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Tribuna:

El Papa

Con motivo del acontecimiento, Radio Nacional de España se echó ayer mañana a la calle paria preguntar a las gentes qué pedirían a Pilar Miró.Cada peatón se dirigía en esos momentos a las tareas que suelen hacerse por las mañanas, pero les parecía muy natural que una locutora les retuviera unos momentos para que expresaran públicamente sus deseos. A la locutora también le parecía muy natural lo que estaba haciendo.

Sin demasiada reflexión, el talante de la encuesta evocaba las ocasiones solemnes en que, con motivo de algunos congresos eucarísticos, se izaba a una virgen de prestigio y algún obispo emocionado estimulaba a los fieles para que solicitaran favores. Estas escenas de carácter reverencial han dado siempre una idea muy precisa de a qué punto este mundo es una reunión de desamparados y de qué modo no se puede seguir adelante sin la ayuda de los santos. Experiencias similares se han registrado también en otros momentos de la historia, siempre que la humanidad tuvo la dicha de presentarse ante un emperador para solicitarle ciertas gracias, fueran referidas a hechos de justicia, de enfermedad o ajustes que mejoraran la vida doméstica.

La nueva directora de RTVE. -como todos sus predecesores- se encuentra expuesta a esta clase de esperanzas y súplicas de las gentes. Ella se establece en Prado del Rey y, poseyendo el mando omnímodo del medio de información, formación y entretenimiento más poderoso, los telespectadores tienden a contemplarla como a un tótem. Todo el desproporcionado interés que convoca el mundo de la televisión, la obsesiva verificación de sus virtudes e ignominias, su fastidiosa presencia, viene impulsada por esa implacable visión que al ciudadano le sugiere la idea de que sólo hay un Dios y una sola salvación posible. En medio de la diversidad profana, la televisión es sagrada y una. Fatal, total. En consecuencia, en la calle, pocas cosas se parecen tanto a un cambio en la cúpula de RTVE como la proclamación del Papa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de octubre de 1986