Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

El lejano Oeste

Hará unos 2 7 o 28 años tuve ocasión de conocer Coria y, más pasajeramente, Plasencia. Me quedé, en cambio, con las ganas de visitar Cáceres capital. En diversas ocasiones he cruzado la provincia de Badajoz, pero sólo hasta la pasada primavera, gracias a una invitación de la universidad de Extremadura, las cosas han venido rodadas para poder realizar el deseode hace veintitantos años. Me imagino que la ciudad habrá cambiado mucho durante ese tiempo; los inevitables bloques de pisos de renta limitada, o no tan limitada, por ejemplo. Pero incluso el casco antiguo habrá cambiado y, en este caso, para mejorar; en las obras de restauración no sólo no se ha cometido ningún disparate lo que ya es mucho-, sino que el tino con que ha sido desbrozado el contorno (le toda construcción de relieve me parece ejemplar. Hoy por hoy, y aun sin contar con ningún edificio único, el conjunto tiene algo de único, algo -una sorpresa a la vuelta de casa esquina- que me hace pensar en Roma. Una ciudad en la que a nadie le importaría vivir de no quedar tan lejos -300 kilómetros de Madrid y otro tanto o más de Lisboa-, o de no dar la sensación de quedar lejos. Una sensación, por otra parte, que, sin duda, ha. contribuido grandemente a preservairla tan intacta.El carácter ilusorio de esa lejanía -Cáceresno dista de Madrid más que Zaragoza o Sevilla- se coniprueba mejor al cruzar esa línea vertical que, desde el Cantábrico hasta el Estecho, divide, a España en dos mitades. Al Este, la España urbana y agrícola, donde habita la gran mayoría de los españoles. Al Oeste, la España ganadera, además de agrícola, muy débilmente poblada y apenas. conocida por los españoles del Este, a diferencia de los del Oeste, que conocen perfectamente el Este. Yo crucé esa línea en tren, el medio de transporte más idóneo para advertir el paulatino cambio de paisaje, según el grano y las vides de Madrid y Toledo ceden terreno a las cercas de piedra que compartimentan los pastos, a las encinas, al ganado vacuno, a las ovejas. Había llovido y los rayos del sol asomado en un cielo todavía revuelto daban al exterior un aspecto genuinamente escocés. La semejanza con Texas no empieza hasta más adelante. Me dirigí al bar siguiendo las indicaciones de algún que otro cartel: estaba cerrado. El revisor captó de inmediato el problema: me dolía la cabeza y quería tomar una aspirina con u café o lo que fuera. No se preocupe, dijo: llevamos unos minutos de adelanto y, en la próxima parada, se baja usted y se toma la aspirina en el bar, sin prisas, que yo le espero. Expliqué la solución a una de esas estudiantes norteamericanas que se duermen no bien llegan al tren y que ahora también andaba preguntando por el bar. El plan del revisor funcionó a la perfección; de nuevo en el tren, charlamos brevemente acerca de las tierras que estábamos atravesando. Aparte del ganado, desde la ventanilla divisé gran cantidad de expulgabueyes, buitres, cuervos, águilas, perdices y hasta una liebre.

Un rato antes, el tren había parado en Navalmoral de la Mata, mi primer recuerdo relacionado con Extremadura. Hacia 195 1, mi padre se había visto embarcado en un negocio con sede en Navalmoral de la Mata. En el banco -tal vez el más importante de España, cosa que para mi padre era una garantía le había sido presentado y encarecidamente recomendado un emprendedor empresario dispuesto, al parecer, a explotar uno de sus inventos, relativo a la fabricación de piensos. Había que aportar capital, y mi padre lo aportó, al igual que otros amigos de la familia y clientes del banco; en nuestro caso, la aportación supuso la venta de una casa de pisos cuyo valor no sé con qué número inicial de nueve cifras habría que escribirlo hoy día. Luego resultó que el capital aportado se había ido en gastos de representación, ya que ni las reses sacrificadas en aquella es pecie de fábrica de embutidos en que había terminado el proyecto inicial de fábrica de piensos habían sido pagadas a sus propietarios. Le tocó a mi hermano Juan, que por aquel entonces estudiaba Derecho, acompañar a los otros socios, en nombre de la familia, a una reunión con los ganaderos acreedores de Navalmoral de la Mata, en un intento de explciarles que los catalanes, como ellos decían, debían ser divididos básicamente en dos grupos: el estafador y sus secuaces, y ellos, los demás socios y principales estafados. A todas esas, mi hermano José Agustín había terminado las prácticas de alférez y, asesorado por nuestro primo notario, tomó el asunto en sus manos o, mejor dicho, lo puso en manos del penalista más indicado. Yo sólo viví el lado amable del asunto, el verano anterior a la crisis, desde Ávila, ya que en Navalmoral hacía demasiado calor.

