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Tribuna:LECTURAS DE VERANO

Fetichismo en Nueva Inglaterra

Un reciente viaje por Nueva Inglaterra ha provocado en el escritor total e irremediable que es Fernando Savater esta especie de reflexión, que se sitúa, como gran parte de su producción, entre el análisis y el relato puro. Con más de 20 libros en su haber, y a pesar de su juventud, Savater es filósofo -La filosofía tachada, Panfleto contra el todo, La tarea del héroe, Introducción a la ética-, autor teatral -Viaje a Sinapia-, articulista excepcional, crítico creador -Criaturas del aire- y novelista, como lo ha demostrado en Caronte aguarda, Diario de Job y la reciente El dialecto de la vida. En este viaje, colocado bajo la doble sombra de Hermann Melville y Edgar Allan Poe, el autor reflexiona sobre sus amores culturales y literarios, sobre sus nostalgias estéticas y sobre lo que denomina como sus fetiches.

No me avergüenza ser fetichista me avergonzaría avergonzarme de ello. Vivo escandalosamente cercado por los idolillos de mis pasiones, por las huellas de mis caprichos, por la conmemoración en estampa, brizna o sello de llagas jubilosas sin las que no sabría ser Para los fetichistas cada viaje es una peregrinación y cada día un aniversario; las ciudades están distribuidas en lugares sacros de exultación y zonas en las que ya no se puede penetrar sin grave riesgo del alma; los meses renuevan la ocasión de citas gloriosas y de in faustas efemérides. Al tener el primer calendario de un año en la mano, empiezo por averiguar en qué día del mes cae cierto miérco les de junio; por otra parte, hay un puente en Madrid que me está vedado cruzar sin desgarramiento. Ciertas músicas y ciertos alimentos, no digamos ya ciertas bebidas, son requeridas en sus debidos momentos con perentoriedad propiciatoría. Sí no tuviera una pipa vacía con laque juguetear mientras intento escribir, sería incapaz de pergeñar estas líneas. El fetichismo convierte la exterioridad objetiva en proyección significativa de la intimidad y del deseo. Es inútil reprocharle la manía de aferrarse sentimentalmente a algo más o menos irrelevante en lugar de prestar atención a lo real, pues lo real mismo tampoco es relevante salvo como fetiche. Todo está en lugar de algo perdido o aún no llegado, el propio mundo y el corazón que se le enfrenta son a fin de cuentas fetiches que invocan algún imposible desconocido.No me atrae viajar a un sitio sobre el que no he leído nada, En cambio, aprovechar cualquier travesía para repasar los libros adecuados al paisaje visitado es para mí el sentido mismo de un feliz viaje. Por fortuna, Nueva Inglaterra es una tierra eminentemente literaria: en ella y sobre ella se ha escrito mucho. Así, mientras gocé de la fraternal hospitalidad de la Spanish School de Middlebury, en Vermont, tuve la mejor ocasión de releer a Robert Frost y, sobre todo, los admirables ensayos de Emerson, acompañados de aquel estudio person alísimo y pintoresco de don José Ingenieros titulado sugestivamente Hacia una moral sin dogmas. Desde la granja de Frost, cerca de Breadloaf, imaginé los oros y púrpuras oscuros del célebre otoño de Vermont -poco más largo y, sin duda, no menos hermoso que el florecer de los almendros en algún lugar exquisito próximo a Kyoto- Cabrera Infante me había contado que Hitchckock retrasó un año el rodaje de su ¿Quién mató a Harry?, para contar con la belleza singular del otoño vermontino, pero tuvo la mala suerte de que la estación fue muy lluviosa y la hoja, delicada decoración, cayó demasiado pronto. The trouble with Harry terminó siendo The trouble with fall at Vermont; finalmente, el irreductible Hitch acabó pegando hojas caídas en las ramas para asegurar el rodaje de ciertas escenas. Como ya sabíamos, nada es más natural que no confiar en la naturaleza.

