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José Luis Messia, marqués de Busianos

El hombre que negoció la llegada de España al Consejo de Europa

José Luis Messia, marqués de Busianos, embajador de España ante el Consejo de Europa hasta hace unos días, ya con el pie en la escalerilla del avión que lo conducirá a México probablemente, o a otra gran capital iberoamericana, fue despedido en Estrasburgo como el hombre que en la penumbra a veces, o dando el pecho en ocasiones, desde los comienzos de la década de los años sesenta, pleiteó, negoció o maniobró la larga marcha de España hacia el Consejo de Europa. Su acción diplomática de los últimos veinte años es una minibiblia inédita de anécdotas, de triquiñuelas y de la historia de la transfiguración democrática de España en Europa.

En su pueblo de Jaén, que se llama Baños de la Encina, han bautizado una calle con su nombre; en un restaurante de Viena, el Olivenhaim, un pato que figura en el menú de cada día reza: "Foie-gras caliente marqués de Busianos". Él rememora que, de su labor en Estrasburgo ante el Consejo de Europa, "mis dos logros más importantes fueron, primero, conseguir que España ingresara con un año de antelación en el Consejo, y marcarle los pasos a Areilza para que fuese nombrado presidente de la Asamblea parlamentaria".Eso sí, añade Messia, "para mí llevar a Areilza a la presidencia fue como para un empresario contratar a Greta Garbo en sus mejores tiempos, porque nadie duda que él ha sido el mejor presidente que ha tenido la Asamblea del Consejo de Europa". Areilza, a su vez, considera que, "como la estatua de Kleber, Messia forma parte del paisaje de Estrasburgo".

Todos estos trazos pespuntean el perfil del diplomático, del hombre y del gastrónomo que, una noche de 1977, cuando cenaba en un restaurante madrileño, descubrió al hoy presidente del Gobierno, Felipe González, en otra mesa, y se presentó a él por las buenas: "Estoy en Estrasburgo para lo'que usted quiera". El acompañante de González intervino y le advirtió a este último: "No te dice toda la verdad. Messia es el amo de Estrasburgo y es un gastrónomo fenomenal". González: "Pues a mí la gastronomía me interesa". Messia: "Perfecto; la primera vez que vaya a Estrasburgo yo lo invitaré". Y en 1980, la víspera del día que dimitió Suárez, Messia y González cenaban en el Cocodrile, el número uno de la capital europea.

Las anécdotas, en la boca de Messia, cuando narra su "aventura diplomática en Estrasburgo, son una sonrisa, un guiño de ojo, o como un regate, gastronómico a veces, literario en ocasiones, ligados siempre a lo que, hasta hoy, ha sido "el quehacer de mi vida": colar a España en Europa, para empezar, y después "conseguir que se firmen los convenios más importantes que hacen de nuestro país una democracia sustanciada, real y respetada por todos los pueblos libres".

Su historia de tocólogo europeo de España ya empezó en 1962, cuando el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Castiella, lo envió a Estrasburgo, "donde me camuflé como observador para explorar si había alguna posibilidad de aproximar España a Europa". Esta etapa duró ocho años: "Yo me inventé lo de observador, y así conseguí que la Administración española llegara a figurar como tal ante el Consejo de Europa".

En 1976, España es un hervidero democrático. Pero ilegal. Los restos de la estructura franquista perduran. Y Messia, enviado por el ministro de Exteriores del primer Gobierno del Rey, José María de Areilza, inicia su segunda etapa en Estrasburgo, como embajador observador, para preparar la entrada de España en el Consejo Europeo. Pero la oposición socialista, comunista, liberal actúa por su cuenta, enviando comisiones. La batalla por una España democrática que, durante los primeros años de la década de los años setenta, se planteó clandestinamente en París, desde que desapareció Franco se concentró ante el palacio del Consejo de Europa. Y Messia, de la mano del Gobierno de Madrid, marcaba a Luis Yáñez, a Ignacio Gallego, José Vidal Beneyto, la princesa de Parma, Jaime García de Vinuesa, llegados a Estrasburgo a pleitear por la democracia en España: "Los invité a cenar y les di la noticia del nombramiento de Manuel Gutiérrez Mellado como ministro de Defensa".

En aquellos momentos, la avalancha democrática hispánica hacía de cada día una noticia. Para afirmar su nuevo rumbo por el camino de la libertad, España quería ingresar en el Consejo de Europa a marchas forzadas, pero no tenía Constitución. Messia ingenió él proceso sietemesino: consíguió que viajarada Europa todos los líderes de los partidos políticos ya legalizados para firmar un documento en el que se comprometían a respetar los derechos humanos.

Santiago Carrillo, aquel día, en un aparte, le rogó a Messia: "Quiero que me haga un favor. A ver si podemos vemos durante una hora para que usted me explique lo que es el Consejo de Europa, a qué hemos venido y lo que tengo que decir".

En 1977, España, al ingresar en el Consejo de Europa, se bautizó democráticamente ante el mundo. Y los acontecimientos se precipitaron. Messia recibió al presidente Suárez en 1979. Sus artes gastronómicas no fallaron, pero Marcelino Oreja le avisó: "Para Suárez, una tortilla bien hecha". En el mismo año, el rey Juan Carlos fue el primer monarca que habló en Estrasburgo, al tiempo que se le invistió doctor honoris causa de la universidad. El mismo día inauguró un busto a Madariaga, y Messia vuelve a recordar otra anécdota: Madariaga no llegaba a tiempo y el Rey bromeó: "Si no llega voy a tener que oficiar de viuda de Madariaga".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 1983