Santa María de Piasca
Dos kilómetros separan este monumento de las rutas hacia los Picos de Europa
Entre unos montes y prados mucho más agrestes que los de la canción, protegida del mundo por bosques y alturas, sin más accesos que una pista en regular estado, se esconde el pueblo de Piasca. Dos kilómetros y medio lo separan de la carretera comarcal que une Potes con Cervera del Pisuerga, distancia más que suficiente, sin embargo, para que pueblo y nombre queden en el olvido. Casas de piedra, tejados rojos. La maravilla de Santa María la Real de Piasca, está doblemente oculta: por las montañas primero, por su escondite en el caserío después.Han ido los siglos borrando una fama que fue grande desde el siglo IX, cuando, en el lugar que sirvió de discreto refugio a sufridos eremitas, los benedictinos fundaron una basílica de importancia creciente. Monjes y monjas ocuparon las distintas dependencias hasta mediado el siglo XVI. Para entonces, la primitiva iglesia mozárabe había ya desaparecido y en su lugar se levantaba una románica con diferentes modificaciones claramente góticas. Amplias dependencias, considerables donaciones y privilegios reales consolidaron la influencia de este monasterio que pasó muy pronto a depender del de Sahagún. Hoy sólo se mantiene la iglesia conservada como una reliquia aislada desde los tiempos de la desamortización.
Se entra en el recinto religioso a través de un arco doméstico: allí, entre bosques, mirando a las montañas cercanas, se alza Santa María la Real. Una portada sencilla, de cinco arcos muy ligeramente apuntados que denuncian el tiempo de transición en que fue construida, se hunde materialmente tierra adentro. Piedras labradas en arcos y capiteles con monstruos y hombres, animales y guerreros. En la misma fachada, y entre dos simples aberturas, las trabajadas hornacinas presididas por las imágenes de san Pedro, san Pablo y la Virgen, de finísima hechura. De proporciones reducidas, su exterior sólido y hermoso cobra resonancias mágicas en los bien conservados canecillos labrados, en la extraña composición del hombre y la mujer en la portada lateral. De la construcción románica tan sólo quedan los ábsides y el crucero. El resto correspondería a la restauración que se realizó en el siglo XV.


























































