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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

La rebelión del cuerpo

El orgiasmo en terminología del autor sería la fuerza más definitoria de la cohesión social. Mezcla de pasión sexual y vicio, su predominio actual configuraría una suerte de rebelión del cuerpo que tiende a abandonar su condición de herramienta de producción para ingresar en un orden amoroso. Desde ese impulso, el modelo dominante no será ya el que configura un sujeto actor y activo, protagonista de la historia. El individuo no quedará fijado en un estado determinado (trabajador, empleado, hombre, mujer ... ), no poseerá una identidad sino que revoloteará de pasión en pasión, de situación en situación. La moda, la subcultura y la contracultura, el absentismo político, el sexo vagabundo, el énfasis de la gastronomía, el auge de los valores arcaicos, todo este catálogo es para Miche Maffesoli, profesor en la Sorbona, indicio de la pérdida del individualismo y también de lo social. Es la rebelión del cuerpo, la rebelión de lo fantástico.

Tanto en la vida profesional como en la vida privada nos encontramos con nuevos valores o situaciones que escapan a nuestros hábitos mentales, formados en el racionalismo occidental. Nuevas prácticas sexuales, el resurgir de las comunidades religiosas, nuevos modos de considerar las peculiaridades regionales...: Se diría que asistimos al nacimiento de opciones alternativas. Al contrario de lo que ha venido ocurriendo desde hace dos siglos, es posible que se esté produciendo un reencantamiento del mundo. Mas, para juzgar estos fenómenos, como todo lo que nos afecta de cerca, se necesita un cierto distanciamiento.Hay épocas en las que el núcleo de toda preocupación popular es, con uno u otro nombre, el hedonismo. Desde esta perspectiva, el exceso es el camino más seguro para alcanzar la sabiduría. La combinación de estos dos términos -exceso y sabiduría- no es una simple paradoja, por el contrario, tiende a mostrar que lo que mejor asegura la cohesión social no es necesariamente el valor más de moda. Lo que sorprende en la historia de la humanidad, y que los intelectuales y los políticos suelen olvidar, es el fracaso de las teorías que intentan, de modo petulante, ignorar o corregir, según los casos, el vaivén caótico de la pasión, Ahora bien, si hay una ley que rija el destino de los pueblos de una manera grandiosa y calamitosa al mismo tiempo es, sin duda, la persistencia, la fecundidad y el aspecto incontrolable de esa pasión. Alrededor de ella, a modo de centro subterráneo, se originan y se organizan todas esas situaciones o actitudes que constituyen lo que llamamos sociedad.

Observando la vida cotidiana se descrubre cómo uno de sus elementos fundamentales es la tensión existente entre la trivialidad y la intensidad. Intentando "dar un sentido más puro a las palabras de la tribu", en expresión de Mallarmé, cabe proponer la figura del orgiasmo como modelo específico de tal tensión. La palabra orgía remite, sin duda, al desenfreno de los sentidos; pero este desenfreno tiene, y no por azar, un origen sagrado. En efecto, la exaltación, el frenesí son fenómenos primordialmente colectivos. Y paralela a la circulación de la palabra y la circulación de los bienes existe lo que se puede denominar circulación del sexo. El orgiasmo, explícito o latente, es un elemento estructural de la socialidad, de lo divino social. En este sentido, interesa al sociólogo, porque lo decisivo en la religio es el hecho de existir juntos.

El destino afectivo

Conviene precisar que el orgiasmo antiguo se llevaba a cabo en el marco de los misterios; de ahí su función iniciática. ¿Qué significa esto, sino que el orgiasmo establecía un vínculo estrecho e indisoluble entre aquellos que celebraban el misterio? El sexo no es, pues, algo individual, sino la argamasa que asegura la relación misteriosa de los seres entre sí y con el entorno. Entra en escena una unión en la que participan el microcosmos y el cosmos; es decir, el sexo se inscribe en la eterna y trágica confrontación con el destino. La novela expresa acertadamente la solidez de este secreto vínculo pasional; así, por citar sólo algunas novelas modernas, En busca del tiempo perdido, de M. Proust; Los Rougon-Macquart, de Zola; Los Buddenbrooks, de T. Mann; El gatopardo, de Lampedusa, o Los príncipes de Francalanza, de F. de Roberto, son otros tantos cuadros que ilustran la fulgurante y aleatoria profundidad del destino afectivo. Este destino, bien sea de la nobleza, de la burguesía o de las masas populares, implica siempre una apropiación, más o menos relativa, de la existencia. Frente a los poderes y sus imposiciones, frente al famoso principio de realidad, la pasión común es un elemento perturbador. De ahí la importancia de la figura de Dionisos, el pícaro divino, en sus diversas facetas. Muchos mitos han utilizado esta figura en todos los tiempos y lugares y bajo diversos nombres.