DE 'TIBURÓN'A 'MOBY DICK'

Por mi parte, en cambio, jugué sobre seguro cuando decidí hacer un viaje de fin de semana a Nantucket. La satisfacción estaba garantizada, en primer lugar, por el propio medio de transporte que hace el recorrido Burlington-Boston-Nantucket (de vez en cuando con cierta deliciosa imprevisibilidad, tiene escala en Martha's Vineyard, en cuyas playas se rodó la película Tiburón): se trata de una avioneta de seis u ocho plazas que convierte cualquier desplazamiento en una gesta digna del Spirit of St. Louis. Soy de los que piensan que volar es algo siempre más hermoso que el sitio mismo al que el vuelo lleva, pero en este caso la circunstancia era verdaderamente excepcional. Los suaves verdes y azules índigos de Cape Cod (aquel Cape Cod cantado inolvidamente por Santayana en su mejor poema What will become of man?) se deslizaban bajo nuestra pequeña aeronave con mágico y libre esplendor.

Y luego la baza se fuerza con la misma Nantucket, uno de los nombres más aureolados de mi mitología privada. Para declarar su nombradía basta una frase: de esa pequeña isla partió el Pequod en busca de Moby Dick. Hace más de 20 años dediqué el que fue mi primer ensayo a esa cacería metafísica: a veces pienso que nunca he escrito sobre otro tema. Por cierto, que el capitán Ahab debe ser considerado el santo patrono de todos los fetichistas, pues él fue quien, cuando Starbuck le reprochaba como blasfemo volcar el odio contra una bestia irracional, repuso que todo es máscara y que el hombre, cuando quiere golpear, debe hacerlo a través de la máscara. El fetichista es quien sabe que el mundo jamás podrá ser plenamente desenmascarado y acepta pelear y gozar a través de las máscaras. Puede parecer absurdo que el nombre y la simple existencia de un lugar signifiquen tanto para uno antes de haber estado allí, pero me redimió aprender -en el curioso museo ballenero de la cudad, primer hito de mi peregrinaje- que tampoco Hermann Melville había estado en Nantucket cuando lededicó su célebre página de Moby Dick. no la visitó hasta años después y, como yo mismo, en peregrinación a causa de su propia obra.

Por lo demás, Nantucket es hoy un refinado balneario para los happy few de Nueva York y Boston. Sus casitas de. madera y sus muelles siguen conservando un encanto decimonónico, pero Ismahel se las hubiera visto y deseado para pagar la pensión en la que vivió su extraña y casi tierna aventura nocturna con Queequeg: los precios son absolutamente prohibitivos. Unos cuanto fetiches-souvenirs que compré -todos balleneros- me costaron tanto como fletar un barco... Para que no todo fuese arponazo y tentetieso- paseé hasta el número 21 de Pine St., donde pasó algunos años el entrañable Tennessee Williams, pionero de la recuperación para la bohemia chic del lugar. Alguien con afición a esas cosas quizá se molestara en desmitificar en unas cuantas líneas socio-cínicas el legendario puntal ballenero a partir de su actual comercialización turística: no esperen de mí semejante ingenuidad. En contra de lo que suele promulgarse, no hay mayor candor que el de quien tiene el morbo de rebajar y mostrar el "no es más que" de lugares y cosas bellamente simbólicos. Que todo lo que hay no es más que bien poco lo ve cualquiera que no sea completamente imbécil a la primera ojeada: lo que requiere un poco más de esfuerzo y penetración estética es mostrar o reconocer el "algo más" tras el "no es más que". Estoy seguro de que en los grises crepúsculos de invierno, a quien contemple nostálgicamente el Atlántico desde uno de los muelles de Nantucket no dejará de acercársele una huidiza figura para aconsejarle, en nombre de la salvación de su alma, que no se enrole en el ballenero maldito.

INSPIRACIÓN PRIVILEGIADA

Quizá Boston no sea ya el ombligo del universo, como proclamó en su día el doctor Oliver Wendell Holmes, pero es, desde luego, un centro de inspiración privilegiada para fetichistas. Cuando llego a la ciudad, sin embargo, tengo que atemperar mi fetichismo de acuerdo con mis posibilidades: el Bostonián Hotel, magníficamente «situado y cuyo nombre me suena delíciosamente a Henry James, no entra en mi presupuesto. Como todas las cosas auténticamente sin precio, la manía fetichista resulta a veces un poco demasiado cara. Por lo demás, la figura más idolizada del momento en Nueva Inglaterra no es un bostoniano de pro, sino cierto nativo de Misuri trasplantado a Connecticut: Mark Twain, de quien se celebra la publicación hace 100 años de Las aventuras de Huekleberry Finn (la segunda gran novela americana del pasado siglo, pues la primera, obviamente, es Moby Dick). Con motivo de esta efeméride, el Boston Globe ha enviado a uno de sus reporteros y a un fotógrafo a recorrerse el Misisipí tras las huellas del vagabundo adolescente y su compañero negro, tal como yo recorrí hace unos años con un amigo fotógrafo la Escocia de Stevenson, para conmemorar el centenario de La isla del tesoro, con un reportaje para este periódico.

