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Finaliza la asamblea del FMI con la duda sobre la duración de la recuperación mundial

La 39ª asamblea anual del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, celebrada esta semana en Washington, ha certificado la recuperación en curso de la economía mundial, pero ha constatado simultáneamente un serio interrogante: su duración y su lento efecto sobre las naciones europeas y los países en desarrollo.

Presididas por un inusitado optimismo, las sesiones del encuentro financiero de Washington, a las que han asistido más de 2.500 banqueros, ministros y altos funcionarios de los 148 países miembros, han pretendido marcar un punto de inflexión en la profunda crisis económica de 1981-1982 y, hasta cierto punto, certificar el cierre del capítulo, más alarmante de la crisis de pagos de las naciones endeudadas del Tercer Mundo.Habría que remontarse a los años de la década de la prosperidad de los sesenta para escuchar un canto tan esperanzador sobre la situación de la economía mundial.

Por vez primera desde entonces, el producto bruto mundial está creciendo a ritmos insospechados hace tan sólo 24 meses, y el comercio mundial ha alcanzado una tasa de aumento de hasta el 6%. En Estados Unidos, Japón y Canadá, el crecimiento supera el 5% y, aunque los países europeos no se han sumado de pleno a este rápido ritmo, tanto Europa como el Tercer Mundo registran índices de crecimiento del 3,5%, desconocidas en los últimos años.

Al mismo tiempo, casi coincidiendo con la celebración de la asamblea, dos de los países más endeudados del planeta, México y Argentina, firmaban sendos acuerdos con sus acreedores que les permite reestructurar su deuda exterior y que les aleja, a costa de grandes sacrificios, la amenaza de una virtual quiebra de sus economías por falta de financiación externa.

En este panorama tan optimista, incluso la Administración Reagan, eterna abogada de la consideración del problema de la deuda en función de la capacidad de cada país para pagar sus cuentas, daba un giro inesperado a sus posiciones y, aunque con reservas sobre su significado, proponía celebrar en el mes de abril una conferencia mundial para discutir sobre deuda, desarrollo y comercio. La propuesta, obviamente, fue recibida con alivio por todas las delegaciones.

Un dibujo nada colorista

Algo, sin embargo, no cuadra del todo dibujo tan colorista. La recuperación mundial es un hecho cierto sólo en las estadísticas y refleja exclusivamente un crecimiento histórico de casi el 10%, en algunos momentos, de la economía norteamericana, y hasta cierto grado de la japonesa y la canadiense. En Europa, sin embargo, el producto bruto apenas crece o lo hace muy lentamente y, en cualquier caso, no genera empleo. Más de 31 millones de personas están en paro en el mundo industrializado, y es incierto que encuentren un trabajo en los próximos dos años.En el Tercer Mundo, en efecto, el crecimiento ya no es negativo, como lo fue en 1982, pero con tasas de actividad del 3% no se consigue dar de comer ni al 10% de las personas que se suman anualmente a la ingente masa de hambrientos de las naciones en desarrollo. Su problema de subsistencia se agrava aún más cuando prácticamente hasta el 80%. de su ahorro va dirigido a pagar una deuda exterior que se acumuló, con responsabilidades compartidas, por la corrupción o ineptitud de sus dirigentes y por la ceguera de los banqueros.

Estados Unidos, señala esta semana el poco dudoso The Economist, solía acoger en sus costas, fronteras y aeropuertos a los desamparados, marginados y hambrientos dé todo el mundo. Este año, sin embargo, recogerá su dinero y en sumas que superan los 100.000 millones de dólares.

Con estas alforjas es muy fácil basar la recuperación que registran en la alta tasa de inversión o en una actividad de futuro como es la tecnología de punta. Y con un exceso de oferta financiera, también es soportable aguantar las elevadas altas tasas de interés, que, si bien despreocupan a los inversionistas domésticos ofuscados por el factor confianza, agobian a los países que tienen que pagar su deuda fijada en el tipo preferencial estadounidense o a las naciones que no pueden contener la huida de sus capitales hacia una mejor remuneración.

Para la Administración Reagan, sin embargo, la recuperación de su economía es sólo la confirmación palpable de que sus recetas económicas, basadas en la reducción de impuestos y en la actuación sobre la oferta, funcionan. Y si bien el presidente Reagan acalló a todo el mundo en la reunión del Fondo Monetario Internacional con una cuenta de resultados que bien la quisiera bendecir Arthur Andersen (seis millones de nuevos puestos de trabajo en dos años, crecimiento a casi el 10% y reducción de la. inflación del 12% al 4%), dejó sin explicar cómo piensa reducir un déficit fiscal que ronda los 200.000 millones de dólares, y un desequilibrio exterior por cuenta corriente de 110.000 millones de dólares a finales de este año.

Como bien puso de manifiesto la intervención española ante la asamblea, leída en nombre del ministro de Economía y Hacienda por Mariano Rubio, gobernador del Banco de España, en el pecado puede estar la penitencia. La recuperación norteamericana, en efecto, puede beneficiar a los países a salir de la crisis, pero no hay que olvidar que muchos de los males intrínsecos de la situación actual tienen su origen en la política económica de la Administración Reagan.

En otras palabras, mientras no se adopten medidas para reducir el déficit norteamericano y equilibrar la transferencia de recursos que procedentes de Europa y el Tercer Mundo lo están financiando, no se podrá crecer de una manera sostenida en el resto del mundo.

Maniobras para ganar tiempo

El futuro, además, está enturbiado por la sospecha de que los acuerdos firmados con México o Argentina no son más que maniobras para ganar tiempo y poder llegar al mes de noviembre, fecha de la esperada reelección de Ronald Reagan, sin grandes traumas.La duda, la gran duda, es si después de noviembre el optimismo se convierte en pesimismo y una vez garantizada la meta a corto plazo la nueva Administración norteamericana se dedica a sanearse, y, con la mirada puesta en sus propios problemas, ignora la extrema situación de algunas naciones. Los argumentos, entonces, se habrán invertido, pero no las soluciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de septiembre de 1984

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