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EL TOUR

Delgado ganó en Villard y ya es tercero de la general

Bernard venció de forma tan insultante en el Mont Ventoux que sus enemigos le hicieron pasar factura con carácter inmediato, le atacaron sin piedad para ponerle ante la prueba más dura: o era un superclase o el jersei amarillo le duraría justo 24 horas, como si se tratara de un líder de paja. Roche desencadenó la batalla y Pedro Delgado volvió a hacer gala de una regularidad aplastante; no sólo estuvo ahí, sino que, además, ganó la etapa, después de un definitivo ataque en compañía del irlandés. Delgado es ya tercero en la general y las diferencias entre los favoritos son mínimas.

Hoy alguien saldrá de amarillo en L'Alpe d'Huez y la historia dice que sus posibilidades de llevarlo hasta París son las más altas. Ayer, a pesar de que la etapa tenía su dureza -dos puertos de primera y dos de segunda, entre otros-, el cansancio acarreado por el Mont Ventoux hacía prever calma chicha. Pero no fue así ni lo iba a ser. Roche había anunciado a bombo y platillo: "No hay otro remedio, habrá que atacar y cuanto antes". Mottet no selló sus labios tampoco: "Lo siento por Bernard, pero el Tour está entre Roche, Delgado y yo". Sea como fuere, profecías o no, cuantas amenazas se vertieron se cumplieron y, el de amarillo, Bernard, sufrió el acoso de sus adversarios al primer puerto; tuvo la desgracia de tener un pinchazo que desató mayores furias aún y, al final, perdió su condición de líder. El español Echave tuvo la oportunidad de ser testigo de sus lágrimas, de sus gemidos en medio de un pelotón rezagado, cuando se vio obligado a tirar la toalla.Se rompe la calma

La calma tardó 90 kilómetros en romperse, sin importar que delante marcharan escapados cerca de 20 corredores, entre los que figuraba el español Mújika, que llegaron a tener una ventaja cercana a los siete minutos. Roche rompió el pelotón y forzó a Bernard a su primer esfuerzo serio. Luego, Roche confesaría la razón de sus ataques: "Pensaba que, en una etapa como la de hoy, sólo resistirían quienes no se hubieran entregado a fondo en el Mont Ventoux, y Bemard lo había hecho". Bernard aguantó el primer envite, pero no el segundo.

Porque Roche, en el mismo puerto, volvió a forzar la marcha al notar que Bernard se quedaba sin equipo y no podía tomar suposición en cabeza del grupo. Estaba claro para el irlandés que Delgado le seguiría y que Mottet no estaba tan mal herido y, además, iba bien guamecido por sus compañeros Fignon y Gayant. A Roche le auxiliaba Schepers y a Delgado, Stevenhagen. Bernard se quedó, el pelotón se rompió y quienes se sintieron insultados por la prepotencia del líder arreciaron la macha como si se tratara del último puerto del día. Bernard, además, pinchó, aunque Leclerq le cedió su rueda para que no perdiera más tiempo, pero la diferencia había llegado al minuto. Entonces, fue cuando se libró una batalla sorda, estratégica, intensa pero callada; no había tiempo para llorar de rabia. Ya se desahogaría Bernard mucho más tarde.

Durante cerca de 50 kilómetro, la distancia se mantuvo en tomo al minuto y cuarto; bajaba o subía algún segundo cada cinco kilómetros, mientras subían o bajaban puertos de segunda categoría. Schepers, Fignon, Gayant, Stevenhagen, gastaban todas sus energías para que sus líderes chuparan rueda. Detrás, Bemard había obligado a bajar del primer grupo a Garde e Imboden, y reclutaba auxiliares de urgencia, a Leclerq, a Batier, incluso a Criquielion, que nada pintaba en el asunto. Parra sufría una caída sin consecuencias y se descolgaba, mientras Millar parecía tan agotado que apenas podía echar un cable al líder.

Bernard gastó a todo su equipo y vio que la diferencia se mantuvo inalterable. Pasó, entonces, a sacrificarse él mismo, y tomó la cabeza. "Tira el líder del pelotón", cantaba radio Tour. En el kilómetro 150, la diferencia se decantaba en su contra, 1.46 minutos, a la par que Herrera, adelante, sufría apuros para seguir al grupo en los descensos. En el kilómetro 165, radio Tour comunicaba una mala noticia para el líder. Estaba a 2.38 de los hombres de cabeza. Bernard, entonces, tiró la toalla, dejó su puesto y permitió que le relevasen del mando del grupo.

Adelante, la táctica no era otra que la de ir de prisa y esperar al último puerto, de primera categoría, situada a 15 kilómetros de la meta. Delgado iba acompailado por otros españoles, Fuerte y Lejarreta, pero esperaba que el ataque lo iniciase Herrera.

Recuerdo

En esos momentos, Delgado se alegraba de no haberlo dado todo en el Mont Ventoux, se acordaba del fallo que cometió reprimiendo su ritmo a la vista de que Millar, que había salido tres minutos antes, estaba muy cerca. Delgado se paró porque pensó que debía ir demasiado deprisa si había dado caza a un buen escalador como el escocés, cuando aún quedaba medio monte por subir. Entonces, se paró y se reservó para el final. Esas fuerzas sobrantes le vinieron bien ayer. Dado que Herrera no atacaba, lo hizo él y se llevó a Roche para vestirlo de amarillo.

Era un final justo porque Roche y Delgado son los dos únicos corredores que, en 20 etapas durísimas, no han dado aún muestras de debilidad, no han fallado, aunque Roche fuera un damnificado más por la tormenta. Los dos corredores se pusieron de acuerdo para que Delgado se alzase con el triunfo al haberse asegurado Roche el liderato. El segoviano miró al irlandés. Éste le dijo: "No hay problema". Delgado, por si acaso, en los últimos metros, aprovechó una pequeña cuesta para lanzarse en solitario a la meta; había metido tuerca a su máquina antes que Roche y aprovechó el momento en el que el irlandés hacía el cambio de desarrollo para sprintar. Delgado, así, consiguió su tercera victoria en un Tour, a etapa por año desde 1985. Pero es poca cosa para él. Ahora tiene intereses más altos.

Del resto de españoles, ayer abandonaron Arroyo y Cubino. Intentaron resistir el ritmo, pero fue demasiado para su forma. El primero se mantenía para ganar una etapa, pero no marchaba, como el segundo, desde el principio. Llegaron a su límite.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de julio de 1987

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