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Reportaje:CRÓNICA DE LA CIUDAD

¡Viva el lujo y quien lo trujo!

En este fragmento del cielo de Madrid, el de gran lujo y cinco estrellas, los objetos caen como aerolitos siderales: una cama cuesta 70.000 pesetas noche, totalmente vacía. La botella de champaña se paga al precio de 12.000. Y el foie-gras de Estrasburgo sube a 3.200 pesetas montado en su canapé. Lo difícil aquí es malgastar sin dejar estela millonaria.

La bolsa a un lado y la vida al otro. En medio está la plaza de la Lealtad, cuyo obelisco separa a los verdosos agentes de cambio de los clientes sonrosados del Ritz.Alfonso XIII tuvo la idea: lo que Madrid necesitaba entonces (1908) era un hotel de gran lujo, comparable a los mejores de Europa. Quince meses después, el Rey inauguraba a bombo y platillo este proporcionado almacén de alfombras y antigüedades.

Desde la apertura, su éxito apenas ha oscilado. Y, como los precios, va hacia arriba: la habitación que en los años diez costaba siete pesetas, se paga en los ochenta a 15.000 pesetas por noche. La suite regia vale 36.000 pesetas, pero dicen que la historia no tiene precio y aquí, en el más exclusivo cobijo de Madrid, han soñado monarcas, hizo el amor Grace de Mónaco, fabricó engaños Mohamed V, se miraba al espejo Richard Nixon, sonriendo a Kissinger, y aclara la voz Plácido Domingo en el baño que también utiliza Hussein de Jordania. ¡Ay, si estos clásicos inodoros hablaran sin reservas!

A ambos lados de la cama de caoba hay, sobre las mesas de noche, una trinidad de pulsadores: camarera, mayordomo y criado. Si usted oprime esos botones a la vez, por los pasillos galopará una caballería ligera, disciplinada y reverenciosa. "Usted dirá, señor".

Sólo sus uniformes cortan el aliento y dejan sin palabras. El frac del Ritz es tan común en la casa como un pijama de hospital o el buzo de un presidiario. Forma parte de su esencia como una segunda piel. Flores a juego con las paredes, la tonalidad de las alfombras y el día de la semana aguardan al cliente en la habitación decorada con el cubilete de plata repleto de hielo para mantener frío el trago de jerez, la caja de bombones elaborados especialmente y un cesto de frutas variadas cuyo aroma distrae del televisor a color, único ingenio electrónico introducido en las alcobas. La servidumbre insiste con pulcritud clásica: "¿Había llamado el señor?". Y el señor pide que le suban el desayuno: champaña con jugo de naranja, charcutería propia, hojaldre con huevos revueltos y salmón ahumado, tostadas, café y para quitar sabores la piña al kirsch. Todo ello cuesta 2.500 pesetas, una risa para la seriedad de una luna de miel. John Macedo, director, dice: "Los buenos clientes prefieren tomar su desayuno en los cuartos, es costumbre". Para los políticos de micrófono queda lo de abajo. Y añade Macedo: "La norma es discreción y un servicio (dos empleados casi por cliente,) esmerado". Se alecciona al camarero a penetrar en las habitaciones como un ciego y sordomudo beatífico. Se limita a decir: "Señor, su bebida". Y allí queda la botella de tres cuartos de Dom Perignon (12.600 pesetas), con el corcho inflado como un cerebro.

"La gente de Madrid le tiene miedo a esa puerta giratoria", dice el veterano jefe de camareros, Manuel Revuelta -43 años en la casa-, "porque quien viene aquí, sin saber estar aquí se encuentra incómodo". ¿Cómo hay que estar aquí? Aquí hay que estar con una mezcla de desgana, distinción y autoridad, como si uno fuera heredero de alguien a quien no conoce, no teme y necesita. "A Dominguín, que se permitió llamar monigote a un botones que le cerró el paso por venir sin corbata", añade Revuelta dando un aleteo enérgico a su cola de genuino pingüino, le dije que ni en traje de luces se le servía aquí el té; y dio la media vuelta y se largó sin esperar a la princesa italiana". El torero regresó al día siguiente: "Me pidió disculpas y yo le elogié el nudo de su corbata", concluye el jefe de camareros.

Lo más caro

La pelea es el turismo norteamericano, esos niños de 60 años que con los zapatos de jogging creen hallarse en Central Park y cuando te das cuenta, ya se han colado en el restaurante perseguidos por algún portero de guante blanco: "Señor, por favor, zapa tos y corbata, ¿desea que le prestemos una corbata?". Unos la aceptan y se la ponen gustosos aunque su aspecto, sentados ya a la mesa circular e impecable, sea el de reos a la pena de horca. Ya lo dice el refrán: por el lujo vuelve a los pobres lo que es suyo, de modo que cualquiera de estos camareros es ,capaz de ajusticiar al comensal que viole la etiqueta y se ponga encima chulo. Un hotel sin hilo musical -sólo un piano con maestro de charol- es un lugar que exige modular la voz y distribuir silencios de tribuno. Usted y su equipaje abandonarán el albergue entre espejos que multiplican las reverencias de compasivos empleados.

Al otro lado de la fuente de Neptuno está el Palace. Es otra cosa. No es propiedad de ingleses, como el Ritz, sino de catalanes como Enrique Masó, ex alcalde de Barcelona. El ambiente del vestíbulo es de estación ferroviaria: por un lado entran peregrinos judeo-americanos, con etiqueta y todo; y por el opuesto, se cimbrean las modelos que hacen el pase de bañadores en el hermoso salón de la claraboya oval. Trepida la música discotequera y el cliente de provincias, que es el seguro a todo riesgo, no sabe si va camino de Tierra Santa con escala en Palmar de Troya o le llevan a por el milagro de una camita con carne. "¡Si don Julio Camba levantara la cabeza." exclama anonadado Juan Leiva, primer jefe de camareros, en la nómina desde el año 1939. Camba residía en este hotel.