Como todo humorista que es algo más que gracioso, Mark Twain fue uno de los más atroces pesimistas que pueda imaginarse: "No entiendo por qué Dios, en un momento de ocio y necedad, inventó esta bastarda raza humana, y por qué, después de inventaria, decidió hacer de cada uno de sus individuos un nido de repugnantes e innecesarias enfermedades, un tonel de desperdicios pútridos". O también: "Todos dicen: qué desgracia tener que morir; extraña queja en boca de quienes han tenido que vivir". Como abominaba con toda lógica y sensatez de la condición natural humana, se veía obligado a depositar cierta confianza sui generis en la educación: "El entrenamiento lo es todo", escribe uno de sus portavoces literarios, Wilson el chiflado. "El melocotón fue una vez una almendra amarga; la coliflor no es más que un repollo con educación universitaria". A partir de este escéptico interés por las cuestiones docentes redactó algunos consejos para los jóvenes cuyo tono recuerda irresistiblemente los mejores momentos de Groucho Marx: "Irse a la cama pronto y levantarse temprano es cosa sabia. Algunas autoridades dicen que hay que levantarse con el sol, otras que hay que levantarse con esto, y otras con lo de más allá. Pero una alondra es en realidad la mejor cosa con la que levantarse. Se consigue una espléndida reputación cuando todo el mundo sabe que se ha levantado uno con la alondra; y si se consigue la clase adecuada de alondra y se la trabaja bien, uno puede fácilmente entrenarla para que se levante a las nueve y media todos los días, en lo cual no hay truco ninguno". No sé si los jóvenes leen hoy a Mark Twain, pero estoy seguro de que los adultos que parecen menos cretinos lo son por no haberle olvidado del todo.

Uno de los recorridos obligados que las guías turísticas aconsejan hacer al visitante de Boston es la llamada freedom trail, trayecto señalado con una línea roja por el pavimento de la ciudad que une -a lo largo de unas tres millas- los principales monumentos históricos. Como turista, soy de una docilidad absoluta; jamás me dejo engañar por ese tipo de chocantes expertos que se empeñan en desaconsejarle a uno la visita a la Gioconda o a La Pietà, de Miguel Ángel, para recomendar en su lugar alguna maravilla de extrarradio que sólo ellos conocen. En este campo, los tópicos y las convenciones suelen ser criterios mucho mejores que el afán individual de sentar cátedra. De modo que me recorro como está mandado la freedom trail y acumulo detalles sobre el lugar natal de Benjamín Franklin, la cabalgada del patriota Paul Revere que celebra un poema de Longfellow, la calle en que ocurrió la llamada "matanza de Boston" considerada, junto al célebre episodio del Tea Party, como origen de la revolución independentista americana, etcétera... En la Old North Church, una placa atestigua así: "Aquí, el 13 de septiembre de 1757, John Childs, que había dado pública noticia de su intención de volar desde el tejado de la iglesia del doctor Cutler, lo consiguió a satisfacción de gran número de espectadores". Vaya, se echan de menos los detalles.

Como en Estados Unidos la historia es tan corta, uno contempla mejor el nacimiento de la mitología nacional, la necesidad de prestigiarse un pasado, común a todos los pueblos, pero en Europa algo disimulada ya por él paso de los siglos. En una de las últimas etapas del recorrido asisto a la reconstrucción en un diorama estereofónico y pasablemente chovinista de la batalla de Bunker Hill entre los patriotas del coronel Prescott y los granaderos reales ingleses. Mientras escucho disparos y ayes de dolor reproducidos de modo muy realista, no puedo dejar de pensar que en todo país que lucha por independizarse están los gérmenes del opresor imperial en que a poco que pueda se convertirá después. El patriotismo es desde luego otro fetichismo, pero me resulta el más obtuso y manipulable de todos. En su último y con frecuencia soberbio libro Los conjurados, Borges dedica un poema en prosa a un argentino y un inglés muertos en la estúpida invasión de las Malvinas; empieza así: "Les tocó en suerte una época extraña. El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras". En la freedom trail, entre tantos recuerdos de hazañas estatales, echo de menos alguna referencia a aquel solitario, embrujado y vacilante "caballero de Boston" (como le denominó John Dickson Carr en el título de un cuento estupendo que le tiene por protagonista) llamado Edgar Allan Poe. Pero es que la libertad que auspició, este poeta no tiene más patria que el sueño y el miedo, que son comunes a todos los hombres...

