María Francés

La actriz cumplió 100 años el pasado 2 de febrero

"Si me dieran un papel en una película o en una comedia lo aceptaría", asegura la centenaria María Francés. "Tengo buena memoria y una voz que aún no es del todo desagradable", añade, ante la velada desaprobación de su hija Carmen Pradillo, también actriz. Por vitalidad, humor, claridad de ideas y aspecto físico, desde luego podría hacerlo, y aunque le pesen un poco las piernas, nadie se daría cuenta de que ha superado la barrera de los 100. La suya ha sido una carrera teatral que ha durado más de tres cuartos de siglo, aunque ella prefiere contar los años por funciones diarias.

Su casa está llena de flores y telegramas, que enseña con orgullo: Javier Solana, Fernando Méndez Leite, José María Rodero, Fernando Rey, Antonio Bardem, Pepe Martín, Sara Montiel, María Asquerino, Luis Prendes. Todos la felicitan efusivamente por tan redondo cumpleaños, pero ella no atribuye al hecho rango de hazaña: "Hace 10, cumplí los 90 y no pasó nada. Ahora sólo he cumplido mis primeros 100 años" comenta con picardía.Nacida en Tudela y educada en Pamplona por las monjas ursulinas, empezó a pisar las tablas a finales del siglo pasado, cuando tenía 16 años. Debutó como corista de zarzuela en Madrid y posteriormente en Bilbao, pero pronto dejó claro que no iba a conformarse siendo del montón: "Pedía siempre pequeños papeles y me los daban. Hasta que me fui de segunda actriz con Carmen Cobeña, abuela de Jaime de Armiñán".

Más tarde se casó con el segundo apuntador -que luego sería gerente- del teatro Arriaga de Bilbao y tuvo seis hijos. Estuvo, pues, durante un tiempo fuera del circuito, pero pronto volvió a él: "Tenía que defenderme trabajando. Necesitaba ganar dinero para mis hijos". Por aquellos años, los contratos habituales eran para 49 funciones, prorrogables cuando se trataba de grandes ciudades. En las giras por provincias, cada día se ofrecían dos obras diferentes, una en función de tarde y otra por la noche. Las compañías llevaban entre 20 y 30 comedias de repertorio. Pese a la dureza de los tiempos, Francés se considera afortunada, pues nunca le faltaron contratos: "Donde me ofrecían 100 duros allá iba yo", suelta, espontánea y divertida.

El gran salto a América lo realizó allá por los años treinta con la compañía de Santiago Artigas y su mujer, con Josefina Díaz como primera actriz. Año y medio por México, Colombia, Argentina, Perú, Chile y Cuba. Después de la guerra hizo cine: Surcos, de Nieves Conde; Viento del norte, de Momplet... "Pero", aclara, "lo mío ha sido siempre el teatro". Obligada a quedarse con un papel de los cientos interpretados, escoge el de la madre de La enemiga, de Darío Nicodemi, que incorporó con la compañía de Juan Beringola.

Se retiró a los 85 años, tras haber hecho La decente en Madrid. Desde entonces, lleva una vida tranquila y cultiva su gran vicio: tomar café. "Lo bebo a todas horas. Me gusta sentarme en una cafetería y ver pasar a la gente, pero últimamente me resisto a hacerlo porque no tengo ropa moderna", afirma, mientras recompone el lazo que rodea su cuello para salir favorecida en la fotografía. Y añade, coqueta: "El lazo no da la hermosura, pero ayuda".

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS