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Crítica:

Escribir/Larra/Llorar

Mariano José de Larra, el pobrecito hablador, el duende satírico del día, murió de un tiro en la cabeza que él mismo se disparó. Hay quien ha escrito que se le disparó el arma cuando la limpiaba. Parece una interpretación piadosa, ajena a la lucidez despojada del autor de la frase Escribir en Madrid es llorar, que dudosamente se ha querido traducir por "escribir en España es llorar". La España agónica que dejó el reinado de Fernando VII tuvo en Larra su cronista afilado. Sus artículos han trascendido el momento político en que fueron escritos. Hoy TVE mira hacia atrás hacia Larra.

Larra lo dice así: "Escribir en Madrid es llorar". ¿Por qué se ha difundido el erróneo "escribir en España"? Porque, trasantaño, la identificación Madrid/España era mecánica y, sobre todo, porque nadie ha leído a Larra. El gran prosista romántico revoluciona la prosa romántica, acuña frases sintéticas, relámpagos sintácticos: "¿Por qué son frailes cuando hay peste en Madrid?".Con esto se anticipa a Baudelaire, que es quien depura el Romanticismo en Europa. Mejor que la prosa invertebrada de los románticos (desvertebrada, llamó alguien a la de Proust), la abreviatura fulgurante, el apotegma que mata. La prosa de Larra está hecha de puñales. Y esto no es sólo una nueva manera literaria, sino, ante todo (o como consecuencia), una nueva manera social, vital, política, existencial.

¿Un mundo feliz?, dedicado a Larra, se emite hoy a las 20

30 por la primera cadena.

Urgencia

La prosa urgente de Larra responde a la urgencia de España, lo que Lucas Mallada, el regeneracionista, el arbitrista, tiempo más tarde, llamaría "los males de la Patria". Y los males de Larra, cuya vida es como una biografía abreviada. Tenía que decirlo todo pronto y bien, no por un parapsicológico presentimiento de la muerte (estaba sano), sino porque la urgencia de vivir/escribir le llevaría a matarse. Don Federico Carlos Sáinz de Robles, padre, me parece, del brillante jurista actual, sostenía que Larra no se suicidó, sino que estaba limpiando el arma. Casi como un guardia civil.

Esa urgencia de Larra es dramática, patética, peripatética (Larra callejeaba mucho sus artículos, sus verdades, como Sócrates y Aristóteles). Larra o la vida de prisa, tituló alguien una biografía del romántico. Antonio Espina desmiente la versión "teatral" del espejo. Buero la devuelve acertadamente al teatro, que es donde tiene su sitio y su sentido. También en esto, Larra preludiaría a Baudelaire: "Hay que ser sublime sin interrupción: el dandy debe vivir y morir ante el espejo". Pero el espejo es interior, claro. Y no creemos ya en otros preludios que en el de La verbena de la Paloma. Escribir/llorar. "¿Por qué -se preguntan los beocios de café-, si era el periodista mejor pagado de su tiempo?". Llora con llanto duro, invertido, por él y por España. Le duele España antes que a nadie. Antes que a Unamuno y a los fascistas. Escribir (sobre todo en los periódicos) es vender el propio llanto, prostituirse los hígados, cuando se escribe tan autobiográficamente, desde dentro del espejo del alma sin cara. Ahora vuelve a estar como de moda un cierto periodismo de investigación o así, que: nos parece muy bien, siempre que no sirva para emparedar las voces personales, los llantos nacionales, como el de Larra. ¿Por qué ha de ser incompatible el testimonio tecnológico con el testimonio biológico?

A Larra le hace llorar la censura de la época. Hoy, después de cuarenta años, hemos aprendido que la más cruenta censura, con mucho, es la que ejercemos sobre nosotros mismos, por inercia o por el contexto. Jorge Borrow, el de La Biblia en España (Alianza Editorial), confiesa venir a tierra de inquisidores, pero comienza su visita con un acto de Inquisición: quema, con cierto ritual, un libro francés que va contra la Biblia. Cuidado, pues, con las inquisiciones interiores. Larra, cuando las advierte en sí, las denuncia por voz de su criado asturiano. Le hacen llorar en Madrid. Cuando le invaden como un cáncer, se mata. No estaba limpiando el arma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de septiembre de 1984

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