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Reportaje:

Los Seis Días, una vida circense para los ciclistas

Llevan vida de actores. Desayunan a mediodía, comen por la noche, cenan de madrugada y duermen en caravanas. Es el régimen que siguen los participantes en los Seis Días Ciclistas de Madrid. Son unas jornadas en las que tienen que hacer vida circense durante las doce horas que permanecen en la pista. Todo esto a cambio de sacar limpias unas 100.000 pesetas. Los seis días ciclistas ya no son como antes. Durante doce horas, de cuatro de la madrugada a cuatro de la tarde, la actividad se paraliza. Esta competición, que nació como espectáculo, no tiene sentido si el público no acude. Y si a las ocho de la tarde el Palacio de los Deportes de Madrid registra una afluencia de 192 personas, no tiene sentido el que los corredores se releven durante las veinticuatro horas de cada día. A ellos no les importaría. Al fin y al cabo no pueden salir de allí.

"A nosotros no nos importaría correr todo el tiempo si hubiera gente en las gradas. Al fin y al cabo, corremos para el público y si éste no acude, de verdad que estamos mejor descansando. Es un fenómeno curioso el del público. Nos consta que en Madrid hay afición, pero a la hora de la verdad no acude". Esta es la queja general de unos protagonistas que llevan vida monacal durante casi una semana. Las salidas al exterior están prohibidas.Las condiciones de los corredores mientras dura su estancia en el Palacio de los Deportes se ha mejorado. Antes dormían todos juntos en un almacén, en el que habilitaban camas. Ahora hay una caravana para cada equipo, es decir, para dos personas. Pero al meterse en ella, falta el aire. No deja de ser un pequeño habitáculo, dentro de un recinto cerrado. Del Palacio no se puede salir. "A todo nos acostumbramos y la verdad es que llegamos a la cama tan cansados que lo único que nos impide conciliar el sueño es el cambio de horario con respecto a la vida normal, y el frío, que por la noche apagan la calefacción y hay que calentarse con estufas".

La vida de los corredores durante los seis días es monótona, pero en ella no cabe el aburrimiento. Están aislados del mundo exterior; no leen, no ven la televisión; sólo se habla de ciclismo con los compañeros. Se levantan a mediodía. Desayunan fuerte con carne, café y galletas. A continuación, a reposar la digestión y masaje. Durante las doce horas siguientes se vive con intensidad la competición, con un descanso para la comida, que es suave, a base de fiambres, antes de la sesión fuerte de la noche, con las americanas, especialidad reina del ciclismo en pista. Y antes de acostarse, más allá de las cuatro de la madrugada, la cena a base de pastas y todo lo que contenga hidratos de carbono. Los alimentos son abundantes y, a juicio de los corredores, excelente. Pocas veces hay que echar mano de las provisiones -entre las que hay un saco de naranjas- que los ciclistas se llevan a las caravanas en caso de necesidad.

El auténtico circo de los corredores transcurre en las doce hora que pasan en la pista. Generalmente, sólo uno de cada equipo permanece en carrera; pero ello no significa un descanso para el compañero. Los relevos se suceden irregularmente y hay que estar dispuesto en cualquier momento para atender las solicitudes del que corre. Cada equipo dispone de un habitáculo, que permanecen alineados a la vista del público, donde una cama para el masaje ocupa todo el espacio. Las cortinillas abiertas rompen la intimidad y permiten ver el desorden que reina en sus interiores. Chándales, camisetas, zapatillas, botellas, mantas, medicinas, frutas, cubos en los que se orina, todo se arremolina en unos metros cuadrados. Los colores con los que están pintados -rosa, amarillo, azul y verde claro- contribuyen a que recuerden burdeles donde, con gesto cansado y aburrido, se espera a la clientela.

Los corredores sacan de los Seis Días Ciclistas unas 100.000 pesetas limpias por término medio. En los contratos figuran unas cantidades superiores, pero la mayoría de los corredores que forman equipo acuden por libre. Ellos corren con los gastos de masajista y material. Este es tan caro que nunca le compensa a un corredor aceptar el contrato si no dispone ya de la mayor parte del equipo que se precisa para correr en pista.

La colada, para el final

Cuando terminan los Seis Días, lo primero que hacen los corredores es la colada. La ropa sucia se ha amontonado. Ya está bien de ponerse un jersei sudado, "aunque pronto se acostumbra uno al olor". No hay prisa por descansar. El agotamiento físico de los corredores no es mayor que el psíquico. "La pista requiere un gran esfuerzo, pero los descansos y el estar a salvo de las inclemencias del tiempo que hay que soportar en carretera, nos permite acabar en relativas buenas condiciones. Realmente ya estamos acostumbrados a llevar una vida muy dura. Las alegrías que nos podamos permitir son muy pocas, sencillamente porque no apetecen, pues tenemos todo el horario copado. Dormir y correr es lo único que hacemos. Aunque tampoco nos escandalizamos cuando la última noche, en la que ya sabe cada uno cómo va a quedar, podamos ver alguna mujer por los pasillos en donde permanecen las caravanas. Entre nosotros hay corredores muy jóvenes, que tienen unas necesidades y que, además, en razón de su edad, no les afecta olvidarse durante algún tiempo del ciclismo".La falta de público es lo que auténticamente mina a los corredores. No escuchan aplausos en los sprints que se suceden, por lo que la motivación para estar allí encerrados seis días es mínima. Las entradas van desde las seiscientas a las cuatrocientas pesetas. Y el miércoles, a las ocho de la tarde, sólo 192 personas se entusiasmaban con las americanas.

Los corredores jóvenes, de categorías menores, también tienen entrada en los Seis Días Ciclistas de Madrid. Acuden por afición, aunque también se les compense económicamente. Forman la cantera que necesita el ciclismo español. El sacrificio es su bandera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de noviembre de 1982