombre, la bandera tricolor y el lema Libertad, Igualdad, Fraternidad, constituyen el legado intocable del patrimonio de 1789. Pero no ocurre lo mismo con tres de los grandes principios de la organización republicana: la separación de poderes, el respeto al Estado de derecho mediante el control de la constitucionalidad de las leyes y el funcionamiento de un sistema representativo que solucione la inevitable contradicción entre "la necesaria unidad del poder político y la diversidad de la sociedad".

, 16 de julio

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