Dionisos, figura ancestral, es, en sustancia, aquel que se burla sutilmente de lo establecido. Esta fecunda astucia, por su propio carácter antropológico, es la base de toda socialidad.

Rabelais, la novela picaresca, el carnaval, la fiesta de los Locos, Petronio, que intentan destruir los diversos mitos, todos ellos muestran a las claras Cómo el desorden, el caos, la ambigüedad, lo contradictorio, la picardía o la asatucia desempeñan un papel fundamental en el juego social; y en todos los casos encontramos el orgiasmo en el trasfondo. Sin embargo, tal vez por estar demasiado familiarizados con esta estructura, no medimos sus efectos o, como ocurre a menudo con lo que nos es más próximo, preferimos confinarlos en el ámbito de lo novelesco o lo poético. Por eso es importante contemplar el fenómeno en la vida cotidiana, en la existencia corriente de nuestros pueblos y de nuestros barrios urbanos, en la trivialidad, que es, según la expresión de W. Benjamin, "lo concreto más extremo".

A pesar de todo

La trivialidad reclama, en definitiva, la lucidez del observador. Si aceptamos que las grandes formas económicas o políticas no son los únicos elementos decisivos para la vida en sociedad, si aceptamos que lo minúsculo y lo espectacular son elementos estructurales, debemos aprender a asombrarnos, a maravillarnos de todo aquello que manifiesta la solidez y la resistencia de la trama social. La investigación sociológica, adoptando un talante ingenuo, debe perder el miedo al lugar común, una vez inscrito en una cadena de significados. La socialidad resiste, tenazmente, las imposiciones del debe ser en sus múltiples formas, a veces, incluso haciéndole el juego. De este modo, el análisis sociológico que pretenda explicar la socialidad debe elaborar nociones ágiles que, sin miedo a ser acusadas de falta de rigor, se limiten a señalar los diferentes aspectos de una misma forma. Mostrar, más que demostrar.

Al afrontar la dinámica pasional hay que especificar, sin reparo, en qué sentido una situación de la vida cotidiana o del ludismo trivial puede iluminar en profundidad, de modo perfectamente intuitivo, eso que llamamos realidad social.

La crítica hizo, en el siglo XIX, un análisis comprensible para aquella época del hombre enfermo.Así, el intelectual, nuevo chamán, imparte consejos y orientaciones. Otro tanto cabe decir del crítico social, que, partiendo de la temática de la alienación, indica o dicta lo que es preciso hacer para conseguir una vida social mejor.

Desde esta perspectiva, se considera que el individuo o el conjunto de individuos pueden y deben alcanzar la perfección mediante métodos y procedimientos apropiados. La tarea consiste simplemente en reajustar, traer a este mundo los diversos paraísos religiosos. Pero semejante lógica del deber ser olvida que la perfección es siempre sinónimo de culminación, de muerte. Esa visión absolutista, en su intento de acceder progresivamente al objeto o al sujeto pleno y sin fisuras, considera que todo lo que es todavía oscuro o que presenta imperfecciones es, sin más, patológico. Olvida que la vida, inmersa en la ambigüedad y en el relativismo, sigue muchas vías transversales, se pierde, tiende, casi intencionalmente, no a vivir de una manera perfecta, sino a vivir a pesar de todo. Así se puede invertir el problema: en lugar de ver sólo el lado deficiente, se trata de detectar aquello, aunque sea algo relativo, que en el devenir cotidiano asegura la persistencia del deseo de vivir. Desde este ángulo, cabe considerar el orgiasmo polimorfo como la reserva de potencia que permite la continuidad de la exisencia en común. El acento se pone de este modo en la salud social, en lo que asegura de forma misteriosa la resistencia colectiva a las adversidades sociales y naturales. Posición relativista u homeopática que precisa una cierta cantidad de mal para poder luchar contra la excesiva degradación de este mismo mal. Usando un término de Maquiavelo, se presupone (o se constata) que existe una virtú popular que consolida y regenera constantemente la argamasa comunitaria, y se admite que esta virtud está compuesta parcialmente por vicio, advirtiendo, no obstante, que, al introducir lo que suele denominarse patológico, el mal, en el funcionamiento de toda civilización, debe excluirse cualquier tipo de juicio normativo. Al tiempo que se reconoce a los sentidos una función importante en la existencia, es necesario otorgar el lugar que les corresponde a las imágenes, que, gracias a la tecnología, van adquiriendo cada vez más, preponderancia.

