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El tiempo veraniego

"¿Qué tiempo hace? ¿Bueno o malo?, es la pregunta obligada al vacacionero. "La noción de buen tiempo o mal tiempo está unida a los recuerdos infantiles de las épocas escolares. A partir de cierta edad ese criterio apenas existe. Hay un momento en que los días de sol o de lluvia reflejan dentro de nosotros talantes de hastío o estados de ánimo luminosos. Nuestro buen o mal tiempo es un problema de equilibrio interior". Tal era la sabrosa opinión de François Mauriac recogida en sus admirables Memorias interiores. Mauriac revivía cada año, hasta su última vejez, su infancia en Malagar, al borde de las de las landesas, de las que llegaba el perfume resinoso en las noches del pinar recalentado de agosto, mientras los racimos del viñedo inmediato a la casona familiar se henchían del mosto bordelés. Reconozco que ese juicio parece excesivo y simplista, pero contiene una profunda verdad. Preguntad a un aldeano de las montañas cantábricas si el tiempo es bueno o es malo y os responderá pensando en el pasto de los prados y en la producción lechera del vacuno. El marinero se referirá a la costera del bonito o al año excelente de chipirones debido quizá a los días borrascosos de agosto. Sin esa proclividad al tiempo lluvioso o al cielo cubierto, ¿tendrían sus paisajes de esmeralda el solar de Cantabria, las Asturias de Santillana v la tierra vasca"Volver al clima de nuestra infancia y adolescencia no es solaniente entroncar con el ambiente empapado de mernorias, sino mrar en la atmófera física y meteorológica en que se formó nuestro ser adulto. El clima en que crecimos y, nos hicimos hombres y mujeres pienso que es un coeficiente permanente de nuestra ecuación individual más adecuada. Si la vida es, sobre todo, un estado de equilibrio entre el ser y la esfera que lo rodea, ¿como no será de vital iniportancla la transferencia de las circunstancias exteriores al cuerpo del niño que se desarrolla? Yo creo que es el amnios periférico equivalente al claustro materno que le corresponde con mayor justeza. Esa primera sensación de encajar de nuevo en el entorno olvidado es la que me acoge a mi con fuerza cuando bajo de la meseta a las hondonadas del Nervión, por ejemplo.

La vacación sirve a muchos fines. Uno de ellos es la ruptura temporal con la inercia rutinarla que mecaniza los hábitos. Al hombre se le ha llamado "animal de costumbres" y no en tono peyorativo. Unamuno llamaba a su mujer "micostumbre", y escribió la famosa estrofa "repetición, sustancia de la dicha", equiparando a la reiteración con la felicidad. Ramón de Basterra, soltero y conceptuoso, definió a la costumbre como "mi lucero de parpadeos lentos", especie de faro parsimonioso. La sucesión de los actos análogos provoca un automatismo que si, por un lado, ahorra la fatiga de los reflejos, por el otro mantiene al ser humano en marcha permanente con las luces corticales encendidas durante la jornada entera. Es una forma de acumular el estrés psíquico. Al romperse la rutina del hábito se produce el relajamiento o relajo, clave del descanso vacacional. El cuerpo queda desconectado del automatismo y desconcertado ante la modificación horaria. Descubre que es posible dormir a las horas de trabajo; cambiar las normas alimentarias cotidianas: situar en perspectiva lejana árboles que impedían ver el bosque y descubrir los grandes elementos de la naturaleza, la mar, el viento, la montaña de los que la ciudad nos ha alejado durante muchos meses. También es importante el hecho novedoso de leer de forma intensa v desordenada.

