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Crítica:El cine en la pequeña pantalla

El canto del cisne de Buster Keaton

'EL CAMERAMAN'

Un domingo interesante para el amante del cine clásico. Por la tarde se emite un filme de la época muda de Buster Keaton, El camerman, con el que se cierra el interesantísimo ciclo dedicado al cómico norteamericano. Esta película es su canto de cisne. En ella hay algunos de los rasgos esenciales de su ingenio, que nunca más volvería a repetir. Por la noche un filme clásico tardío, El retrato de madame Yuki, rodado en 1950 por el gran cineasta japonés, casi desconocido para los españoles, Kenji Mizoguchi.

El cameraman se emite hoy a las 16

05 horas por la primera cadena.

Desde que le arrebataron, en 1926, tras el fracaso comercial de El maquinista de la General, el dominio de su talento, Buster Keaton fue dirigido, en cada nueva película, por un nuevo director, hombre de paja del productor Joe Schenck. Todos ellos son gente innombrable, cuyo nombre se ha hundido en los basureros de la historia de Hollywood.A finales de 1928, y para aprovechar con rapidez el relativo éxito de El colegial y El hombre del río, Irving Thalberg, el águila de la Metro-Goldwyn-Mayer, que controlaba ya todas las actividades de la pequeña productora independiente Buster Keaton Productions Inc., gobernada con látigo por Joe Schenck, urgió a este para que preparara un nuevo filme de Keaton. Había que aprovechar la estela con otro filme más ambicioso. El guión de El cameraman, procedente de un buen argumento de Clyde Bruckinan y Lew Lipton, fue desarrollado por un guionista casero de la Metro llamado Richard Schayer, hombre de buen oficio, que dejó abiertas muchas posibilidades para inventar durante el rodaje gags a la medida de Keaton, de tal manera que, sin que este dirigiera el filme, saca a relucir en él lo mejor de sí mismo.

La estrategia, típica del refinado manipulador de hombres que fue Thalberg, y no del tosco capataz de esclavos que era Schenck, dio resultados óptimos. El guión gustó a Keaton, que olfateó esas posibilidades que le dejaba para el despliegue de su in-ventiva cómica... a condición de que le destinaran para El cameraman un director dócil y facil de manejar en los avatares y las improvisaciones del rodaje.

Este director fue Edward Sedgwick, un tejano de caracter expansivo y bondadoso, personaje perfecto para las intenciones de Keaton, y probablemente de Thalberg: un experto colocador de la cámara, sin nada propio que decir, pero sin la soberbia del ignorante: un filinador correcto, humilde y maleable. De esta manera, sin firmarlo, Keaton pudo en El cameraman hacer su último filme verdaderamente suyo. Es más, algunas de las secuencias del filme -por ejemplo, aquella en que Keaton devuelve el saludo a una multitud que no le saluda a él, o aquella otra de la filmación por un chimpancé del acto heroico de Keaton al final de la película- son la quintaesencia del estilo de Keaton.

No dio personalmente las órdenes, simulé obedecer las ajenas, pero el peso de sus opiniones e intuiciones era tal, que Sedgwick las asumía siempre como propias, y se limitó durante el rodaje a poner las rutinas de su oficio al servicio de los brillantes eurekas del actor. Keaton volvió a trabajar con Sedgwick en tres películas posteriores, pero el estado de gracia ya había desaparecido y nada volvió a ser lo mismo. El conjunto de admirables gags que jalonan El cameraman llevan el sello del mejor Keaton.

Pero El cameraman fue su canto de cisne. Tenía Keaton tan solo 34 años, y era un hombre medio destruido. Sus contínuas peleas con Schenck dejaron de producirse desde el momento en que el control de la carrera de Keaton pasó a manos de la opulenta Metro-Goldwyn-Mayer y su todopoderoso Irving Thalberg. Schenck era un burdo negociante con el que era posible discutir a voces, pero con Thalberg no se discutía: en su despacho daba suaves y durísimas órdenes, que fuera de él se cumplían friamente al milímetro.

Thalberg destruía tantas estrellas como creaba. Sus métodos de aniquilación era crueles, graduales. Comenzó por rebajar a Keaton su sueldo, circunstancia que acentuó sus ya violentas discusiones conyugales con Natalie Talmadge, la hermana de la gran Norma y mujer de Schenck. Los pedidos de alcohol para el domicilio de los Keaton se cuadruplicaron. Buster seguía jugando y perdía tanto más cuanto menos ganaba. La cuesta deslizante de la ruina comenzó para él a hacerse casi vertical con la llegada del sonoro. Hizo un largo viaje a Europa, para descansar e intentar reconciliarse con su mujer. A la vuelta, era un hombre destruído. Su mujer le abandonó en 1933, llevándose consigo a sus dos hijos. El juego, la soledad y el alcohol eran ya los únicos moradores de su en otro tiempo superpoblada imaginación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de junio de 1983