El deseo de vivir

La imagen o el sistema de imágenes presentes en las estructuras sociales conocidas nos permiten lanzar una mirada transversal a nuestro tiempo. Mirada que puede ser matizada, relativa, modesta en cierto modo. En un juego etimológico, cabe decir que la imagen nos remite al mundo como figura hipostasiada de eso que los romanos llamaban mundus, es decir, aquella sima adonde arrojaban los cadáveres y las basuras o, también, a lo humano formado del humus, una materia noble. Goethe, en su obra Beiträge zur Optik (1791), muestra cómo la realidad no es sino una relación entre la luz y la oscuridad, y que se establece un nexo necesario entre la organización de las cosas y las sensaciones que tenemos de ellas. Se trata, sin duda, de un análisis clásico, que, como todo aquello que parece evidente, no es lo suficientemente utilizado. Ahora bien, la imagen, con su eficacia social, viene a demostrar que, paralelamente a las luces de la razón, existe también la oscuridad de las pasiones. Lo propio del orgiasmo consiste precisamente en poner de manifiesto esta bipolaridad: el frenesí conmociona la sociedad, le recuerda su carácter colectivo, le devuelve una nueva vitalidad, y para hacerlo utiliza el estremecimiento del afecto, el temblor del cuerpo en trance. Hay una dialéctica de la sombra y de la luz que, a imagen del cosmos, asegura el buen funcionamiento del universo humano. Si la figura de Dionisos posee relevancia es porque resurge siempre y constantemente, sobre todo en los grupos sociales que tratan por todos los medios de protegerse de él. La sombra aceptada, y ritualizada es esa contraposición que, paralelamente a la tendencia dominante, garantiza el equilibrio al presentarse como un valor alternativo. Conviene enjuiciar desde este plano el fervor anímico en sus múltiples y variadas facetas. A este respecto, las prácticas dionisiacas contemporáneas, fiestas populares, comunidades sexuales, perversiones secretas o exhibidas, reuniones festivas, bohemias, pueden interpretarse como aspectos de un deseo de vivir que los valores racionalistas que hemos forjado no llegan a expresar. El modelo dominante no será ya un sujeto actor (y activo), protagonista de una historia en marcha. El yo se diluye en un concepto más confuso. El individuo no quedará fijado en un estado (trabajador, empleado, hombre, mujer ... ), no poseerá una identidad, sino que revoloteará de pasión en pasión, de situación en situación. Es indudable que la moda, la cultura, la subcultura o la contracultura, el absentismo político, el sexo vagabundo, la importancia otorgada a las fiestas gastronómicas, el resurgir de los valores arcaicos, todo esto constituye otros tantos indicios de la pérdida del individualismo y de lo social, para transformarse en algo mucho más indefinido. Utilizando una imagen gráfica, cabe afirmar que el cuerpo, que hasta ahora ha sido una herramienta de producción, tiende a ingresar en un orden amoroso. Rebelión del cuerpo, rebelión del mundo fantástico... Todos podemos observar, a través de los múltiples ejemplos de nuestra vida cotidiana, cómo Prometeo cede el puesto a Dionisos.

Michel Maffesoli es profesor titular de Ciencias Humanas en la Sorbona. Es autor de los libros siguientes: Lógica de la dominación, La violencia totalitaria, La conquête du prèsent y L'ombre de Dionysos, Sociologie de l'orgie. Editorial Mèridiens. París. 1982.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 1983