Tribuna:JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ RUIZTribuna
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Entre dos concilios

El 8 de mayo de este año 1989 se conmemora el decimocuarto centenario de la celebración del famoso III Concilio de Toledo, donde se fraguó la llamada unidad católica de España y, por ende, la unificación del incipiente reino hispano.En esta conmemoración nos vemos, como siempre, expuestos a actitudes maniqueas: ¿se trata de un hecho positivo que influyó, a lo largo de los siglos, en la erección genuina y auténtica de la historia de España? O, por el contrario, ¿se trató del nacimiento de lo que recientemente hemos llamado nacionalcatolicismo, en virtud del cual la represión y coacción de lo religioso, asumido como única ideología unificadora, impediría que el país se desarrollara según todas sus potencialidades?

Cualquier respuesta absoluta, tanto a favor como en contra de ese fenómeno, es, en punto de partida, falsa, pero, sobre todo,falseable en el sentido que a ello le da Karl Popper.

En este caso hay que reconocer que el episcopado católico español, en una nota oficial elaborada en orden a la conmemoración de este centenario, procura evitar los dos extremos.

Para ello parte de un hecho histórico innegable: "Es un burdo error", dicen los obispos, "y una actitud antihistórica querer educar a las nuevas generaciones procurando deliberadamente el olvido o la tergiversación de aquellos hechos que, sin la fe religiosa, no tendrán nunca explicación suficiente".

Sin embargo, sería discutible el optimismo que los obispos demuestran al echar una ojeada de conjunto sobre todo este período: "El balance de estos 14 siglos de unidad en la fe católica -pese a las inevitables deficiencias inherentes a toda obra humana- es evidentemente positivo. Los católicos españoles asumimos nuestra historia en su integridad, incluso los errores y los excesos. Estimamos que en ella son muchas más las luces que las sombras". Quizá si sometiéramos la historia a la implacable acción de un ordenador el resultado no sería

tan halagüeño. Baste citar un detalle: en esos 14 siglos de pretendida unidad católica hay que meter nada menos que siete siglos de pluralismo religioso, con la presencia activa y predominante en gran parte de la Península, de otras dos religiones importantes, como fueron el islam y el judaísmo. ¿O es que nuestros musulmanes y judíos eran menos españoles que nuestros católicos surgidos del III Concilio de Toledo?

Todavía el asunto es más . problemático si recordamos que la eliminación del islam y del judaísmo se hizo por la fuerza bruta, renunciando con ello prácticamente a algo esencial en el cristianismo, como lo reconocen los que hoy celebran jubilosamente la supuesta unidad católica que surgió como por ensalmo en aquella asamblea, en la que difícilmente se podría distinguir a Dios del césar, al reino de Dios del reino de este mundo.

Sin embargo, los obispos, aun ateniéndose al supuesto balance positivo de la estela del Toledano III, "reconocen que en esa sociedad católica no se prestó atención con la intensidad y coherencia que eran exigibles a las obligaciones de índole económico-socíal, especialmente en el ámbito de las estructuras sociales, que, de haber sido cumplidas, quizá se habría podido evitar en gran parte la descristianización de grandes sectores del pueblo en los siglos XIX y XX".

En todo caso, hay que agradecerles a los obispos que, a pesar de su discutible triunfalismo, abran las puertas para un futuro completamente distinto, no soñado previamente: "Nuestro propósito, pues, al recordar con mirada de fe el hecho histórico de la unidad católica fraguada en el III Concilio de Toledo, no es suscitar un sentimiento de nostalgia, sino dar gracias a

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por el don de la unidad en la fe e incitar a las comunidades católicas de los diversos pueblos de España a reflexionar sobre lo que esta fe ha representado en nuestra vida y en nuestra cultura como elementos de nuestra propia identidad histórica a lo largo de 1.400 años".