LA HUELLA FRANCESA

Una vez cruzado "ese río llamado Carlos", como escribió en cierto poema Dámaso Alonso, me encuentro, en la cooperativa de la Harvard University, con todo un inabarcable emporio de fetiches. Camisetas, jerseis, gorras, corbatas, vasos, ceniceros, todo lleva el emblema y los colores de ese prestigioso centro docente del que uno de sus profesores más ilustres, Georges Santayana, guardé por cierto una tan mediocre impresión después de varias décadas de permanencia. Llevado por tina idiolatría más privada, exploró la sección de libros, con especial atención a los de ensayo y pensamiento. Tropiezo allí con el gran fetiche actual, recién importado, de Europa, de la filosofía académica americana (si es que tal endriago realmente existe): la deconstrucción. Todo el ensayismo yanqui está desconstruyéndose a ojos vistas y encuentro volúmenes de no desdeñable calibre muy seriamente titulados Wittgenstein y la deconstrucción, Sartre y la deconstrucción o incluso Marxism and deconstruction: a critical articulation. Después de la Dialéctica vino la Estructura y ahora le toca a la Deconstrucción en la lista de confusas deidades que sirven a la vez de trinchera, parapeto y pasatiempo ¡a quienes tienen la dolorosa obligación de mostrar con la debida scholarship lo que se supone que otros pensaron. Es curioso, sin embargo, que lo de la deconstrucción haya pegado menos en la cada vez más deconstruida Europa que en América, tradicionalmente escéptica ante los mediterráneos teóricos profetizados desde París en rápida sucesión. ¡Un par de estancias de Jacques Derrida en Berleley y se lo han tragado con anzuelo y todo! Si ya no va a poder confiarse ni en el receloso sentido común de los anglosajones, no sé qué va a quedar de sólido en este mundo.

Por mi parte sigo fiel a divinidades casi desafectadas y compro el Adorno, de Martin Jay, autor de una muy útil biografía intelectual de la escuela de Frankfort traducida al castellano con el título de La imaginación dialéctica. Por más que se relea a Adorno, nunca deja de ser evidente su inmensa penetración y su devastadora cultura, aunque tantas veces parezca girar en el vacío o empeñarse con arbitrariedad en enconos equivocados. ¡Cómo no echarle de menos cuando oye uno hablar de esas pamema de la cultura popular, étnicamente enraizada, etcétera...! ¿Qué habría dicho él, que hasta desconfiaba de Janacek y Bartok por pretender ser en ocasiones demasiado raciales? Hablando de "lo alemán" (traduzcamos: lo español, lo vasco, lo catalán...) afirmó: "Lo verdadero y lo mejor en todo pueblo es más bien lo que no se ajusta al sujeto colectivo, y que, llegado el caso, se le opone". Por supuesto, no tuvo complacencias con la palabra fetichismo en ninguna de sus acepciones. Contra el surrealismo dijo, entre otras cosas, que "intenta retrotraernos a la infancia por el fetichismo y no por la inmersión en nosotros mismos". Pues bien, no por ello se libró en su día ni se libra ahora del peso igualador de la moda intelectual. Ya en la introducción de su nada desdeñable ensayo, Martin Jay reverencia a los manes del día y le convierte nada menos que en precursor del deconstruccionismo. Bueno, pues si hay que deconstruirse, que sea siempre del lado de Adorno y no desde la cada vez menos limpia acera de enfrente... en la cual, inevitablemente, también tenemos algunos maestros y algunos amores.

