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Tribuna:

Silbadores, microfonistas y analfabetos

No me cuento entre los escritores que más temblores sienten a la hora de enfrentarse con algunos temas, y no es que no haya para echarse a temblar cuando se publica en España -que es un mosaico de países infernalmente articulados, implosivos, explosivos y qué sé yo qué- sobre casi cualquier tema que uno trate de tocar, desembarazado, en la medida de lo posible, de la ideología dominante, cuyo aspecto más fastidioso es el que se presenta bajo la capa del inconformismo y hasta de la rebelión (claro está que metafísica) por parte de los intelectuales, ya áulicos, ya más que áulicos, ya menos áulicos y hasta posantes de marginados. Hablo de la vida intelectual europea en los últimos 25 años, más o menos, pues mirando hacia más atrás otro gallo intelectual nos canta, y allí encontramos mil admirables amigos -poetas, filósofos, dramaturgos, novelistas revolucionarios y "al servicio de la revolución"- cuya obra nos acompaña siempre.Un poco campanudo se ha puesto uno ahora, cuando en otras ocasiones de apariencia más arriesgada ha caminado con mayor desenvoltura o frescura, casi a cuerpo gentil; pero es que en este caso algo me avisa de que a mí nadie me ha dado vela en este entierro y de que poco menos que a palos lo han de brear a uno cuando irrumpa en lo que seguramente es un cotarro del mayor cuidado. Sin embargo, dado que no leo por parte alguna algo parecido -ni siquiera lejanamente parecido- a lo que pienso sobre este asunto, helo aquí, caiga quien caiga, y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga.

Se trata de la existencia de un mundo de gran envergadura social y, sin duda, económica, que se dice, y sin duda: con serias razones, musical (y también secundariamente literario), y que suele girar en torno a ciertos músicos cantadores, a veces cantadoresautores (cantautores), y que parece que tendría que inscribirse en el bello y complejo registro de la composición musical, el canto y la poesía. Aquí es donde aparece el problema que me trae a mal traer, es un decir, porque, en verdad, son otros los problemas que más gravemente planean sobre nuestro ánimo. Me refiero a que me parece que se está exagerando, cuando del cada vez más ambiguo mundo de la música se trata, en el uso de producciones ersatz, o sea, de sustitutivos de cosas que no son ni carne nipescao, ni chicha ni limoná (no hablaré aquí de otras artes; por ejemplo, de los "escultores de lapicero", que hacen sus esculturas sobre el papel, etcétera).

Porque, efectivamente, por muy amplio que sea el campo de la lírica, no es posible considerar como poemas medianamente aceptables las letras, absolutamente birrias, de una gran parte de estas canciones; y permítaseme incluir aquí a un poeta musical que nos dice, por ejemplo, "que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento"; o a otro que conjuga raramente el verbo amar y te dice, por ejemplo, que "por eso vivimos y amemos". Excepciones como Joan Manuel Serrat o Miguel Ríos no hacen sino confirmarnos en esta apreciación de que no solamente hay unos cantautores analfabetos, sino que en todo el cortejo de la producción de estos discos a nadie le suenan mal estas inepcias. ¿Qué mundo será ése y qué relación tendrá con la cultura? No por ello puedo suscribir como ni siquiera lejanamente aceptables las expresiones de la cursilería más o menos poslorquiana de que está esmaltada toda la llamada canción española. Sin embargo, entre aquellas canciones hay alguna -como Tatuaje- que se salva con mucha dignidad; pero aquí no estamos tratando de excepciones, que también las hay en el indiferenciado mundo -para nada, ¡ay!, variopinto- de los cantautores.

Lo de cantar es otro, y no menos grave, cantar; porque resulta que estos cantadores son, en realidad, grandes devoradores de micrófonos, y da la impresión de que un factor importante para la consideración de una persona como cantante desaparece ante esta nivelación entrópica de la megafonía. La sonorización del medio en que el arte de la voz se produce es muy otra cosa, a la que se ha atendido desde siempre, y de ello se ha tratado una y otra vez cuando han sido estudiadas las "condiciones acústicas" de los espacios construidos para el teatro o elegidos en la naturaleza para este mismo desti-

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no. Yo supongo que todavía es posible distinguir entre un cantante o un cantaor o un cantador y un mero microfonista. La sonorización, ahora electrónica, de los locales plantea las cosas de manera que la figura de un cantante agarrado a un micrófono (una figura verdaderamente lamentable) pueda desaparecer. Mucho han de gozar nuestros oídos y nuestros ojos, y mucho han de destacar los verdaderos cantantes, cantadores y cantaores, si tal cosa sucede.

