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La crisis de Alianza Popular, en Valencia amenaza con destruir el partido en beneficio de UV

La profunda crisis que atraviesa la organización valenciana de Alianza Popular (AP) amenaza con destruir el partido en beneficio de la derecha regional representada por Unión Valenciana (UV), según afirman en privado dirigentes aliancistas. El reciente ingreso del ex presidente de AP de Valencia, Manuel Giner Miralles, en las filas del partido regionalista y la suspensión de militancia del diputado autonómico Jorge Lamparero y los concejales del Ayuntamiento de Valencia Juan Carlos Gimeno y Francisco Bueno representan los primeros síntomas de la descomposición en la formación conservadora.Un comunicado anónimo, publicado en el mes de julio contra el presidente provincial, Ignacio Gil-Lázaro, fue el detonante de las sanciones, pero el origen último se remonta a los enfrentamientos provocados por los pobres resultados electorales de los aliancistas, cuyas pérdidas beneficiaron las expectativas de UV. Aunque los dirigentes de AP tratan de restar importancia a los conflictos internos, la mayoría de cargos públicos manifiestan que la situación es insostenible.

La crisis aliancista es alentada desde fuera por los responsables de Unión Valenciana, quienes lograron una importante baza política con la incorporación el pasado 7 de septiembre del ex presidente regional de AP y diputado autonómico, Manuel Giner Miralles. Tras unas declaraciones públicas en las que Giner Miralles criticaba los métodos de la dirección de AP, Gil-Lázaro decidió expulsarle del partido.

La consecución de un grupo parlamentario en las Cortes valencianas y de siete concejales en el Ayuntamiento de la capital significó un éxito político para UV en los pasados comicios locales y autonómicos. Este relativo triunfo se debió en gran medida al descalabro de AP, ya que los votos globales de la derecha no aumentaron apenas con relación a 1983. UV superó en votos a los conservadores en la capital y ambas formaciones obtuvieron siete concejales.

Sin embargo, los regionalistas no logran rebasar en su implantación los límites del área metropolitana de la capital y su influencia, es escasa en las provincias de Alicante y Castellón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de septiembre de 1987