LA MODA MADONNA

Serán necesarios todavía más ejemplos de fetichismo en Harvard? Podríamos aportar cuantos hicieran falta, pero bastará con mencionar dos modas de rigurosa actualidad y juvenil aceptación. La primera de ellas es el fenómeno Madonna. Además de la regocijante explicitud sexual del personaje, lo que más fija la atención en ella es toda la parafernalia clásicamente fetichista de que aparece revestida: encajes, rosarios, ligueros, medias oscuras, altos tacones, maquillajes hiperfemeninos... Madonna parece brotada del manual masturbatorio (¿qué más lógico que los masturbadores tengan su manual?) del perfecto fetichista. Musicalmente no parece destinada a borrar el recuerdo de Janis Joplin, pero cumple su cometido a satisfacción de un público que -en contra de lo que nos enseñaron los discípulos menos avispados de la escuela de Francfort- sabe perfectamente lo que quiere, aunque no tenga la más remota idea de por qué lo quiere. En Harvard Square me crucé con bastante! madonninas calificables de notable alto para arriba y hasta con algún madonnazo sobresaliente. Una de las indudables ventajas de Madonna es lo agradecido de imitar que resulta su peculiar estilo, como supongo que pronto veremos, si no está ya a la vista, en nuestro país.

La segunda moda es el culto en torno a una película francesa, Diva, estrenada hace cinco o seis años y que en España pasó sin pena ni gloria, fugazmente. Los vídeos piratas de esa cinta son actualmente de lo más cotizado entre los jóvenes americanos y sus constantes reposiciones en cines de público en su mayoría universitario son seguidas religiosamente por un coro estupendamente sectario que oye la cinta casi sin respirar, aprobando al pasar con risitas satisfechas o suspiros los momentos más intensos y aplaudiendo con entrega al final de la proyección. Pues bien, Diva no es tan sólo un fetiche en sí misma, en cuanto película, sino que su argumento es la historia de un fetichismo. La trama, que mezcla diversos tópicos de¡ cine negro con personajes antológicos, se centra en torno a un joven cartero míticamente enamorado de una formidable soprano de color, por la que siente algo aún más intenso de lo que sufre Terenci Moix por Montserrat Caballé, o este servidor de ustedes por Frederica von Stade. La soprano en cuestión nunca graba discos y la obsesión del joven cartero es registrar con un magnetófono oculto alguna de sus mejores arias, para escucharla en masturbatoria soledad arropado en uno de los vestidos de la cantante sustraído convenientemente al efecto. El aria elegida, por cierto, corazón musical de la película y parte indudable del arrobo que despierta en las almas sensibles, es un fragmento maravilloso del primer acto de La Wally, de Catalani, del que hay una incomparable grabación -y que me perdone el cartero enamorado- a cargo de María Callas. Yo no había visto en su día Diva en España y asisto por primera vez a su repesca en Harvard: soy testigo del éxtasis gozado por una tribu amable de fanáticos entre los que ya sin más paso a incluirme.

Mi último domingo en Boston y en Nueva Inglaterra. ¡Ah, qué delicia repetir ese nombre, Nueva Inglaterra, ahora que se ha puesto de moda entre los horteras -a santo de no sé qué hecatombe futbolística o de qué agravios industriales- negar la cordialidad civilizada de quienes tan áureamente la representan! Llegarán a hacernos aborrecer el dichoso Mediterráneo... Disfruto de mi brunch en una deliciosa terraza de Faneufl Hall y me concedo el gusto de tomar a las 11 de la mañana un atún a la parrilla preparado con teriyaki, el sabroso adobo japonés tan adecuado con las carnes, pero que colabora perfectamente con la prieta textura de este pescado azul. Para beber pido chapaña, mí variedad preferida de cerveza en tierras de vino poco fiable. Tres copas después, empiezo a sentirme mucho más acorde con lo que me rodea y hasta perdono al universo inhóspito viejos agravios. ¿Deberé a fin de cuentas suscribir el hermoso epitafio que para sí mismo compusiera Robert Frost? I had a lover's quarrel with the world! Tuve una riña de enamorados con el mundo..., ¡si sólo hubiera sido eso! Entonces la camarera, rubia y rauda, entabla conmigo una conversación que -pese a sus amables elogios a mi semiinexistente inglés oral- sospecho más bien embarullada ¿De dónde vengo? Primero menciono Madrid, luego Middlebury, Vermont, después Nantucket... Para ahorrarme sufrimientos lingüísticos o por sincera hospitalidad, zanja ella así la cuestión: "Bueno, a partir de ahora ya es usted un caballero de Boston". A gentleman from Boston! No pido nada más, pues. Gracias, Poe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de agosto de 1985

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  • Como turista, soy de una docilidad absoluta. En este campo los tópicos y las convenciones suelen ser criterios mucho mejores que el afán individual de sentar cátedra.