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Tribuna:

El comienzo de la guerra: de Berlín a Valladolid

ANTONIO TOVAREl texto que sigue está formado por extractos de un artículo encargado por este periódico a Antonio Tovar para un serial de fascículos sobre la guerra civil española que comenzará a ser publicado por EL PAIS a partir de febrero próximo y cuya dirección fue encomendada al historiador norteamericano Edward Malefakis. En el artículo, el autor explicaba su conversión a la Falange estando en Berlín, en la primavera de 1936. En la triste hora de la desaparición del ilustre profesor y escritor, hemos querido adelantar el recuerdo de este importante pasaje de su biografía tal como lo evocaba el propio protagonista.

En mi época de estudiante yo llevaba un diario, que me acuerdo cerré en Berlín, a los pocos días de empezar la guerra civil. Muchos años conservé aquellos cuadernos. Los he buscado ahora en vano para utilizar algún recuerdo de entonces, pero no he podido hallarlos.Mis recuerdos de julio de 1936 se vuelven precisos, para unos días atroces e inolvidables, el día 17. Era sábado. El semestre en la universidad, que yo había seguido como becario de la junta para ampliación de estudios, terminaba por aquellos días, quizá había terminado ya. Y ese día, en Berlín veraniego y bastante caluroso, me había comprometido con mi amigo Ismael Roso de Luna a visitar un campamento de la Hitler-Jugend en Francfort del Oder. ( ... ).

( ... ) Cuando por la tarde, a primera hora, emprendimos el regreso a Berlín, el autobús se detuvo en Francfort. En una plaza de aquella ciudad pendía en un quiosco una fila de las últimas ediciones de periódicos (en aquella época, en que la radio no era tan importante, se hacían en Berlín ediciones de periódicos cada hora o cada dos). Más o menos en todos decían lo mismo los grandes titulares en letra gótica: "España, cortada del mundo. Se subleva el ejército de Marruecos". ( ... ).

( ... ) Recuerdo los días angustiosos que siguieron para mí en la Hegelhaus. Roso de Luna y algunos españoles más decidieron aprovechar una última oportunidad y dejaron Berlín para regresar a España. Me quedé aislado, y entonces tuve noticias de que en un café de la avenida Kurfurstendamm, alrededor de Eugenio Montes, que era entonces corresponsal de Abc, se reunían españoles, y allí se recibían noticias. Comencé a ser un asiduo de aquel café. Montes, que siempre fue hombre de temperamento liberal, presidía aquella asamblea.

Mi situación en cuanto a dinero era mala. En mayo de aquel año el Gobierno de Hitler había roto las relaciones económicas con Madrid, porque, contra la Olimpiada de Berlín, montada con tanta orquesta de propaganda por Hitler, se iba a organizar una Olimpiada popular en Barcelona. Largos meses no me llegó ningún envío, y al fin, ya comenzada la guerra, recibí de Madrid la pensión de mayo y junio. Gracias a la cual pude comprar los billetes para el viaje de regreso y contribuir también para el de X. Nos decidimos entonces, un grupo de 12 o 14, entre los que estaba Almagro, a organizar el viaje con nuestros recursos, y en los últimos días de agosto tomamos el tren para Hamburgo y allí embarcamos en un buque turístico que hacía un crucero por el Atlántico y que nos dejaría en Lisboa.

En la primavera de 1936, después de un viaje a Madrid en época de agitación y huelgas que impedían la vida normal y no permitieron que yo leyera mi tesis doctoral en la facultad de Madrid, llegué a Alemania. La hábil propaganda de Hitler sabía presentar como obra taumatúrgica el desarrollo industrial de Alemania, que en realidad no era cosa de aquellos pocos años desde 1933, sino que venía de muchos decenios. El contraste con España, o con Francia misma, mostraba el evidente adelanto de Alemania, que nos era presentada como sacada del caos por aquel político genial. Si se suma a esto el sentimentalismo irracional, que mueve una guerra, y una guerra civil, se puede comprender que un joven de 25 años, desengañado de bienios y de frentes populares, opuesto a la política confesional de nuestros cedistas, tan reaccionarios, y buen conocedor de la derecha tradicionalista y monárquica de entonces, optara por lo que parecía una solución nueva. ( ... ).

( ... ) Volvía a España vestido con una camisa azul y con un correaje que nos habían dado los nazis, fabricados con los sólidos materiales que ellos usaban. Ya entonces se me ocurría preguntarme cómo podía yo haber cambiado tanto. Partidario de la República, espectador de los bandazos de la política de aquellos años, había vivido desde Madrid, durante el curso 1934-1935, la revolución de Barcelona y Asturias, y la represión consiguiente. El curso 1935-1936 lo había pasado en París hasta marzo, y allí había presenciado la polarización fascista-comunista en la Cité Universitaire, en un momento en que los regímenes parlamentarios y democráticos se batían en retirada ante la agresividad de los otros. Los mismos teóricos de la democracia liberalvacilaban, y todo lo que fuera transigencia, mesura, equilibrio y convivencia parecía definitivamente pasado de moda. ( ... ).

( ... ) Mi afiliación, no escrita, por supuesto, a la Falange en Berlín me obligaba a presentarme, y acudí a mi amigo de la época de estudiante José Villanueva de la Rosa, uno de los jefes de la Falange, que tenía a su cargo la Prensa y propaganda. ( ... )

( ... ) Por de pronto quedé a las órdenes de mi amigo Villanueva, y escribía breves artículos para lo que él llamaba circuito, de publicación obligatoria en los diarios de la región. Villanueva había hecho editar, con grandes tiradas, los discursos de José Antonio Primo de Rivera en un folleto. En aquellos discursos (el fundacional de 1933, el de noviembre de 1935, el de después de las elecciones de 1936) se presentaba una forma de fascismo menos rigurosa, más literaria y más crítica de las derechas que la de la realidad. Cierto que estaba allí la dialéctica de los puños y las pistolas, pero a veces asomaba un sincero deseo de comprender los afanes de revolución de los desposeídos, aunque no se daba del marxismo más que una visión superficial. Convertí aquel folleto en mi libro de lectura y de él saqué, a la vez que confirmaba mi irresignación a todo lo que eran derechas, la renuncia a lo que habían sido mis ideas casi desde la infancia. Ahora, al lector, como a mí, le parecerá bastante superficial aquella especie de síntesis incompleta, y en el fondo acomodaticia. El tiempo y la realidad me librarían al fin de ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de diciembre de 1985