Los libros que acompañan mi vacación los adquiero o los llevo conmigo con ánimo de que contribuyan a mi relajamiento mental. Soy simenoniano, entre otras cosas. Sigo con interés flexible el interminable serial de sus memorias dictadas. Su autoanálisis interior es como un largo soliloquio de vacaciones hecho a través de las minucias cotidianas en un intento ritornello en el que deliberadamente se encierra. Tienen más sentimiento que pensamiento; mayor dosis de poesía que de imaginación, más alto índice de lirismo que de creación estos diálogos interiores. Semejan una reiterativa, arnarga y a la vez esperarizada despedida. Simenon se declara hijo espiritual de Gogol, de Chejov y de Dostoievski, pero no se podrían haber producido esas niernorias habladas sin que Proust hubiera pasado como un acontecimiento tciúrico sobre la literatura francesa hace sesenta años. Otro documento veraniego de interés es la breve plaquette que Gallirnárd ha editado para disipar las dudas creadas en torno a la supuesta personalidad de Emile Ajar. Romain Gary, en una confesión póstuma de treinta páginas, explica los motivos de esta sorprenclente fabulación con textos

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y reproducción de páginas autógrafas que sentencian el debate: "Estas líneas se escriben cuando el mundo de este fin de siglo plantea al escritor una cuestión mortal para todas las formas de expresión artística: la de la futilidad". Cuatro libros bastaron para hacer del imaginario Emile Ajar un escritor admirado y reconocido como excepcional por la crítica. A pesar de las analogías evidentes de estilo y de argumentos, nadie quiso aceptar que pudiera ser Gary el autor de la superchería: "Es un autor terminado, incapaz de nuevas creaciones", escribió uno de los más avezados expertos en el análisis de las novedades editoriales. Este hombre, cuya vida fue una larga aventura; que pasó de la aviación a la diplomacia y más tarde al éxito literario y que conocía y amaba profundamente el mundo español, nos explica las razones de su invento: "La verdad es que he sido profundamente afectado por la vieja tentación proteica del hombre: la de la multiplicidad. Mis pulsiones simultáneas y contradictorias me han empujado en todas direcciones y he guardado mi equilibrio psíquico gracias a la sexualidad y a escribir novelas, prodigioso medio de lograr nuevas encarnaciones...". "Fue un renacer, un empezar de nuevo. Todo me era dado otra vez; asistía como espectador a mi segunda vida...". La autoconfesión íntima de Gary la dejó escrita, encomendando a los editores Gallimard para que de acuerdo con su hijo publicasen su revelación. Las instrucciones llevan la fecha de 30 de noviembre de 1980, pocos meses antes del suicidio del relevante hombre de letras francés.

Hoy es en la costa vasca día de bochorno estival, de calor pegajoso, de humedad densa y difusa. La mar se extiende en llanura gris, casi solitaria, fundiéndose en el cielo vespertino. No hay oleaje, ni marea, ni movimiento. En el horizonte, siluetas oscuras de buques lejanos que parecen fondeados en el contraluz. De pronto, un punto rizado brota sobre la mar. Se extiende a poco y se agavilla en formaciones triangulares como las bandas de aves migratorias en los cielos otoñales. Manchas oscuras de este mínimo oleaje empiezan a cubrir la superficie estática. Avanzan hacia la playa. Las banderolas fláccidas se empiezan a henchir hasta desplegarse en el aire a latigazos. Ha llegado la ventolina de la tarde. ¿Recordáis la definición de la brisa que hace la Biblia? Está en el libro de los Reyes, cuando refiere las luchas del profeta Elías y sus diálogos con la divinidad. Después de un largo itinerario de cuarenta, días con sus noches llega a la montaña sagrada del Horeb. Entra en una gruta a descansar y oye una voz que le pregunta: "¿Qué haces aquí?". "Ardo en celo por mi Dios, a quien el pueblo de Israel ha abandonado". "Sal de la cueva y espera en la montaña". Elías sale a contemplar los signos reveladores. Un huracán rompía las rocas y arrasaba la vegetación. Pero Jehová no esta ba en el huracán. Vino después un terremoto que agrietó el suelo. Pero Jehová no estaba en el fuego. "Después", dice el texto, "se oyó el suave rumor de una brisa ligera " que lo refrescaba todo. Cuando Elías lo escuchó se puso la túnica y salió a la entrada de la cueva. Porque entendió que en el leve soplo de la brisa pasaba el espíritu de Dios.

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