Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Las volteretas de Hugo

Las dudas del mejor futbolista mexicano de todos los tiempos traen de cabeza a los presidentes del Atlético, Barcelona y Real Madrid

Desde el 11 de julio tendrá 27 años. Lleva cuatro temporadas en el fútbol español, en el fútbol europeo. Llegó como cedido a cambio de 15 millones, y hoy dan por él 300 millones. Es el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos. Hugo Sánchez, el cuarto de seis hermanos, tres de ellos deportistas olímpicos, está casado con Emma Portugal, hija de uno de sus entrenadores. A media tarde, después de los entrenamientos, se pone su bata blanca, agarra el torno y, con la delicadeza de su acento, se transforma en el doctor Sánchez, especialista en prótesis y ortodoncia. Cualquier día de éstos, el doctor volverá a chascar los dedos, dirá "¡Hale hop!" y aparecerá ante el público en calzón corto y con los colores del enemigo. Será una pirueta más del futbolista que así firma cada uno de sus goles.

Bota con una pierna, se enrosca en el aire y cae como un clavado de Acapulco, pero de pie. Saca pecho, todo tieso, y saluda al tendido con las dos manos, como un banderillero en forma. El equipo de enfrente ya tiene encajado, por lo menos, un gol.Desde que llegó a España hace cuatro temporadas, en 1981, juega al fútbol durante nueve meses, y durante tres le pelotean de un club a otro. En los comienzos pasó sus apuros. La amenaza de cambio de club no se debía a sus habilidades, sino a unos halagos no cumplidos. El Atlético dudaba en reexportarlo a su país, México. El club español se pensaba eso de pagar 75 millones. Cuatro años después, hoy mismo, equipos de Italia y España ponen 300 millones sobre la mesa.

MÁS INFORMACIÓN

Esta vez el que decide es él, Hugo, uno de los seis hijos de Sánchez. Por eso se llama Hugo, por la misma razón que sus hermanos se llaman Héctor, Horacio, Hilda, Herlinda y Haidée; por la misma razón que el bebé de Hugo se llama Hugo..., y sus sobrinos, ¿a que no lo saben?, pues Horacio, Hernán y Héctor. Y hoy, ya mayorcitos, los hijos de Sánchez quizá dan gracias a Dios de que el nombre de su padre no empezase por uve doble, que el santoral anda fatal por ese lado. Porque papá Sánchez se llama, claro, Héctor.

Para la afición de Pamplona, Hugo es un provocador; para Arteche, el futbolista es un mexicano que se marchará de España sin saber jugar a los chinos; para Mendoza es su sueño; para Calderón, su salvavidas; para Emína es su marido; para México, su primer futbolista que triunfa en Europa.

De un tiempo a esta parte, este Cáncer sentimental, hogareño, amable y que cultiva una imagen de corrección tiene todos los astros a su favor. Marca goles, está en la flor de la vida deportiva, ha triunfado en el fútbol más duro del mundo, tiene estabilizada su vida sentimental, jamás se lesiona y levanta al público de sus asientos. Es oro pulido; es, como decía su madre cada vez que le veía con la cabeza abierta, "la marabunta".

Hasta los 11 años, la marabunta se estuvo pegando en una calle sin tráfico de la colonia Jardín Valbuena de Ciudad de México. Era el pequeño del grupo, pero el mejor. Sólo había una forma de pararle, a patadas, y entonces sus hermanos mayores Héctor y Horacio tenían que salir a defenderle. A los 27 años le paran por el mismo procedimiento, pero para defenderse se las basta él mismo. Ha aprendido a pegar sin ser visto.

Los tres hermanos siguieron la carrera futbolística del padre. A causa de un menisco, Horacio se acaba de retirar de la portería del Puebla. El padre, Héctor, también se retiró prematuramente porque en sus años mozos con el dinero del fútbol mexicano no se comía.