Arriba, en una suite de 19.000 pesetas, Jordi Pujol da de cenar a 14 periodistas, unos en el armario con la lubina al horno, otros en la bañera y alguno tal vez en el mismo lecho. Mientras tanto, en el umbral del restaurante se divisa a Roca Junyent en espera de su tema, una mesa para dos. Y cena moderadamente, saboreando la servilleta de hilo. En un restaurante más modesto se alimenta, con paella nocturna, al grupo expedido por agencias.

Y el lujo de verdad queda aislado por un tabique y un chaqué del tipismo de la butifarra, la bandeja de acero inoxidable y los pantalones a cuadros de la expedición de Chicago. Sin embargo, lo más caro de la techumbre de Madrid se encuentra Castellana arriba. Es el Villa Magna, cuya mejor suite (se llama Granados) vale por noche y en espera de nuevas tarifas 73.000 pesetas Tiene piano, aunque no de cola, y suelos de mármol salpicados de alfombras persas como manchas de sangre. Los altísimos ejecutivos, los ricos más nuevos y vírgenes de clase, así como los artistas de la voz y el disco, paran en este hotel cuyo restaurante fue abandonado por Maxim, de París, y acoge todo tipo de bocas pero un solo bolsillo. Aquí se repuso al cantante Julio Iglesias en su gira por España (suite Albéniz, 57.500 pesetas) y el rock semiduro del conjunto Kiss, compuesto por un bizco, un rizoso melenudo y otros dos barítonos que se sentaron de espaldas, han pedido macarrones a la carta y café con leche en vaso y con pajita, para chupar. Uno de ellos, que es más reacio a comer con los dedos, se pincha con el tenedor en el meñique. Grita. El camarero acude. Deben avisar urgentemente al médico. Y llega el doctor, avergonzado, y casi de rodillas inspecciona aquel dedo del que todo el restaurante está ahora pendiente. Y la voz inglesa del rockero dice: "¡Haga lo que sea preciso para que no se infecte, que esta noche tengo que tocar la guitarra!".

En el Villa Magna es preferible ingresar con un clarinete que hacerlo con un fuelle de documentos y la tristeza del empresario en crisis. Sus magnos aseos parecen haber sido diseñados únicamente para aliviar magnas necesidades.

Noches locas

Noches locas son las del Meliá Castilla, que se prolongan más allá del amanecer en la calle del Capitán Haya. La electrónica se ha adueñado del macrohotel y nada más registrarse, el microcliente entra en un festín de ascensores con memoria muy intensa al subir y desvaneciente al bajar. Recepción sólo exige fotocopia del DNI y hace tarjeta salvoconducto para cada huésped, a la vez que la vista gorda a sus caprichos. O sea, ancha es. Castilla, señor Meliá.

Por 6.450 pesetas, precio de habitación individual (rebaja de un 40% en fin de semana) nadie sabe a ciencia cierta cuántos inquilinos se meten en los cuartos, ni de qué sexo, credo o nacionalidad.

"Éste es el hotel más cachondo de España", opina un cliente asiduo, valenciano y con cara de arroz a banda, quien añade: "Llegas, una duchita, al espectáculo musical del Scala para ir haciendo ambiente y ¡hale! a ligar en la esquina".

En el Scala, donde los árabes estrictos en vez de coñá beben coca-cola con picante de tabasco, se ponen a cenar 900 clientes a las 9.30 de la noche (cubierto, 4.000 pestas), en una decoración rojo infierno, por dentro, con dorados abundantes por fuera. El filete es sangrante y el postre de melocotón parece el cogote de Lucifer. Sobre el rojísimo paredón no hay más que espectadores de derechas a los que la izquierda éuropea enseñó el lenguaje del desnudo. Las coristas cantan alborozadas eso de "Todo está listo para soñar, soñar", y muestran sus senos de pesadilla, muslos depilados, traseros que no lo parecen.

Luego termina este espectáculo con su apoteosis de estrellas y confeti, y el público, que emerge en un bloque de solidez impresionante, se disuelve en la escalinata que le conduce a la calle. Los mendigos, para algo están aquí. Arrodillado sobre un periódico, Francisco Gómez, de 33 años, despliega su pancarta de medio metro: "No tengo trabajo, tengo a la madre enferma, ayúdeme".

¿Le dan algo? "Si me pongo allí, cerca del bingo, ya no me dan; se lo gastan en el juego, por eso me quedo aquí; éste es un sitio bueno". En la esquina se agrupan a medianoche las señoritas que hacen la carrera. Los chulos vigilan a cierta distancia. ¿Qué mejor que unas caricias de lujo para mantener vivo el gran lujo de Madrid? "Cinco, y en el apartamento mío, seis", dice una asaltando al viandante. "Te lo dejo en cuatro, vamos y me entras del brazo, amor". Pero amor pone cara de asco y, ya es tanto el lujo, que se come una colilla.

Desde las ventanas del hotel se ajustan los precios por señas. En la planta cuarta, un tipo que parece veterano del Vietnam pone los cinco dedos pegados al cristal, como una araña, y mira hacia abajo. Luego quita un dedo. Lo vuelve a añadir. Y se oculta,,detrás de una cortina. En otros pisos juegan a un mercado con ambas manos, extraña bendición dirigida a las fieles. Francisco Gómez guarda la pancarta (todavía de rodillas en la acera) y abandona el periódico doblado: "Claro que llevo cuidado ahora", dice tentándose el bolsillo. "Nada más faltaría que algún hijo de puta se me llevara la recaudación".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de octubre de 1983