Por fin, hay el asunto de los silbadores. Es un problema que contiene, en verdad, los términos de una posible discusión, pues se puede defender muy bien la tesis contracultural de que la inspiración musical -en realidad, la expiración musical- se puede producir con muchas excelencias al margen del conocimiento técnico de la música. Esta especie de músicos ruiseñores no es un disparate estético, ni mucho menos; ¡y cuántos son los músicos de conservatorio a los que no se les ocurre melodía alguna que valga la pena (de escucharla)! Pero también es que la música no se puede recostar en la capacidad silbadora de algunos ruiseñores... humanos. Saber leer y escribir música no viene nada mal, aunque sea posible ese circuito que va del silbador a los oyentes, pasando por la colaboración de un técnico capaz de escribir la melodía e instrumentarla.

Recuerdo que hace unos años la Sociedad General de Autores de España trataba de obstaculizar el ingreso de analfabetos (y creo que también de silbadores) en la nómina de los autores mediante un procedimiento que no dejaba de ser gracioso. Se le pedía al neófito que, en la soledad de un pupitre, desarrollara una pequeña escena sobre una situación determinada, o bien, si de un letrista se trataba, allí se las había el buen hombre con el problema de tener que escribir unas seguidillas sobre el tema de los celos o cosas parecidas, como un romancillo de desdén, pongamos por caso. Supongo que quien estrenaba obras como compositor musical era obligado a someterse a los dictados de un pentagrama. El objetivo de estas prácticas -que comenzaron después de mi ingreso en la Sociedad de Autores, el cual data nada menos que de 1946, pues en aquel año, cuando cumplí los 20 de mi edad, estrené mi primera obra en el teatro Beatriz, de Madrid- era impedir el paso a los intrusos analfabetos que, constituidos en empresarios, pasaban corno autores y chupaban vampíricamente de los honestos derechos generados por quienes sí sabían escribir una seguidilla de amor o una escena de celos, ya cómica, ya trágica, ya tragicómica, etcétera. ¿Se siguen celebrando estos exámenes de ingreso en la SGAE? La verdad es que no lo sé.

¿Habríamos desembocado, durante los últimos años, en un dominio en el que el reinado correspondería a los ersatz, a los sustitutivos de la música, del canto, de la poesía? Estoy seguro de que no es así, por lo menos definitivamente; y, en verdad, ni siquiera me preocupan las mistificaciones que ya se hacen y otras que se anuncian a golpe de ordenador. Sin embargo, es verdad que las degradaciones del surrealismo -que fue, seguramente, el movimiento más liberador e importante que se ha producido en la literatura y en el arte de nuestros tiempos- han rebajado la labor poética hasta un nivel perfectamente reproductible por medio de maquinaciones; electrónicas. De todas maneras, está muy bien este trillado del campo del arte y la líteratura, pues de él saldrá cierta claridad: el campo de la poesía y de la música será el de lo no reproductible por estos medios. El cubo de los desperdicios espera, así, a una gran parte de lo que ahora se hace; por ejemplo, en el dominio de lo que suele llamarse prosa narrativa, y que no es sino una forma hiperliteraria de un analfabetismo de fondo: de una ignorancia ideológica que hay que ocultar (y la prosa es una buena cobertura) y dé una falta de imaginación narrativa que también se trata de ocultar en la proliferación de la prosa. La crisis de la novela no es, pues, una mentira más. No se nos ocurren historias, como no se nos ocurren melodías. Es nuestra correspondencia a las formulaciones cuántico-corpusculares en el dominio de la física. ¡Inventar una historia! ¡Saber contarila! Eso algún día volverá de la mano de nuevos proyectos y esperanzas. Para entonces será más fácil, aunque nunca muy fácil, deslindar la actividad propiamente literaria de la grafomanía. Porque hoy por hoy vivimos, efectivamente, bajo un reinado de grafómanos, silbadores, microfónistas y analfabetos. Situación en gran parte diseñada, seguramente, en los laboratorios de las transnacionales de la cultura o de la contracultura (que de ambas formas puede decirse). En esos laboratorios ha tenido que dibujarse el mecanismo por el que muchas gentes -y jóvenes a porrillo- creen rebelarse contra el sistema por medio de los actos con los que lo obedecen. Theodor W. Adorno ya vio esto hace muchos años con la precisa claridad.

No sé, no sé, pero silbando, devorando micrófonos y escribiendo paparruchas no parece que se pueda llegar muy lejos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de febrero de 1985