Confidencias, no estridencias
François Truffaut, certero discípulo de Renoir, amaba a sus personajes. Los comprendía y hasta les perdonaba sus debilidades, pero jamás los redimía. Su cine podía tener, y de hecho tenía, la ternura de una madre amamantando a su retoño; sin embargo, él cincelaba a sus bebés desde una condición adulta, desde la plena madurez.Subido en su púlpito, Truffaut tenía el acierto de no soltar sermones, de no dibujar en el aire discursos morales ni retruécanos del corazón. Por ejemplo, en La piel suave, que es uno de sus filmes más penetrantes y descarnados, Truffaut propone el callejón sin salida de una relación sentimental sin apenas subrayar sus estados anómalos.
En realidad, el estado anómalo de la relación es el adulterio. El marido conoce a una azafata durante un vuelo y se enamora locamente de ella. Un accidente pasajero, un desliz pasional, una tuerca mal ajustada que desarticula una máquina ya en crisis. Un tema, como se ve, muy corriente en esto de las pantallas y fuera de las pantallas. De él emergen a menudo dramones como la copa de un pino, desaforados y excesivos. El de Truffaut no. El de Truffaut goza de una sensible y transparente puesta en escena que acerca a los personajes a nuestro regazo para que entablemos con ellos una charla amistosa y honesta y les demos una palmadita en la espalda y nos compadezcamos un poco de sus penas, a las que intuimos desprovistas de antídoto. La piel suave, que es cine y muy buen cine, rompe así su condición de espectáculo y se hace confidencia. Tampoco docudrama, ojo; La piel suave es algo especial.
La piel suave se emite hoy a las 21.10 en Cineclub (TVE-2).


























