Como podemos ver por todo esto, debajo de estas afirmaciones subyace un grave problema teológico. Indudablemente, no podemos afirmar que aquella unidad católica se hizo a través de un proceso libre, por el cual los individuos y los colectivos se fueron convenciendo de que el catolicismo era la única verdad. Allí hubo una coacción social y política, a la que nadie se resistió, porque todo el mundo daba por supuesto que había que crear un totum único y unificado por una misma ideología. Y en aquellos momentos la ideología más aceptable era el catolicismo. Pensar lo contrario es una ingenuidad. Con esto no condenamos a Recaredo, ni mucho menos a san Leandro, que exultaba de gozo en su homilía conciliar. Pero sí nos tenemos que plantear seriamente si esa teología subyacente debería ser rectificada o cabría todavía mantenerla vigente.

Dando un salto hasta nuestros días, nos topamos con la sorpresa del Concilio Vaticano II, donde de una manera expresa se aboga por una libertad religiosa, que claramente se opone al presupuesto teológico subyacente en la aceptación de esa unidad católica que históricamente ha jalonado nuestra realidad hispánica a lo largo de estos 14 siglos. Efectivamente, en la declaración Dignitatis humanae se empieza diciendo que la libertad religiosa "consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos socia

les y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos". La declaración reconoce que los hombres "están obligados a adherirse a la verdad conocida y a ordenar su vida según las exigencias de la verdad"; "pero", añade, "los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa". Y para que se vea que el concilio no se saca de la manga una verdad nueva y novedosa, en el número 11 de la declaración hay una abundante cita de textos del Nuevo Testamento, por los que se ve claro que la libertad y el establecimiento de espacios de libertad son esenciales para la adecuada recepción del anuncio evangélico.

Lógicamente, los que exaltan al Concilio III de Toledo, no como un hecho histórico del que de hecho se derivaron algunos o muchos efectos positivos, sino como una afirmación teológica, no pueden menos que chocar con el Concilio Vaticano II. Y así pasa en la realidad. El catedrático de filosofía Rafael Gambra dice expresamente a este respecto: "Ese Concilio (Vaticano II) se declaró a sí mismo como meramente pastoral y no dogmático. Y su doctrina se opone en este punto a la de todos los concilios anteriores (estos sí dogmáticos) y a todas las encíclicas papales. Por otra parte, una declaración es el rango menor entre las disposiciones de que consta el concilio. Cabría interpretarla como una mera directiva circunstancial, táctica de pastoral, que, como toda táctica, ha de probar en la práctica su eficacia y validez. Y al cabo de 25 años, los frutos de la misma son tan patentes y desastrosos que puede aplicársele la norma de juicio que el mismo Cristo nos enseñó: por sus frutos los conoceréis".

Y para mayor autoridad, tenemos la afirmación rotunda de monseñor Guerra Campos, que igualmente rechaza la validez de la declaración conciliar, cuando escribe: "Esa libertad parece evidente a los ojos de todo el mundo en el desarrollo del Concilio Vaticano II. Se recuerda poco o no se sabe que en un punto central del concilio, por complacer a un poder político, se maniobró de tal forma en contra del reglamento que a un número altísimo de padres se les impidió proponer su pensamiento y a todos los demás se nos privó de la oportunidad de conocerlo y emitir un juicio conciliar sobre él".

Como vemos, en la apreciación teológica de ambos concilios hay un antagonismo irreductible. Yo sé que muchos, como yo, optan decididamente por el Concilio Vaticano II. Primero, porque era un concilio ecuménico, mientras que el Toledano III no pasaba de ser un sínodo regional.

Segundo, porque la motivación del Vaticano II era estrictamente religiosa y evangélica, sin ninguna de esas intromisiones políticas que sueña Guerra Campos. Y tercero, porque el Vaticano II se apoya, como último punto de referencia, nada menos que en una abundantísima mies de textos del Nuevo Testamento.

Sin embargo, los que nos alegrarnos de que se haya superado esa supuesta unidad católica no echamos en el cesto de los papeles todo lo que de positivo trajo ese modelo de cristianisrno, ya que, como dice el refrán, "no hay mal que por bien no venga". En la historia es inútil buscar siempre, en la raíz de lo positivo, la positividad de una paternidad legítima.

Y es que muchas veces, a lo largo de la historia, también los bastardos han dado su óptima contribución al progreso, y a veces han sido mejores que los legítimos.

Sin embargo, puesto a elegir, yo al menos, entre el Toledano III y el Vaticano II, me quedo con este último sin ningún género de duda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 07 de mayo de 1989.

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