Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Los toros

Si éste fuéra un país húmedo, de lluvia mansa y ríos navegables, no habría avispas ni burros muertos en los barrancos, no se verían perros ahorcados en un alcornoque ni tendríamos que soportar la fiesta de toros. La sequía engendra muchas latas de sardinas en las cunetas, ganado puntiagudo de costillar escuálido que rumia papel de estraza en el yermo, gente culibaja, de cuello gordo, con la certeza estampada en el ceño, pícaros y místicos alimentados con guindillas y diestros armados como sotas de espadas. Pero la fiesta de toros no tiene la culpa de eso. Sólo es la expresión de los valores de una tierra de secano. Bajo el anticiclón de las Azores, cuya áspera luz no es más que el rabo resplandeciente de Alá, la muerte se hace una costumbre.Algunos intelectuales y poetas cárdenos,"que no llevan un caliqueño engarzado en la muela de estaño, se devanan los sesos buscando en la corrida un género de belleza fugaz. Sin duda existe. Se trata de esa verónica de alhelí que una vez al año florece mínimamente en medio del gran estercolero. Antes de encontrarla, estos señores tan finos se ven obligados a pisar mucha mierda.

Es lo consabido: un largo hábito de sangre cuajada, pezuñas con visceras, tábanos verdosos de desolladero, morrillos de carne picada, tripas de jamelgo cosidas con aguja saquera y desinfectadas con cal viva.

Elevar esta basura violenta, esta crueldad tediosa a la categoría de un espectáculo moral, es el cometido de ciertos filósofos, que, se pasean con un minotauro de cartón en el sobaco. No digo que sea malo, sino que hay que acostumbtarse.

Al final de la feria, hasta el delicado estómago de cualquier suizo es capaz de resistir esta clase de estofado. De momento, los japoneses ya no vomitan. Todo es cultura: un toro agonizando en mitad de la charca y un misionero dentro de una perola en la selva.

La autoridad lo permite y por desgracia el tiempo no lo impide. Es lo que pasa. Que no llueve. Si en este país cayera lluvia silenciosa, las corridas serían suspendidas, pero como luce siempre un sol de justicia lleno de moscas, hay que soportar una fiesta nacional que estéticamente es más hortera que un ataúd con pegatinas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 1983