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Entrevista:Las nuevas españolas

Paola Dominguín

Posa para Ginés Liébana, erecta, hierática, triste y como indiferente. Tiene el pelo castaño, en trenza única, la piel pálida, el gesto tímido y abierto, unos veinticuatro años donde aún se hospeda la adolescencia, uno ochenta de estatura y unos zapatos con tres centímetros de suela plana. De cuando en cuando se saca uno, por descansar el pie. "Estoy sola en Somosaguas, mi madre está en Italia".

Ginés Liébana está haciendo un retrato de familia con idolillos paganos al fondo o en primer término. Miguel Bosé de capa española. Pero Paola, muy fiel a su retrato, es más delicada al natural, más enferma, diríamos, más niña, más quebradiza, más dulcemente perecedera. "Aquí en Madrid, Paco, cargo baterías, me lleno de entusiasmos, tomo contacto con mis orígenes, con mi familia; todo eso es muy importante. Y vuelvo a París, donde llevo años viviendo. Tomo clases de mimo con Marcel Marceau, que se mantiene prodigiosamente joven. También he aprendido mucho de Victoria Chaplin, de la que tú has escrito. Ella me ha enseñado a moverme en la cuerda, y es una chica encantadora. El mundo de la moda me aburre un poco ya, porque siempre es lo mismo y porque es un mundo donde nunca se pasa del trapo. No hay manera de tener una comunicación directa y profunda con nadie en ese mundo. Quiero pasar al teatro o al cine, pero cuando haya estudiado y dominado completamente mi cuerpo, cuando tenga la labilidad suficiente para adaptarme a lo que sea. Creo que en España me serían las cosas demasiado fáciles. Prefiero seguir de chica anónima y particular en París".La cabeza de una gracia entre el ave y la ninfa, de una aristocracia natural que se da muy naturalmente. El cuerpo que, de tan disciplinado, finge un poco, me parece, la sencillez, el desmañamiento. Pañuelo rojo y barroco al cuello (larguísimo cuello de un Modigliani que supiera más anatomía que Modigliani), suéter negro de punto que parece lana -"es un regalo que le hizo una fan a mi hermano: en casa todos nos ponemos lo de todos"-, pantalones de cuero, amplios, monstruosos calcetines magenta, arrugados como las calzas de un bufón, muy graciosos en ella, y los zapatos que digo, como para la nieve, con tres centímetros de suela recta. Se los saca y se los mete. Tiene unos pies pequeños, en relación a su estatura. Esta chica será bailarina o algo.

-Italia.

-Trabajo como modelo en Italia y en Francia, pero ya te digo que eso me cansa. El trabajo de modelo siempre lo he considerado un camino hacia otra cosa.

-España.

-Lo de España es un tirón que no se puede resistir. Quizá donde hay que triunfar es aquí.

-Ten cuidado con el internacionalismo, Paola, que al final da un artista sin raíces. Juan Ramón Jiménez, en el exilio, se definía a sí mismo como un chopo español con las raíces al aire. Lindsay Kemp.

-Claro. Ése es el teatro que me gusta. Un teatro sin palabras.

-Tu herramienta de trabajo: el cuerpo o el gesto.

-El cuerpo. Quiero decirlo todo con el cuerpo.

-París.

-Es mi sitio. Pero, naturalmente, yo sé que lo tomo todo de Madrid. Lo más auténtico, quiero decir.

Pasamos del atellier a la cocina. De la luz cenital y plata a la luz norte y lluviosa, luz de trascocina e intimidad. Entre Ginés y Paola preparan unas patatas con chorizo que están muy bien. Paola bebe agua. Ha puesto la mesa con delicadeza, con sencillez, con gracia, sin dejar de hablarme de su rollo. Tiene 24 años, ya digo, pero vive aún las indecisiones y contradicciones de la adolescencia:

-El cine, el teatro, la danza, incluso el circo o la cuerda, en que, según me dices, te ha iniciado Victoria Chaplin. ¿Encontrarás al fin tu vocación, Paola?

-Espero que sí. Yo intento unas cosas y otras, hasta saber qué es lo mío.

Vive aún su crisis de identidad adolescente, pero la vive sin crisis. Serenamente. Tiene la frente pálida, los ojos tristes, las manos muy dibujadas, manos/Durero, con dos anillos en el anular de la derecha, las uñas cortas, la cara lavada, el cuerpo sin colonias y la conversa tranquila. Después de las patatas con chorizo, Ginés nos ha preparado no sé qué pescado con tomate. Está bueno y bien. Paola y yo seguimos emborrachándonos de agua. (Aunque uno, mayormente, se está emborrachando de Paola). Mide uno ochenta, no sé si lo he dicho, y tiene los labios largos y rizados, gruesos. Aprovecha cualquier variante de la conversación para contarme cosas, sus cosas. Es la adolescente que necesita confesarse, en cuanto da con un confesor laico y atento, como yo. Uno, si algo ha sido en la vida, es confesor de mujeres. Me parece la única manera de saber algo de ellas. Y una manera más fáctica y sensata que la vana teorización al margen. De postre, Paola toma fruta, y luego café, un conflictivo café que se cala varias veces en la cafetera, y que al final debe de estar malísimo. (Uno se abstiene). Casa/estudio/galería de Ginés Liébana, como una sacristía de catedral barroca, con cortinajes y cuadros, cuadros y cortinajes, una cocina que en cualquier otra casa sería un elegante living. Una cocina con galería de fotos de arte y librería de rinconera, donde se puede encontrar a Pablo García Baena, el prodigioso/minucioso, y a Marcel Proust. Ginés nos habla de un brujo amigo suyo, mágico y clarividente. Es la hora de los postres, sí, la sobremesa en que Liébana siempre se remonta, se recordobiza y habla de Andalucía, de los poetas al pueblo, poniendo ojos de autoasombro y moviendo en el aire los dos dedos juntos que los Papas utilizan para la señal de la cruz multinacional, y los andaluces para el sortilegio admirativo. Seguimos con el brujo, que iba a haber venido a comer y no ha venido:

