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Tribuna:

Abrirse al mundo de la razón

La construcción sin aduanas sociales de una ciudad donde convivan los vecinos y los grupos que defienden intereses colectivos es un reto para dotar a nuestra época de su propia belleza, reflexiona la autora al criticar la intolerancia contra los sectores marginados.Es lamentable y curioso constatar que en las últimas décadas del siglo XX aparezcan en la sociedad española actitudes que se pueden considerar intolerantes en unos casos, inconscientes en otros, pero que siempre implican la ambigüedad y contradicción frente a individuos y grupos que son objeto de discriminación y expulsión de la convivencia cotidiana.

Son muy recientes las manifestaciones vividas en Madrid sobre posturas de presión contra el realojamiento de chabolistas, o la negativa en bloque de todos los vecinos de un municipio contra la instalación en su término municipal de un centro penitenciario, o la oposición a la instalación de centros de atención a drogodependientes.

La Administración local se está convirtiendo en plataforma de resolución de conflictos producidos por ciertos comportamientos de miedo y rechazo convivencial a la hora de dar soluciones integradoras a otros ciudadanos cuya situación social es acuciante.

Transformación vertiginosa

Vivimos en una gran ciudad, que ha ido desarrollando problemas intrínsecos a las grandes concentraciones urbanas. Procesos de crecimiento que han hecho que las apacibles ciudades de principio de siglo sean ciudades que sufren una transformación vertiginosa.

La experiencia nos permite constatar que nuestras ciudades han conocido un gran crecimiento de los equipamientos y servicios públicos al calor de los criterios de los planes generales de urbanismo y el desarrollo de las políticas sociales.

Esto ha permitido que amplios sectores de la población accedan a lo que se ha denominado una parcela del salario social, es decir, la redistribución de la renta por la vía del uso de servicios públicos colectivos.

No obstante, en el marco del proceso de transformación urbana se encuentran realidades que impiden el acceso a los beneficios sociales del wey'are state a un número de personas que cada vez es mayor.

Existe un incremento en la marginalidad, y se detecta por la ausencia de vertebración, información y habilidades sociales. Ésta afecta no sólo a la población excluida del mercado labqral, sino a todos aquellos grupos y personas traspasados por las consecuencias de una profunda crisis de valores que incide en elmodelo familiar, en el patrón de consumo y vida activa, así como en la convivencia social.Confrontación positivaLa intolerancia vivencial que se traduce en conflictos sociales se produce en un momento histórico en el que las fronteras de los países se amplían a favor de la defensa de los derechos civiles, sociales y humanos, inculcándose una tendencia supranacional de ser ciudadanos universales. Nuestro futuro inmediato indica .abrirse al mundo de la razón". ¿Cómo encontrar un consenso sin rompimiento del proceso civil que corresponda a relaciones sociales actuales?Cabría pensar que nos encontramos en un proceso irreversible de confrontación positiva. Las posibles soluciones implican a todos: Administración, administrados, poderes públicos y poderes sociales.No hay que olvidar que los servicios públicos para los ciudadanos tienen una base municipal. Las políticas sociales de ámbito provincial, autonómico o central se apoyan o deberían apoyarse en las estructuras municipales, pues es la administración más próxima al ciudadano en el conocimiento de sus necesidades y demandas.

Por otra parte, la descentralización municipal, que es una realidad en la mayoría de las grandes ciudades españolas, facilita la redistribución de la riqueza y el reequilibrio de los equipamientos urbanos.

Por estas razones, el diálogo y la vertebración de las relaciones sociales entre las instituciones y los ciudadanos tienen el mejor laboratorio de prueba en la vida cotidiana municipal.

En mi opinión, la evolución de esta vida cotidiana conduce a una clara toma de conciencia de que los derechos humanos no pueden ser producto del mero contrato entre instituciones. A la vez se hace presente la necesidad de superar una política social exclusivamente prestadora de servicios para llegar a unos planteamientos participativos. La construcción sin aduanas sociales de una ciudad más integrada y participativa donde tengan lugar -que lo tienen- personas, vecinos, grupos que defienden intereses colectivos, es un reto necesario con el fin de dotar a nuestra época de su propia belleza, imprescindible para poder vivir.

Pilar FernWez Rodriguez es concejala de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de abril de 1989

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