De su padre aprendió el remate de tijera; de su hermana Herlinda, las volteretas. Pero la marabunta ya se jugaba la vida a los 11 meses andando a gatas por debajo del coche familiar. Luego creció entre una familia casi de circo. De las seis haches, tres son olímpicas. Horacio participó como portero de la selección mexicana en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972; él y Herlinda coincidieron en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976. Hugo, a los 18 años, ya era internacional, y la hija del seleccionador, su novia formal. Hugo siempre fue muy ordenado.

El hombre metódico

Por ejemplo, a Isabel Márquez, su madre, le relucían los ojos cada vez que veía las notas de sus estudios de primaria. Gracias a eso, su padre le llevó de la calle a un club. Y mientras crecía con el Universidad de México, estudiaba Ortodoncia, porque a sus amigos les había oído hablar de dentistas a la edad en que las niñas hablan de enfermeras. Quizá a esa edad también se le ocurrió que a él no le engañaría nadie, que pondría una clínica dental en México, pero que mientras diera volteretas en España su negocio de ropa se lo llevaría su hermana Hilda, una buena jugadora de voleibol.Este hombre ordenado mide desde la cantidad de pasta italiana que puede soportar al número de parientes que pueden visitarle: de espaguetis, una ración cada dos meses; de familiares, cuatro cada 12 meses -dos por parte del futbolista, dos por parte de la esposa, "para que no haya malentendidos"-; carne y pescado, una vez al día; cine, dos veces a la semana. Tentar al marisco y a la fortuna son costumbres que ha adquirido en España. Desde que llegó aquí le da a la lotería y al vino, siempre con comedimiento, como corresponde a un hombre ordenado.

Meses antes de ir a Montreal quedaron concentrados todos los olímpicos mexicanos. El futbolista Hugo se entrenaba por las mañanas, y la gimnasta Herlinda, mañana y tarde. En los ratos libres del futbolista, Herlinda le enseñó a dar volatines, piruetas y saltos mortales. La agilidad de la marabunta le facilitó el aprendizaje, pero hasta pisar el suelo de la madre patria no practicó la voltereta en un campo de fútbol. En estos años ha ido perfeccionando el número, que, en ocasiones, es mas espectacular que sus goles. ¿Por qué extrañarse de que en estas fechas, como cada año, dé saltos mortales de un club a otro?

En los tres años precedentes salió de la pirueta quitándose el polvo y diciendo eso de "aquí no ha pasado nada". Ahora es diferente. Durante dos años hizo méritos, y el dinero era algo secundario. Ahora sabe que es el mejor, dice que gana menos que cuando llegó y que es hora de asegurar el futuro de Huguito mordiendo parte de los centenares de millones de pesetas que vuelan por ahí.

Pero su único defecto físico lo tiene entre los dientes. Para un odontólogo como él tiene que ser muy duro llevar a sus años dos postizos. Son cosas del fútbol. Todo va muy unido en este hombre calculador. Por las tardes, en el Centro Europeo de Ortodoncia se transforma en el doctor Sánchez, especialista en prótesis. Practica un poco bajo manga porque sus estudios no están reconocidos en España. No ha recibido queja alguna de sus compañeros ni de sus novias, esposas y demás familiares. Claro que él arregla las bocas de la familia rojiblanca al precio de novena.

Quizá en el fondo, Hugo Sánchez lamenta no poder instalar su clínica en España, con los precios que ponen los dentistas y las bocas que tienen los españoles, quizá porque tienen terror al sillón de la clínica, que te hace mirar hacia el cielo como si estuvieras en mitad del volatín, y te empiezan a meter hierros por la boca. Casi como en la película Marathon man, aquel nazi que torturaba a Dustin Hoffman con su instrumental odontológico. "Ya me acuerdo, ya, le tocaba el nervio; pero era sin anestesia. Con los adelantos que hay en el mundo ya no se sufre".

Para Hugo Sánchez, máximo goleador en la Liga española, durante unos años su mundo seguirá siendo una bola, una pelota que da vueltas, un volatín hacia adelante y un volatín hacia atrás. El domingo, la Peña Ultrasur te saca los ojos; el lunes, el mismo presidente radical se acerca a pedirte perdón. No se han dado cuenta de que Hugo, pese a tantas vueltas que da el mundo, siempre hace lo mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de mayo de 1985