Fue un verano muy distinto a los habituales, tanto por el lugar como por las amistades. Recuerdo a una chica llamada Sonsoles y a dos hermanas a las que todo el: mundo llamaba las Torcuatas, familiares, creo yo, de Torcuato Luca de Tena. Observé que si pregutnaba a mi padre por Navalmoral de la Mata sus palabras de rutina no podían disimular un rictus aprensivo y premonitorio en las comisuras de la boca.

Mi primer contacto directo con Extremadura tuvo lugar seis o siete años más tarde, con ese viaje a Coria que he mencionado antes; un viaje en el coche de mi hermano José Agustín y en compañía del que iba a ser nuestro anfitrión, Rafael Sánchez Ferlosio. Un viaje a la cultura del sombrero. La aparente soledad de un paisaje dedicado a la ganadería, así como el exotismo de los cultivos de las vegas -pimentón, algodón, tabaco, etcétera- me impresionaron vivamente. Ferlosio no tardó en advertir mi interés por esas cosas, y a partir de unas obras en curso destinadas a nuevos regadíos, hablamos frecuentemente de este tipo de cuestiories. Me habló, por ejemplo, de un plan o proyecto de aprovechamiento de las marismas del Guadalquivir conforme al cual, entre producción agrícola e industrias derivadas, en las actuales tierras de Doña Ana hubieran tenido vida seis millones de personas, algo sin parangón en Europa. Según otro proyecto, el Matto Grosso, bien aprovechado, podría permitir el asentamiento de 60 millones de personas. Ambos planes me fascinaron tanto como a él, pero hay que decir en nuestro descargo que por aquel entonces nadie sabía una palabra de ecología. No sé cómo están las cosas en la actualdiad, pero, en definitiva, hasta hace bien poco, el Icona era el primero en recomendar la plantación de árboles tan esterilizadores como el eucalipto y tan incendiarios como el pino.

¿Es una muestra de atraso comer filetes de lagarto? Es un hábito, al igual que comer ancas de rana o caracoles. Y, por desgracia para el lagarto, su carne es tan suculenta como la de las no menos simpáticas ranas. No obstante, la impresión de atraso que tradicionalmente ha despertado Extremadura en el viajero se ha visto confirmada por la necesidad de emigrar de muchos de sus habitantes, familiarizados hoy con Alemania o Madrid o Bilbao, como sus antepasados con las Indias. Sólo en los últimos años, tal vez por comparación, ha ido calando la evidencia del enorme potencial agrícola y ganadero de aquella tierra, que permite los cultivos intensivos más extensos de Europa. La rentabilidad de la agricultura y de la ganadería, así explotadas por una sociedad anónima como en régimen de cooperativa, exige una muy limitada mano de obra, pero la riqueza que genera repercute en el desarrollo de las actividades más diversas. Y eso no es un hecho precisamente nuevo. No deja de ser curioso, a este respecto, que al viajero de antaño se le escapara el verdadero significado de las ruinas romanas que se extendían ante sus ojos, sin duda los vestigios más importantes de su presencia en la península Ibérica. ¿Preferencia casual o caprichosa? En absoluto. Los romanos han demostrado más que de sobras no sólo que sabían perfectamente lo que se hacían, sino también dónde lo hacían.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de agosto de 1986