-Paola, ¿tú crees en brujos?

-Yo creo en todo, Umbral. Yo estoy abierta a todo. En principio experimento. No hay que cerrarse ninguna posibilidad. Ya iré seleccionando.

-En España te sería fácil triunfar, sólo por el nombre y el rostro. ¿No te llaman los directores de cine españoles?

-Claro que me han llamado. Pero no interesa mucho lo que ofrecen. Por otra parte, el cine es una mecánica, que está bien como mensaje internacional. Pero la verdad del artista está en el teatro.

Pienso en aquello que me dijo Orson Welles una vez que le acompañé al Rastro: "El torero es un actor al que le pasan cosas reales". Y seguramente estaba pensando en el padre de esta criatura. Ella también quiere que le pasen cosas reales, y por eso intenta el teatro, el circo, la cuerda, el mimo.

Su estética, por la foto que me da y que publico, está en el nuevo mimo, mucho más allá de Marceau, aunque sea su maestro. Está en Victoria Chaplin y una reciente tradición que convierte a las más bellas mujeres en insectos. Qué lejos "El espectro de la rosa". Ahora todas quieren ser el espectro de la cucaracha. Paola Dominguín está a punto de conseguirlo, pese a su espléndida juventud enaltecida de estatura y perfumada -aún- de adolescencia. E imagina uno que Kafka o algo kafkiano debe andar de por medio en esta estética/ antiestética de la mujer como arácnido o cucaracha, del hombre como ameba. Kafka, indecible teatralmente (salvo la Carta al padre que va a escenificar en seguida Gómez en el Pavón), se instaló en el teatro a través de Beekett (y nunca he visto esto muy subrayado), y ahora reina secretamente en el teatro sin palabras, en el nuevo mimo, que ya no es un realismo mudo, sino un metaforismo inverso, negro y sin moraleja, naturalmente, salvo la que va implícita en la metamorfosis muchacha bellísima/ arácnido escénico (Paola). Paola es tan sencilla que casi resulta sosa, es tan deliciosamente sosa que casi resulta adolescente, es tan adolescente que se olvida uno de que tiene veinticuatro años. Paola es lírica y concreta como una señorita renacentista, aunque el Renacimiento nunca valoró mucho a las señoritas, prefiadas o no. Es la media tarde y, despedidos de Ginés, sus brujos y sus brujerías, Paola me lleva por Madrid en su pequeño coche blanco, hacia la clínica donde está Enrique Tierno, que voy a verle. "Dale, de mi parte, tiernos saludos a Tierno", me dice. La tarde es de plata falsa y de pronto no tenemos nada que decirnos. La conversación, el encuentro, se atasca en los atascos de coches. Es que ya hemos quemado la primera piel de la amistad, y siempre hay una pausa y una duda antes de tocar la carne viva. Además, uno es tímido. Además, los dos tenemos prisa.

-Feliciano Fidalgo me contó la última vez que estuviste en Paris, Paco. Sentí no poder verte.

-Voy a escribir mucho de ti, Paola.

-Compro EL PAIS al día siguiente, en París.

-Pues mi amor te llegará al día siguiente.

El perfil de la madre, menos firme, menos duradero, más púber/impúber, claro. Yo diría que Paola incluso tiene algunos granos por la cara, última revuelta de una adolescencia que todavía ejerce imperio sobre su alma/ cuerpo, este cuerpo largo y trabajado al que ella ha dado sutileza de alma.

-Procura hacértelo en España, Paola. El internacionalismo, en arte, raramente funciona. O funciona después, pero no a priori, como proyecto.

-Claro.

Pero no sé si lo tiene muy claro. Hija de una familia tan espectacular, la espectacularidad la agotaron los que vinieron antes que ella, de modo que a Paola le ha quedado la sencillez, la duda, la verdad.

-Lo que más me gusta es hacer de payaso para el hijo de mi hermana. Nos reímos mucho.

Niña esbeltísima e interiorizada, con un grato exterior de cordialidad y curiosidad. La adolescencia vive en ella como una luz, como un milagro, desde hace diez años. Tiene todos los proyectos confusos y gloriosos de su edad. Tiene ambiCión, pero no pretensión, que es cosa insufrible. "Que es aquí, Paola". Los dos últimos besos son ya de cumplido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de febrero de 1985