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Tribuna:

Periodistas posmodernos

La dudosa perplejidad del título de este artículo viene a cuento de unas precisiones que se me antoja pertinente realizar respecto de la conferencia pronunciada por Juan Luis Cebrián en el Club Siglo XXI el pasado 30 de marzo. No menos pertinente es que estas observaciones se propongan en el propio medio que él dirige por aquella ironía que nos induce a pensar que el espectáculo de la autoexposición cobra un doble sentido cuando se produce en escenarios ya de suyo cargados de sentido propio. Comencemos por aquél.Santiago Carrillo, Nicolás Redondo, Pío Cabanillas, etcétera, en primera fila, observan con disparejo interés las evoluciones de la figura que ocupa la tribuna. Y no está mal que representantes cualificados de una concepción política de la verdad asistan a esta aparente deflagración de su causa. Más atrás, gente varia y mucha señora ociosa se revuelve en los asientos. La presencia de Cebrián en el citado club -después de la amonestación sufrida por su presidente de manos políticamente distantes y aquí contra natura concurrentes: Ana Tutor, Cuevas, Barrionuevo, Fraga- es de por sí positiva y solidaria como él mismo se apresura a proclamar al inicio de su parlamento. Vengamos a este ya delimitado espacio.

Comienza Cebrián, antes de acercarse al término y reconocer su dificultad, por una curiosa declaración: "Toda una imagen del Madrid de la transición, exportada con regular acierto incluso allende los mares, la movida, ancla sus pretensiones en una convicción posmoderna, y hasta el pasotismo de un autor de la sociedad mantiene aspiraciones legítimas a ser considerado como un fenómeno intelectual antes que como una manifestación de la pereza". Sin entrar a vindicar el llamado "derecho a la pereza o al no hacer", esta cita ejemplifica la extraña mezcolanza que se produce habitualmente en la profesión periodística cuando se abordan -desde fuera- temas como el enunciado. En primer lugar, todo puede haber menos una convicción posmoderna, y menos que ésta posmodernos. Puede haber una etapa o tiempo histórico de posmodernidad -tal donde se ha ido produciendo el debate de los especialistas (de M. Duchamp a John Cage, de los Five Architecs a Lyotard, de Charles Jencks al gran simulador Tom Keating, de John Barth a Ihab Hassan)-, pero difícilmente puede haber una esencia de algo que nos permita "ser posmodernos".

No es tanto -o sólo- la crítica "a la noción de progreso y la destrucción de toda posible admiración por las vanguardias intelectuales, políticas u obreras", que dice Cebrián poco después (más bien es la constatación patética de todo esto), sino la imposibilidad expresada para hallar en nosotros una mismidad, un serque nos englobe, puesto que lo que se pone en duda es un concepto de original que nos permita llegar a una supuesta esencia o proceso teológico del devenir. El término posmodernídad sugiere, al decir de Jesús Ibáñez, el fin de una manera de entender la modernidad histórica, pero no el inicio de la propia possmodernidad, puesto que ésta no lo tiene, dado su carácter de reversibilidad.

Es, luego, la manifestación de la pereza más destacada aquella que se produce en ciertos medios que, por no entrar a indagar en los ccnceptos, prefieren la mistificación arbitraria de las cosas para después más fácilmente descalificar el objeto analizado. Así, pasotismo, posmodernidad, pereza, Madrid y movida (sin que pueda yo alcanzar qué entiende Cebrián por esto último: vocablo manipulado como pocos, sin protagonistas teóricos, que como mucho puede significar cierto verdecer de actividades artísticas y posturas recientes con su correlato parasitario, político y periodístico) poco tienen que ver entre sí más que la confusión propagada de quienes les apetece imbricar el consumo de estupefacientes con la película de un director, el diseño de un modisto con la fotografía de un local de moda.

Aun así dirá Cebrián más abajo "al referirse a los comportamientos sociales de la juventud, algunos de cuyas expresiones se han manifestado ruidosamente en las calles, con gritos, modas, vestimenta y apariencia de posmodernidad" o "El contenido lúdico de la posmodernidad les arrebata... No hay forma a veces de descubrir la diferencia entre una charanga de carnaval o un piquete de médicos intemos residentes que protesta en calzoncillos". Opiniones que me recuerdan un famoso reportaje firmado en este mismo periódico con la frivolidad de un título rubeníanotriunfalista del corte de "la posmodernidad entra en Vigo", donde se refleja por igual un señor que se chutaba en la esquina que una sala atiborrada de punks, las obras de un pintor joven o de un músico junto con la vestimenta heteróclita del último mono de la ciudad sin que, presumo, el lector, al fin, pudiera colegir de todo aquel batiburrillo qué clase de nueva epidemia es la que había entrado en Vigo. Aún pienso que hubo suerte de que Jon Manteca, also known as El Cojo, entronizado así en el Herald Tribune, portada del 17 de febrero pasado, no fuera por entoncel conocido, porque estoy seguro que él también hubiera entrado con la posmodernidad en Vigo.

No deseo extenderme más de lo prudente en un artículo de prensa. La crítica del Estado desde una óptica posmoderna que hace Cebrián ("las gentes escapan a la dominación de éste, no mediante la revuelta, sino mediante la inhibición", o las críticas al gigantismo y a la burocratización de éste con unos y con otros) desdeña la cuestión más importante desde esa óptica que es la que se centra en el problema de la legitimación de las acciones y en la diversificación del poder. Es una sosciedad-Estado-instituciones en su conjunto la que veri lea y reparte este poder y la que desde una visión de la disponibilidad posmoderna otorga al propio Cebrián un rango de ministro, y no de los menos importantes, en virtud de la parcela que éste desempeña.

Finaliza Cebrián: "Elevar la posmodernidad a los altares resulta harto peligroso, y esto es lo que quiero terminar diciendo. El ejemplo más a mano que tengo es el de la famosa movida madríleña...". "El caso es que la sabia utilización de los mass media por parte de la movida, y el estupor, muchas veces ignorante, de quienes hacemos los periódicos, ha contribuido a la exaltación injusta de ese fenómeno cultural tan pendiente de la fachada que se ha olvidado de construir la casa. La movida comienza a ser ya un trasto viejo, y el paso del tiempo nos permite analizar lo que está dando de sí: un par de bares y algunos chascarrillos".

Ignoro si esos planos de la casa existen o si tan siquiera deben existir, y sobre la importancia de las fachadas y las construcciones efímeras en el pensamiento posmoderno no puedo añadir nada que no hayan practicado los decoradores soviéticos de la olimpiada moscovita o teorizado, en Esparla, Juan Antonio Ramírez. Tan sólo quiero pensar que la abusiva amalgama de términos que la Prensa utiliza obedece no a una maligna y apriorística intención des calificadora de lo diferente cuanto a esa vieja intención moderna de encontrar de arriba abajo -piramidalmente- una razón suficiente que explique el sentido de todas las cosas. Es la verticalidad el gran trasto viejo, vehículo que frecuentaron por igual en el palacio de invierno y en el complejo monclovita. Mientras, un mientras efilmero y no alternativo, prefiero recurrir al dudoso inundo de las relacio nes horizontales.

José Tono Martínez es director de la revista La Luna.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de abril de 1987